Claudia   Lola Alonso

Nacida en Toledo, España, es profesora y escritora. Ha publicado con Editorial Celya los poemarios “Cántico en elipse”  y “Leonor de espliego” y  “El cantar de los nómadas” con Editorial Playa de Ákaba, con quien también ha participado con un relato en la antología colectiva “Cosas que nos importan”. Con  Editorial Pagine de Roma ha publicado varios poemas en la antología “Reflejos”. Y guarda libros inéditos de todos los géneros.

Rompecabezas, del libro Doce deseos

No podía borrarse las amenazas, los insultos, los golpes, las discusiones desmesuradas, los llantos de los niños, la primera denuncia por malos tratos retirada, la segunda con orden de alejamiento. Al final, la puñalada y el juicio, la cárcel para el marido,  las noches de insomnio en el piso, la lucha por reconstruir la vida, las sesiones de terapia para ella y para los chiquillos, las pastillas, el miedo, el llenarse de dudas.

Cuando la puñalada, el marido estaba borracho como una cuba y en este estado la había esperado a la salida del trabajo. Ella limpiaba en un colegio con otra compañera. El marido espiaba en una esquina. Ella lo vio venir. Zorra, te voy a matar. Pero el cuchillo equivocó el camino y  pinchó a la mujer en el brazo izquierdo. Se formó un revuelo de gente impresionante. Unos hombres redujeron al criminal hasta que llegó la policía y detuvo al delincuente. Acudió la ambulancia. Una larga operación en el hospital y la mujer se despertó como si viniera del otro mundo. Los niños estaban con una hermana, afortunadamente. La hermana los había recogido del colegio por la tarde. Siempre lo hacía, hasta que su hermana madre terminaba la jornada. Con el suceso, con la tía estarían bien unos días, hasta que la acuchillada se recuperase.

Un caso más de violencia de género, un caso más que afectaba a una adulta y a dos menores. Recomponer el puzle anímico resultó un trabajo ingente, al que hubo que echarle mucha voluntad. Tratamiento psiquiátrico para toda la familia, aprender a mirarse con benevolencia, echar los sentimientos de culpa en un saco y quemarlos, como cuando se quema una nave, analizar, comprender, adquirir técnicas de relajación, buscar actividades creativas para desahogar los nudos, sentir la solidaridad, incluso cambiar de lugar de residencia y de trabajo, y sobre todo, que los niños supieran que eran inocentes de manera absoluta, que con los años entendieran las cosas y no sufrieran demasiado, que no repitieran los patrones del padre, en suma, no odiar, tal vez no olvidar, pero sí luchar por el equilibrio, dejar sitio a la felicidad, que la merecían. Porque también los hijos de los hijos de la madre la merecerían y todos los que vinieran después. 

En la cárcel el marido murió de una sobredosis. Otro trauma más para todos, el fantasma del suicidio. Pero,¿qué hubiera ocurrido después de cumplir la pena?

La familia del marido también tuvo que recomponer el rompecabezas, pues en estas situaciones todos los de alrededor son víctimas. 

Después de unos años, la mujer y los niños visitaron a los abuelos y tíos paternos,  envejecidos en masa por las circunstancias. Asomó el perdón y las relaciones personales se normalizaron.

La mujer y su hermana, que eran huérfanas de padre y madre, se tenían la una a la otra para cualquier cosa. Se visitaban, aunque ahora vivían a trescientos Kilómetros de distancia.

A veces le salían pretendientes a la mujer, pero ella los rechazaba, tenía miedo. Necesitaban ella y los niños mucho tiempo, ésa era la prioridad. Sin embargo, el amor tarde o temprano les llegaría a unos y otra.

A ella le llegó cuando hubo estuvo muy, muy, muy segura de la bondad de su nuevo compañero, quien se convirtió en un padre, un amante, y un amigo para toda la vida, desde el respeto, el compromiso, la lealtad y el verdadero amor.

Claudia   Lola Alonso

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