Claudia   Lola Alonso

Nacida en Toledo, España, es profesora y escritora. Ha publicado con Editorial Celya los poemarios “Cántico en elipse”  y “Leonor de espliego” y  “El cantar de los nómadas” con Editorial Playa de Ákaba, con quien también ha participado con un relato en la antología colectiva “Cosas que nos importan”. Con  Editorial Pagine de Roma ha publicado varios poemas en la antología “Reflejos”. Y guarda libros inéditos de todos los géneros.

Lapislázuli

¡Eres tú, eres tú, eres tú! Una voz crecía, antigua y nueva. El hombre sin techo dejó la verja de la parroquia y corrió hacia mí con tal intensidad que me paré en seco. No tuve otro remedio porque el hombre me arrolló y me abrazó, levantándome por los aires sin que me diera tiempo a reaccionar. No me defendí ni le dije estará usted confundiéndome con otra persona. Él repetía eres tú, eres tú, eres tú, y lloraba como un crío. Cuando me soltó, pronunció mi nombre y me dijo más calmado perdona, es que eres tú. Para ubicarme le miré los pies, el tronco, los brazos, la cabeza, tan aturdida estaba. Intentaba buscar en el álbum de mi vida su imagen. El atardecer de septiembre por un momento se metió en su pelo destartalado, largo y gris, se metió en su barba de santón y en su quemada piel, en su boca gruesa con dientes curiosamente perfectos, en sus ojos de lapislázuli. Soy tu primer compañero, me dijo. Y entonces comprendí.

El hombre de lapislázuli me agarró de la mano y me llevó hacia la verja, donde estaba su mochila. Un grupo de beatas huía de nosotros como de la vida inerme y se metieron en la iglesia con premura. Los jubilados de un banco cercano se nos acercaron por si el hombre de lapislázuli me molestaba. Yo les respondí que no, no, no, gracias, es un amigo. Y se dieron la vuelta despacito, con sus bastones, hacia el banco con palomas. Después continuaron mirando de reojo nuestra escena. El hombre sin techo sacó de su mochila un diario con las tapas manoseadas y blancas. Vi su título La vida junto a una firma diáfana. Sentí un escalofrío. Sonreí, me emocioné y le regalé a mi compañero un par de caricias suaves en los pómulos.

Se me vino de golpe al corazón el recuerdo de aquel  trabajo en el Centro Cívico del barrio donde ahora yo estaba sólo de paso, topándome con la sorpresa. Fue en un Programa de Inserción Sociolaboral con personas gitanas. Yo enseñaba a leer en el gran edificio de hormigón circundado por olivos, lavandas, margaritas y hierba. La Biblioteca estaba pegada a nuestro bloque y en la misma calle, largo eje, respiraban  el Centro médico, el Centro de adultos, unos pisos de protección oficial, el polígono industrial tras el descampado, una reciente Consejería, tres estatuas de metal abstracto, una fuente con  leones, el tráfico en las horas punta, un parquecito con mujeres e hijos de obreros, y viviendas de varios colores. El hombre de lapislázuli me había mimado. Yo era entonces una  madre soltera joven que se entregaba a  la tarea de ganarse el pan para su hijo. Él hombre azul coordinaba el Programa con su aire cuarentón y con su coleta bien cuidada, con magnífica empatía. Y me mimó también a mí, a la novata sensible, como hubiera mimado a una flor o a una cometa, con curiosidad y tacto.

El hombre sin techo parecía haber pasado por la vida con dolor, pero no quise ser indiscreta y no le pregunté nada. Poco a poco rompíamos un hielo marcado por una distancia de quince años. No puedo invitarte a un café, pero si quieres nos sentamos al fresco y hablamos. ¿A qué me invitaba? Por un instante dudé, pero decidí seguir mi instinto y le propuse mejor te invito yo, anda, vamos a casa. Quizá se lo debía. Así que anduvimos  unos minutos y nos metimos en el metro. Luego llegamos a mi hogar.

