Francisco Sepúlveda

Francisco Sepúlveda Priego nació en Córdoba, el 30 de junio de 1971.

Cursó estudios de Derecho y desde el 2000 trabaja como gestor en un grupo de empresas de promoción inmobiliaria.

Gran aficionado al cine, la literatura, el cante flamenco y el jazz.

De formación autodidacta, desde muy niño se sintió fascinado por el mundo del cine (con especial predilección por el western y el cine negro), interesándose no sólo por las películas en sí sino por todo lo que rodea a la creación cinematográfica.

La cultura del cine y del libro se dan la mano en su hasta ahora única obra publicada: “Route 66, Fila 7” (Editorial ExLibric).

También escribe ensayo y relato breve y tiene en proyecto su primera novela.

LA MELLA

Ya me había acostumbrado al dolor.

Habían pasado unas semanas desde los primeros síntomas y el flemón me había desfigurado lo suficiente como para que el efecto fuera casi cómico.

En la última semana, mi sufrimiento pasó a otro nivel. Cada pinchazo de la muela era una demostración empírica y salvaje de las conexiones nerviosas entre boca, oído y ojos.

A veces la molestia me despertaba en mitad de la noche y salía corriendo a la cocina, empapaba un algodón en brandy y lo aplicaba a la zona del dolor. Repetía la operación varias veces, hasta dejar la muela anestesiada. Una vez aplazado el martirio volvía a la cama aliviado y casi borracho.

A la mañana siguiente de una noche especialmente tortuosa, comencé a buscar dentista. Ojeé la lista de profesionales de mi seguro médico y elegí a uno de ellos por la razón de la proximidad a mi lugar de trabajo.

En el día D, ya en la sala de espera, me puse a echar un vistazo a las anodinas revistas médicas mientras aguardaba mi turno. No me hicieron esperar demasiado, y una chica muy agradable me indicó con un ademán que podía pasar a la consulta.
Era ésta exageradamente luminosa. La luz que inundaba los enormes ventanales se multiplicaba con el blanco inmaculado del techo, las paredes y el mobiliario.

Me acomodé en el asiento reclinable y la enfermera lo manejó hasta dejarme en una posición casi horizontal. Los nervios ya comenzaban a manifestarse a través de un rítmico tamborileo de los dedos. 
No sólo la expectativa de la intervención elevaba mi ansiedad a niveles estratosféricos, sino que empezaba a sentirme agobiado con la situación: una luminosidad cegadora que me hacía muy difícil evadirme mentalmente y una postura cómoda para la práctica odontológica pero algo ridícula para presentarse por primera vez a otra persona.

En esas reflexiones andaba cuando llegó el doctor. Me dio la mano desde su posición de superioridad y me preguntó por el motivo de la visita. Mientras le iba desgranando el rosario de padecimientos de las últimas semanas, pude observar que se trataba de un hombre joven. Muy joven. Tenía una barbita pelirroja estudiadamente descuidada, sonrisa franca y mirada limpia.
De poco me valía el presentimiento sobre la bonhomía de alguien que iba a hurgarme en zona catastrófica, pero al menos esa primera impresión me dio la esperanza de que iba a proceder con cuidado.

Después de la correspondiente radiografía instantánea y de observar con detenimiento el destrozo, el contrariado gesto de su cara me preparó para la funesta noticia: no podía salvar la muela.
Teniendo en cuenta el agravante de que la pieza se encontraba en una zona medianamente visible, el impacto estético, aunque no irreparable, sí podría ser notable.

Todo dependería de la apertura de la sonrisa y de mi control mental para acordarme de la existencia del hueco antes de sonreír.
El caso es que la ausencia de la muela iba a dejarme una mella, y sólo dependía de mi cuidado y habilidad el que ésta no fuera visible.

Sin tiempo para asumir la próxima pérdida, el doctor me inyectó la anestesia y me dejó a solas en la habitación, diciéndome que volvería cuando la zona estuviese dormida.

Solo, tumbado, casi ciego por la luz y con el labio colgando, eché mi mente a volar para combatir los nervios.

A pesar de un ambiente tan poco propicio para la evocación, en unos segundos me vi con diecinueve años en una cafetería en mi época de estudiante. Estaba con dos amigos, y cumplíamos un ritual. Cuando teníamos algún examen en el horizonte quedábamos unas semanas antes para, teóricamente, comentar acerca de qué temas nos parecían más susceptibles de formar parte de la prueba. En realidad, era un paripé para echar unas risas que terminaba en una elección conjunta a los dados sobre cuáles temas estudiar y cuáles dejar a la buena de Dios.

