Claudia   Lola Alonso

Nacida en Toledo, España, es profesora y escritora. Ha publicado con Editorial Celya los poemarios “Cántico en elipse”  y “Leonor de espliego” y  “El cantar de los nómadas” con Editorial Playa de Ákaba, con quien también ha participado con un relato en la antología colectiva “Cosas que nos importan”. Con  Editorial Pagine de Roma ha publicado varios poemas en la antología “Reflejos”. Y guarda libros inéditos de todos los géneros.

AMOR EN NÁRBMA

    Publicado en la Antología “    Cosas que nos importan” 2015

                                                                                                                                                            Claudia Lola Alonso
- Nárbmah, pueblecito aislado entre cerros, analfabetismo, economía prácticamente de subsistencia, escuela    unitaria…Seis fuentes y tres arroyos, cigüeñas en primavera y verano, lunas benefactoras…¿Quién habrá redactado esto? La Propuesta no tiene desperdicio. ¡Ah, Nárbmah, yo diría que mereces las Misiones Pedagógicas!... ¿Qué opináis?

Se aprobó actuar ante el  Informe por unanimidad. Así nos lo contaron después.

Me enteré de la concesión de la Misión por la notificación a las autoridades. Se llevaría a cabo en la primera quincena de diciembre. Corría el año 1932. Tuvimos una suerte inmensa porque nos asignaron un sinfín de actividades, como si espontáneamente la cultura en Nárbmah despertase cual cigoto creado por conjunción de belleza, ser colectivo que sería parido y recreado luego con diferentes matices con el paso del tiempo.

En general, mis alumnos y sus padres se pusieron muy contentos con la noticia, aunque en la reunión informativa que celebramos en la escuela eché mano del humor y de la paciencia ante algunos paisanos reticentes.

Cuando los misioneros llegaron a la Plaza de las palmeras, el sol estaba en su cénit y el cielo raso y frío. Los escolares habían pintado una frase de bienvenida en una pancarta. Algunos ancianos miraban con fruición desde la escalerilla de la iglesia cómo tres jóvenes, una muchacha y dos muchachos forasteros, saludaban al alcalde y a los demás miembros del ayuntamiento y a las fuerzas del orden,  al  beatífico cura con sotana, a la farmacéutica que les alojaría en su casa, al dicharachero médico, a toda la gente, a mí, sin más discurso que la sonrisa en la boca y la gratitud por la acogida.

Fue una quincena maravillosa. Se organizaron lecturas comentadas en la escuela, con diferentes horarios para los niños y los adultos. Resultaba emocionante vivir las voces de Cervantes, Lope, Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez en labios de los vecinos. También escuchamos en un gramófono canto gregoriano, zarzuela, lírica popular española, incluso obras clásicas de Bach, Beethoven y Mozart. Los misioneros nos regalaron muchos libros, de manera que creamos nuestra primera biblioteca, y también nos dejaron el gramófono cuando terminó la Misión. ¡Qué generosos fueron! Recuerdo que también hubo días para disfrutar entonces del cine en movimiento y para descubrir con proyecciones los cuadros de Fray Angélico, Rubens, Velázquez…  Hasta tuvimos coloquios sobre temas sanitarios, profesionales y de educación cívica. Un hervidero de ideas, de sentimientos desplegados como las ramas de los árboles de la chopera centenaria. Parecíamos tocados por las alas de los ángeles o por  varitas  mágicas de las hadas de los cuentos que yo solía citar a mis pupilos más pequeños. 

Pero lo que recuerdo con mayor entusiasmo fue la tarde del nueve de diciembre. El Teatro ambulante que participaba en la Misión llegó a Nárbmah. Yo había estrenado la víspera un vestido de flores, con motivo de una invitación del cura para que dijera  en la misa de la Inmaculada unas palabras a las viudas, a las que la tradición entregaba unas roscas de pan. No es que yo no tuviera mi propia fe, pero aquel año estaba destinada en Nárhmah para ejercer como maestra y compartía su modo de vivir, aunque llevaba poco tiempo alojada en la pensión. No podía negarme a unos minutos de buenos deseos desde el altar engalanado para la fiesta. Con el mismo vestido, en tonos cálidos, bajo mi  abrigo de paño, me acerqué a La plazuela, una coqueta confluencia de cuatro calles con forma de rombo, donde estaban los cómicos, los misioneros y algunos voluntarios del pueblo, improvisando un escenario sencillo porque hacía buena temperatura y por la noche se iba a representar una función. Mi intención era echar una mano. Acudí al terminar las clases, tras mi horario partido. Me presenté y Ricardo, el director, se quedó mirándome como quien acaba de ver un cometa en el cielo y lo mismo sentí yo.

