Claudia   Lola Alonso

Nacida en Toledo, España, es profesora y escritora. Ha publicado con Editorial Celya los poemarios “Cántico en elipse”  y “Leonor de espliego” y  “El cantar de los nómadas” con Editorial Playa de Ákaba, con quien también ha participado con un relato en la antología colectiva “Cosas que nos importan”. Con  Editorial Pagine de Roma ha publicado varios poemas en la antología “Reflejos”. Y guarda libros inéditos de todos los géneros.

  ¿Qué quieres ser de mayor?

                             A los profesores y a los alumnos.

Mi maestra de párvulos tenía un lorito muy gracioso en clase. El lorito repetía las enseñanzas de la cartilla, imitaba, cantaba e hilvanaba nuestras conversaciones de chiquillos en las plumas de su voz.

Después vinieron nuevos cursos hasta que una minoría, cinco compañeros, terminamos octavo de EGB, bien porque algunos habían abandonado el colegio para trabajar, porque otros repitieron curso o porque unos cuantos chavales se habían marchado a estudiar a centros religiosos o incluso varios cambiaron de domicilio para vivir en otra localidad.

Cuando descubrí al lorito, mi madre me había confeccionado un uniforme con tela de rayas blancas y marrones, bolsillo y lacito rojo en el cuello. Aquel día lo estrené, como estrené mi carterita donde iban el cuaderno, el estuche con lápiz, sacapuntas y borrador y un pequeño bocadillo. Recuerdo que era un día de septiembre y que yo no deseaba salir de casa. No quiero ir a la escuela, protesté llorando. Mi madre trataba de convencerme inútilmente, pero consiguió llevarme de la mano, calle Real abajo, hasta la plaza del pueblo. Al llegar al patio de la escuela, un recinto de arena rodeado por almenitas  y verjas, en cuyo interior sobresalía el edificio educativo, que me pareció un barco, me quedé en una fila de niños pequeños y grandes hasta que los maestros y las maestras nos acompañaron a nuestras respectivas aulas.

Poco a poco, aquella escuela de muros macizos y enormes ventanales repartidos en dos plantas, con interiores de galerías que conectaban con las clases a través de puertas de madera viejas, me mostró pupitres con tinteros, pizarras y tizas, armarios y mapas, abriendo mi corazón al mundo.

No todos mis maestros me resultaron perfectos, alguno pensaba entonces que la letra con sangre entraba. Pero en general los docentes eran dulces y buenos. Lo cierto es que encontré mi vocación profesional a su lado, al calor de la estufa de serrín en invierno, a la luz de los recreos, de las excursiones al campo, de los cristales de las clases empapados de sol o lluvia o nieve, del olor de los libros especializados que sustituyeron a la enciclopedia, de la leche en polvo que no me gustaba, de las flores a María cada mes de mayo, de La Tarara en el gramófono, del árbol junto a la casita de la mujer que limpiaba la escuela, de la paupérrima gimnasia improvisada y de las vacunas, de mis amigos y las largas meriendas callejeras hasta el atardecer, de las visitas para rezar en el templo, convocadas cada mediodía por dos hermanas que nos llamaban a los niños desde las escalerillas de la iglesia...En aquellas visitas quizá recé con propia fe al inventar versos para el Cristo. Yo por entonces era tan inocente que hasta el Cara al sol me parecía un poema de amor. ¡Cosas de críos!

Cuando, primavera tras primavera, el entorno escolar brillaba con cigüeñas y golondrinas, me imaginaba enseñando números y lectoescritura a futuros alumnos y dibujando ilustraciones con ellos. En el fondo, sabía que el camino no sería fácil, que tenía que crecer en cuerpo y alma, atravesar la adolescencia y comprobar si en mi juventud aquel sueño aún me motivaría, por muy romántico que me pareciera.

Si alguien me preguntaba: ¿Qué quieres ser de mayor?, respondía: Estar en una escuela.

Hace tiempo que mis antiguos maestros se jubilaron y algunos se fueron de este mundo. A todos les estoy agradecida, también a cuantos tuve en Bachillerato y en la universidad y después. Por otra parte, cuando maduramos aprendemos que todos somos maestros y alumnos en las relaciones humanas.

Curiosamente mi primer trabajo docente lo desarrollé en una ciudad,  dentro de un Programa de Inserción Sociolaboral con gitanos adultos, yo les enseñaba a leer y a escribir. Un día, cercano a las vacaciones de Navidad, hicimos una fiesta con guitarra, cante y baile y mis alumnos llevaron a sus maridos o mujeres y a sus hijos. Mi sorpresa fue reconocer entonces a algunas personas que habían vivido en mi pueblo cuando yo era pequeña. Sentí que mi vocación seguía ligada a mi niñez y que no me había equivocado.

Soy profesora de Educación de Adultos y también, desde que tenía quince años hasta hoy, he impartido clases particulares durante los estíos o puntualmente. Y un verano asistí como alumna de este tipo de clases a Latín, antes de cursar tal asignatura por primera vez. Mi maestra me enseño muy bien Latín. Según las experiencias de mi vida, pienso que da lo mismo cómo se gane la vida un maestro o una maestra, se es o no se es.

Ahora, cuando paso por mi primera escuela, cuyos edificio y programaciones están adaptados al siglo XXI, recuerdo a la niña que fui con aquel uniforme de rayas, bolsillo y lacito rojo, la niña que descubrió al lorito, a los maestros y maestras, a los amigos felices y  una de sus vocaciones armónicas.

Estoy convencida de que hallar nuestro camino en la vida es sentir, no sólo pensar, que el bien propio y ajeno procede del fulgor de la alegría. En las aulas, la alegría no se da únicamente por la transmisión de conocimientos, sino por la optimización de las personas. No sé qué otra cosa pueda ser la Enseñanza sino esto, sin olvidar la preparación, la creatividad y la buena voluntad, aplicables,  creo yo,  a todo en la vida,  para saber vivir y dejar vivir.

Claudia   Lola Alonso

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