Mientras alternábamos cafés, risas y dados, yo le eché el ojo a una chica que estaba en la cocina, lavando los platos. Morena, espigada y de semblante muy serio, pero tremendamente guapa. Ya la había visto otras veces y me había llamado la atención. 

Después de la aleatoria elección de las lecciones a retener, salimos los tres amigos de la cafetería, nos despedimos y cada uno siguió su camino.

Pero yo me volví a los pocos pasos.

Esa muchacha me había gustado de veras y no estaba dispuesto a volver a casa sin saber si había o no posibilidades de conquista. Así que, como la reducción a la mitad del temario a estudiar me permitía más tiempo para el ocio, me quedé en la puerta de la cafetería esperando a que terminase su turno.

Pasaron dos horas. Y nada. En cuanto vi salir a una compañera suya con lo que parecía ser una bandeja de pasteles para entregar a domicilio, no contemplé otra opción que hacer algo que en los actuales tiempos convulsos ni se me hubiera ocurrido: la seguí.

La muchacha demostró cierta inquietud cuando, al salir del portal del bloque en donde entregó el pedido, vio esperando en la calle al mismo tipo que le había seguido minutos antes y que ella controlaba de reojo con muy poca pericia mientras caminaba. 
Con la mejor sonrisa de mi repertorio y una labia que no sé de dónde salió, rápidamente la tranquilicé al indicarle que mi única intención para con ella era la obtención de información.

Durante el transcurso de la explicación, su inquietud desapareció del todo al reconocerme como usuario habitual de la cafetería. Además, no tuve que andarme con muchas explicaciones para identificar a la chica que me había gustado, puesto que con sólo decirle que quería saber a qué hora salía una compañera suya, cuando iba a empezar a describírsela ella me dijo "Sí. Ya sé", con lo que mi innata capacidad para el disimulo me sorprendió con la primera de las muchas grietas que la fueron quebrando a lo largo de los años.

Como con el chivatazo me quedó claro que a la muchacha le quedaban diez minutos para acabar su turno, esperé apoyado a la puerta mientras observaba por la cristalera. La compañera no tenía el don de la discreción, y a los dos minutos de su llegada todas las trabajadoras de la cafetería miraron al unísono hacia donde yo me encontraba. 
Toda reían. Todas, menos la chica que me interesaba. Ella permanecía seria, callada y con las mejillas ruborizadas por las burlas de las alcahuetas.

A pesar de lo embarazoso del momento, alguna vez tenía que salir a la calle. Y así fue.
No la asalté a la puerta ya que bastante vergüenza había pasado la pobre con las compañeras como para que éstas fueran además testigos del cortejo. Así que caminé varios pasos por detrás de ella, hasta que llegamos al parque que rodeaba el barrio.

"Espera". Fue suficiente. Se paró en seco y se volvió. Yo me detuve como a un metro de donde ella se encontraba clavada como una estaca.

Le dije mi nombre. Y que quería saber el suyo. Ella permanecía quieta, mirándome muy seria. Ante su incómoda parálisis, repetí mi pregunta: "¿Cómo te llamas?".

"Sonia", fue al fin su respuesta. Era la primera vez desde que puse los ojos en ella que le vi abrir la boca. Y entendí por qué.

Una mella enorme que abarcaba el espacio de no menos dos dientes se me presentó a la vez que el nombre de su dueña. La sonrisa de la chica, un teclado de piano de una solitaria y enorme tecla negra, rompía hasta tal punto el equilibrio de un rostro por otra parte casi perfecto, que no pude más que maldecir a los dioses de la fortuna y comprender en un segundo la razón de su seriedad y su perenne silencio.

Como, aun siendo un mezquino esteta, soy todo un caballero , le respondí un "encantado" que precedió a una media vuelta con paso ligero hacia mi casa. Una sensación de estupor se mezclaba con un sentimiento de culpa que me tenía totalmente aturdido.

Ya se encargó el pelirrojo de sacarme del aturdimiento con una inhábil maniobra que me hizo ver las estrellas y pegar un alarido de no pocos decibelios.

Y mientras el carnicero con pinta de querubín me iba arrancando a lo sioux los últimos restos molares, yo seguía con mis cábalas con la espalda empapada en sudor y agarrándome al asiento como el pasajero de un avión a punto de estrellarse.
En este caso, teniendo en cuenta que los dentistas no se andan con chiquitas a la hora de la factura, me debatía mentalmente en mil y una operaciones económicas para saber cuándo diantre reuniría lo suficiente para el implante.

Francisco Sepúlveda

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