- ¡Qué hermoso nombre, Carmina! Por favor, sujeta esto un momento- me rogó.

Se trataba de dos palos, uno con cabeza de caballo y otro con cabeza de burro, ambas elaboradas con el mismo material de las marionetas. Yo miraba los dos juguetes con sorpresa y Ricardo me aclaró su utilidad.

- Son Rocinante y el jumento de Sancho Panza. La obra de esta noche es una adaptación lúdica sobre El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

- Ah, dije yo, son… bueno, son como un sueño.

Sobre el escenario se habían colgado varias bombillas y el decorado lo formaban unos paneles simbólicos dibujados con molinos de viento, la llanura manchega y la casa del hidalgo. Mientras yo sujetaba a los animales míticos, se añadieron al escenario unos sacos llenos de paja, un taburete y un árbol figurado juntando ramas de olivo.

El teatro comenzó a las nueve de la noche. La Plazuela se llenó con público de todas las edades, unos sentados en sillas de enea, otros sobre cojines o cartones, también había espectadores en pie, apoyados en las paredes de las viviendas. Don Quijote, Ricardo, salía enajenado con su armadura, sobre un Rocinante que le ayudaría a deshacer entuertos, y Sancho, un  gordito  realista, hablaba con su borrico y  recordaba a su señor cada dos por tres cómo eran en verdad las aventuras que soportaban. Al fondo de las tablas, la Dulcinea congelada gesticulaba de vez en cuando y suspiraba cada vez que el enamorado caballero la mencionaba. El montaje de la obra resultó graciosísimo, el público reía sin parar, y luego todos murmuraban  ssssshhhhhh para poder escuchar bien el resto de los diálogos, porque si no resultaba difícil enterarse sin  silencio. El éxito fue tal que los actores tuvieron que prometer representar la obra al día siguiente, aunque se quedarían varias jornadas más para hacer títeres para los más pequeños y un recital de poesía.

A medianoche, cuando se despejó La Plazuela, los actores, los misioneros, los voluntarios y yo recogimos el decorado y los demás enseres, incluidas  las bombillas, y los guardamos en un zaguán que había junto a la taberna cercana, pues habían salido algunas nubes y parecía que iba a llover.

El tabernero nos invitó a unas copitas de mistela cuando entramos en su negocio. Y sobre las dos de la mañana los actores y yo llegamos a la pensión, donde ellos también se alojarían. La dueña  dormitaba en el portal sobre una butaca de mimbre. La mujer había estado en la función, dejando la pensión al cuidado de su padre octogenario y sabía que volveríamos tarde. Con un buenas noches, son ustedes estupendos, se fue a la cama asegurando que tenía que madrugar. Nos había dejado una tortilla de patatas en la cocina, por si teníamos hambre. Le dijimos que no. Sancho y Dulcinea, que estaban casados, se fueron a dormir con resacas ocasionadas por la mistela.  Ricardo y yo nos quedamos hablando largo rato, bajito, en el comedor.

Oíamos la lluvia mansa que empezó a sonar en la calle y mojaba los cristales de la ventana de visillos translúcidos. En las paredes del comedorcito había varias láminas enmarcadas con motivos marineros. La lámpara colgaba como un ramo de lapislázuli. Sobre la cómoda, unas figuras de porcelana oriental. La mesa camilla se adornaba  con tapete de ganchillo. Y nosotros estábamos encantados, a muy poca distancia, sentados en el único sofá de madera que hacía juego con cinco sillas toscas.

¿Qué nos dijimos? Retazos de nuestras vidas, primera página de una historia que íbamos a escribir. No sé por qué, de pronto me levanté para ver la lluvia. Ricardo me siguió.

- Suena como una pandereta, dije.

- Si me dejas besarte, la Navidad de este año será el origen del mundo.

Entonces nos miramos con un calor especial y nos besamos dentro de un abrazo que llenó todo el espacio y el tiempo de aquella primera vez con sus deshojados pétalos. Después, ya cada uno en el  lecho de nuestras respectivas alcobas, nos dimos cuenta de que nos habíamos enamorado.