Mi apartamento está en el centro. No es muy grande, lo conseguí a través de un pariente que quería venderlo y me dio facilidades. Vivo sola ,mi hijo se ha independizado y vive con su novia. El hombre de lapislázuli vio el cielo abierto cuando le enseñé mi nido. Es acogedor. Sí, lo es, asentí, si quieres puedes darte una ducha, mientras te pongo una lavadora y te busco ropa de tu talla, tengo ropa de hombre de mi hijo y de mi padre en un armario, la usan cuando vienen a verme. Gracias, dijo. Preparé una cena improvisada con embutido, ensalada y fruta. Cenamos. Calenté café y puse unas pastitas en una bandeja artesana que me había regalado un alumno. Aquella noche no dormimos. Leímos juntos el diario y nos contamos nuestras vidas con bastantes detalles. Quince años se convertían en palabras y sintagmas, oraciones y textos, discursos con signos de puntuación al expresar el alma, emociones, razonamientos,  sentimientos profundos. En el diario había una carta para mí, sin fecha. Era un regalo para todas mis preguntas. ¿Por qué a veces la vida arrastra a las personas y las conduce a la intemperie? El hombre de lapislázuli había tenido un trabajo estable y después se había enganchado al alcohol, quizá por no asumir en su día  un matrimonio donde cada miembro de la pareja tomaba un rumbo mental diferente. La mujer se casó con otro y se llevó a los hijos, le hizo la guerra al marido y durante años las cosas fueron difíciles, agravadas por el vino y la ginebra en la garganta de mi amigo. Luego le llegó la asociación de alcohólicos que, afortunadamente, hizo del hombre de lapislázuli una nueva persona. Pero ahora él estaba sin dinero, el trabajo lo conseguía  sólo por temporadas y en negro ,y muchas veces dormía donde podía.

Al día siguiente nos encontrábamos con resaca de volcán. Nos dimos un tiempo para convivir. Convivíamos bien, nos adaptábamos. El barrio donde despertábamos ahora se tejía con monumentos y turistas, con fachadas seculares, con autobuses urbanos, coches y muchos taxis. Por proximidad a la plaza de los artistas, disfrutábamos a menudo parándonos ante un mimo o un pintor callejero o con un músico o una cantante lanzando su voz a la mezcolanza de pieles y culturas del casco histórico. Había cafeterías clásicas y otras con aire minimalista. Los bares conservaban todavía la tradición migratoria de sus dueños. La gente iba a lo suyo, aunque eran famosas las loteras, las tiendas y los que compraban oro, amén de aves de rapiña vigiladas de cerca por los guardias y algunos que otros hombres y mujeres de la vida. Pero nosotros, mi compañero de lapislázuli y yo, además de vivir el barrio de ahora, éramos observadores, de hecho empezamos juntos a escribir un nuevo diario urbano.

Un día, al poco tiempo de  reencontrarnos,  cuando el hombre de lapislázuli y yo habíamos hecho  por primera vez el amor, decidimos echar raíces. Desde entonces, o desde que leí su carta en el diario, o desde que él me mimó hace quince años como a una flor o a una cometa, y los dos guardamos este amor platónico en silencio, todas las noches nuestras sábanas son un oleaje de abrazos o besos dulces que se prenden en dos palabras de amor y humor. De día llenamos el tiempo con mi trabajo y con su capacidad para escribir, con las tareas de la casa, con la visita a nuestros hijos, con salidas culturales o con voluntariado. Y muchos fines de semana, sobre todo los sábados, retornamos al barrio de nuestro primer encuentro. Nos gusta sentarnos frente al viejo Centro Cívico de hormigón, con sus olivos, lavandas, margaritas y hierba. Algunas veces hemos coincidido con nuestros gitanos, qué arte, qué recuerdos. En el descampado se ha construido mucho, el barrio ha crecido y se ven muchos inmigrantes, como en toda la ciudad. El hombre de lapìslázuli y yo echamos a andar a veces sin rumbo por este barrio, nos perdemos en sus bares de bocadillos y calamares, sentimos la vida de las calles como un brote de historias en ramillete, imaginamos cuánta gente variopinta se esconde detrás de las ventanas, nos emboba el silencio de los árboles en cualquier rincón, y el aire, sea la estación que sea, mantiene su olor intacto, como la primera vez.

Yo amo sus ojos de lapislázuli de cielo y Tierra. No me importa decir que a veces la  gente de la calle esconde un paraíso de olivos, lavandas, margaritas y hierba.

TÍTULO: Lapislázuli
AUTORA: María Dolores Alonso Fernández
CORREO ELECTRÓNICO: lolaauryn@gmail.com
BREVE BIOBIBLIOGRAFÍA:
Nacida en Toledo en 1961, la autora es licenciada en Historia y Postgrado en Educación de Adultos, ámbito en el que trabaja. Ha dedicado quince años al Teatro y la Animación sociocultural. Ha escrito libros de poesía y teatro infantil y actualmente prepara una novela juvenil. Pinta al óleo emociones.

Claudia   Lola Alonso

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