Claudia   Lola Alonso

Nacida en Toledo, España, es profesora y escritora. Ha publicado con Editorial Celya los poemarios “Cántico en elipse”  y “Leonor de espliego” y  “El cantar de los nómadas” con Editorial Playa de Ákaba, con quien también ha participado con un relato en la antología colectiva “Cosas que nos importan”. Con  Editorial Pagine de Roma ha publicado varios poemas en la antología “Reflejos”. Y guarda libros inéditos de todos los géneros.

El verbo trabajar

Hemos trabajado. Trabajamos. Trabajaremos. Trabajar. Trabajando. Trabajado. ¡Trabajemos! Cuando trabajemos… Conjugamos este verbo con muchísimos matices. 

No todos poseemos grandes fortunas planetarias. No todos vivimos de unas u otras rentas. No todos hemos sido nombrados funcionarios. No todos nos dedicamos a los negocios como  empresarios de grandes marcas o dueños de medianas y pequeñas empresas. No todos firmamos contratos como empleados por cuenta ajena, de manera que esos contratos nos garanticen estabilidad laboral. Muchos de nosotros hemos padecido las estrecheces del paro, o las padecemos o pasaremos a engrosar la bolsa de desempleados de un  país. Algunos también nos aferramos a contratos precarios, abusivos, explotadores, contratos incluso de un día o de horas, o hay gente que se dedica a la economía sumergida. Muchas personas se buscan la vida como pueden porque no tienen para comer ni ellos ni sus hijos. Y no es raro que los artistas y escritores trabajemos a menudo por amor al arte, es decir, por vocación y sin nómina.

La economía, la regulación de la casa propia, familiar, social, nacional y mundial,  no sólo como Ciencia  o materia de responsabilidad de gobiernos y de  organismos internacionales, de las mismas empresas  o como reivindicación de los sindicatos, manifestaciones cívicas o huelgas… es asunto complejo. Ya lo sabemos.

Por otro lado, pensamos que el trabajo, pese a posibles conflictos, en general es saludable para el cuerpo y el espíritu, además de un aliciente para nuestro bolsillo. Y más si trabajamos en lo que nos gusta, aunque en numerosísimas ocasiones no ocurre así. 

¿Qué decir de las exigencias de reciclaje profesional de nuestro tiempo histórico para trabajadores y trabajadoras, sobre todo en el ámbito de la alfabetización tecnológica?  Ni con carreras universitarias se encuentran salidas laborales y se dan fugas de cerebros. Las Letras quedan en el baúl de los recuerdos. Y los cursos para desempleados a veces parecen más una forma de apaño invertido en formación para añadir al Curriculum Vitae que solución práctica y real  ante la crisis económica.  ¿Qué pasará cuando los robots mermen considerablemente en un futuro no muy lejano nuestra dedicación al trabajo en horas, sistema de producción y cantidad y calidad de esta producción? ¿La conciliación laboral se ajusta verdaderamente a las necesidades? ¿Por qué existen diferencias salariales entre hombres y mujeres que realizan un mismo trabajo? ¿Acaso es correcto marginar laboralmente a una mujer porque será madre? ¿Qué pueden hacer quienes se ven desterrados de sus viviendas por falta de pago?  ¿Y los que van a la calle por la regulación de empleos o porque los políticos suprimen puestos de trabajo o convocan oposiciones con máscaras?

Desde la primera fase de la Revolución Industrial han cambiado mucho las cosas con el devenir acelerado de la Historia contemporánea, sus inventos científicos y técnicos y el uso de las nuevas fuentes de energía. No digamos desde nuestros ancestros primitivos que trabajaban casi sin saberlo para sobrevivir. Y luego el trueque. Y después el dinero. Y también los préstamos. Y las finanzas. Y hoy la moneda virtual.

El dinero se asocia al poder. Pero el poder en general y el poder del dinero están mal repartidos o mal encauzados. Este dominio o poder también podría ser entendido como poder ser o posibilitar o potencia o potencial, no sólo como poderío. Si miramos el término desde este punto de vista, vaciado del egoísmo y de la corrupción, en el mundo cambiarían muchas injusticias. Pero, trasladando una idea más amplia del sueño de un mundo mejor, aportada por la canción Imagine de  Lennon, la realidad es casi una “vida es sueño” de Calderón, extrapolando conceptos al inglés: “Puedes decir que soy un soñador, aunque no soy el único” He aquí uno de los grandes problemas de este mundo: que los poderosos están muy cómodos y los pobres muy incómodos, por mucho que la buena voluntad de los soñadores, repartidos por todas las culturas,  levantemos nuestra voz. 

No somos poderes fácticos, ni políticos interesados en el número de votos. Somos la gente de la calle, el sin techo, el inmigrante temporero,  la madre divorciada que limpia tres veces por semana en un portal de vecinos, el padre cansado del boca a boca para pedir trabajo porque ya ni eso le funciona tras recorrerse mil lugares para trabajar en lo que sea, las personas maduras que han agotado las prestaciones por desempleo y se las ven y se las desean con las ayudas estatales a los parados de larga duración, los participantes en programas de empleo con sueldo escaso, los interinos de las oposiciones públicas, los extranjeros sin papeles que tampoco pueden, en caso de tener estudios, convalidar sus estudios fácilmente, las amas de casa jubiladas que no tienen una paga, los jóvenes con fracaso escolar que ahora estudian Secundaria en las Escuelas de Adultos para engancharse al mercado laboral, los pensionistas que cuidan de hijos parados y nietos con pensiones mínimas, quienes trabajan sin contrato, que los hay, las mujeres en situación de desamparo o violencia o los colectivos en riesgo de marginación social, los discapacitados…

Decía el poeta libanés K. Gibran : “Cuando trabajas eres la flauta por cuyo corazón el susurro de las horas se vuelve música” Así sea para todas las personas. 

¡Hermosa oración con imágenes! ¿A quién hay que pedirle nuestro trabajo? 

Claudia   Lola Alonso

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