Pero lo que recuerdo con mayor entusiasmo fue la tarde del nueve de diciembre. El Teatro ambulante que participaba en la Misión llegó a Nárbmah. Yo había estrenado la víspera un vestido de flores, con motivo de una invitación del cura para que dijera  en la misa de la Inmaculada unas palabras a las viudas, a las que la tradición entregaba unas roscas de pan. No es que yo no tuviera mi propia fe, pero aquel año estaba destinada en Nárhmah para ejercer como maestra y compartía su modo de vivir, aunque llevaba poco tiempo alojada en la pensión. No podía negarme a unos minutos de buenos deseos desde el altar engalanado para la fiesta. Con el mismo vestido, en tonos cálidos, bajo mi abrigo de paño, me acerqué a La plazuela, una coqueta confluencia de cuatro calles con forma de rombo, donde estaban los cómicos, los misioneros y algunos voluntarios del pueblo, improvisando un escenario sencillo porque hacía buena temperatura y por la noche se iba a representar una función. Mi intención era echar una mano. Acudí al terminar las clases, tras mi horario partido. Me presenté y Ricardo, el director, se quedó mirándome como quien acaba de ver un cometa en el cielo y lo mismo sentí yo.

A lo largo de la vida me he preguntado muchas veces qué gravita en los abrazos. Hay abrazos que compartimos sin que alcancemos a comprender cómo nacieron, pero sí para qué. El nuestro fue así. Mi vestido nuevo de flores sintió el cuerpo del amado como una prolongación de mi pecho, de mi vientre y de mi frente. Y más que eso, el pelo negro de Ricardo era aliento en mi cuello y en mis mejillas y dentro del alma y nuestras bocas empezaron a devanar un lenguaje común que no era solo revelación apasionada, sino una necesidad de entrega total, alegría inefable, algo así un dios desnudo con verdad universal.

Me dormí con gotas de lluvia en los ojos,  lágrimas de lana,  porque entonces supe cuál era el sentido profundo de mi corazón, que hasta entonces se había hilvanado en lecciones y pizarritas, llevando un humilde y lejano fondo familiar en mi maleta errante, conociendo compañeros de estudios y amigos, aldeas y sus habitantes, pero nunca había sentido la absoluta certeza del amor correspondido. Y aquella noche soñé que había despertado dentro de otro ser y él dentro de mí.

Amaneció. Ricardo y yo nos miramos con complicidad durante el desayuno. La borrasca duró dos días. La segunda representación cervantina se repitió bajo cobijo, en la galería de la escuelita. Felicidad colectiva, felicidad que también se expresó en los sucesivos estrenos con los muñecos y con los versos de distinta métrica, romances, sonetos, liras, de todo hubo.

Ricardo y yo aprendimos a comprendernos entre las demás miradas y la noche antes de que el Teatro ambulante se marchara a otro lugar, mi novio secreto me prometió escribirme. Nos despedimos sin dolor. El día quince los misioneros también se fueron y Nárbmah les deseó muy buena suerte.

Al cabo de unos meses Ricardo y yo  nos casamos en Nárbmah. Y en Nárbmah nos quedamos, pues conseguí renovar mi plaza de maestra por intercesión de unos  intelectuales amigos de Ricardo, y  él encontró trabajo ayudando en la panadería, alfabetizó a muchos mayores en las horas libres y continuó organizando actividades culturales. Nuestra boda fue la ocasión para que el pueblecito entero se tomara un chocolate, amenizado por la música del gramófono en La plazuela, en mayo, al aire libre. Todo el mundo quería bailar con la novia y el novio. Acabamos cansadísimos. Pero la noche de bodas fue un continuo deambular por nuestro tacto.

Enseguida nacieron nuestros dos hijos, que se llevan muy poco. Parecía que nada podía romper aquel equilibrio emocional. Éramos unos locos tiernos en nuestra casita llena de risas. Nos hacíamos querer en Nárbmah.

Sin embargo, un aciago día llegó la guerra civil. Ninguna bomba cayó en Nárbmah, no hubo tiempo, rápidamente fue tomada toda su extensión. Estábamos en peligro, así rezaba una carta con remite falsificado, por precaución, que venía de un alto cargo de las primeras Misiones Pedagógicas. Nos indicaba cómo salir de Nárbmah y con quién contactar para abandonar del país. Nos exiliamos. Fue una dura decisión y tras muchas vicisitudes, finalmente cruzamos los Pirineos.

En Europa sufrimos a nuestra manera los años de la Segunda Guerra Mundial, mientras nuestros hijos crecían al amparo de la solidaridad de nuestro país de acogida, Francia. Y nuestra familia regresó a Nárbmah en 1978.

Puedo decir que ahora, cuando nuestros hijos y sus parejas y los curiosos nietos preparan copas de cava para recibir al nuevo siglo y al  milenio, lo más importante de nuestra vida ha sido, es y será el amor. Brindaré por ti esta noche, dulce compañero. No soy solo una viuda llena de canas, soy una joven de ojos pardos y corazón libre, un cuerpo lozano con un traje de flores que no tiene miedo a  morir, porque estoy contigo y siempre estaremos juntos allí donde las demás flores, las del corazón,  son íntimas como lo somos nosotros.

Claudia   Lola Alonso

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