Claudia   Lola Alonso

Nacida en Toledo, España, es profesora y escritora. Ha publicado con Editorial Celya los poemarios “Cántico en elipse”  y “Leonor de espliego” y  “El cantar de los nómadas” con Editorial Playa de Ákaba, con quien también ha participado con un relato en la antología colectiva “Cosas que nos importan”. Con  Editorial Pagine de Roma ha publicado varios poemas en la antología “Reflejos”. Y guarda libros inéditos de todos los géneros.

KILA

Del libro “Hilo de ámbar”

Un día de septiembre kila llegó a una alegre playa del sur. Con ella iban sus padres y una  hermana. No había podido rechazar aquellas vacaciones pagadas por sus cuatro hermanos, un regalo para sus padres y para ella, que no pasaba por su mejor momento profesional.

Hacía varios años que sólo veía el mar por la televisión, repasando fotografías o recordando todos los mares que había conocido desde que, treinta años atrás, mojó sus pies por primera vez en las aguas azulísimas de otra playa también sureña, cuando supo la noticia de su feliz embarazo.

Ahora Kila soportaba un sobrepeso tremendo, aunque su rostro, por algún milagro genético, todavía estaba terso y saludable, con la mirada de niña mujer madre grande que siempre le hacía parecer más joven de lo que era. Pero tenía complejo de gorda, sentía pánico cuando se imaginaba exhibiendo su figura en bañador delante de la gente. Mas había hecho un esfuerzo considerable para aceptar estas vacaciones y allí estaba, junto a los suyos y frente al Mediterráneo.

Kila y su familia se alojaron en un hotelito con encanto, donde casi todos los huéspedes eran jubilados extranjeros. Tras deshacer las maletas y descansar del largo viaje en tren, bajaron al paseo marítimo, cuyas balaustradas conectaban mediante escaleras con el gran arco carpanel de la playa, una playa de palmeras y arena ambarina, adornada con sombrillas. Anduvieron hasta unas rocas. Sus padres y su hermana se zambulleron en el mar, pero ella fue incapaz de quitarse la ropa y se dedicó a lavar conchitas y tres piedrecitas con forma de corazón. El horizonte se llenaba de nubecillas anaranjadas y el sol quería esconderse, mientras saludaba a una luna de nácar que empezaba a flotar en el firmamento. Las conchitas y las piedrecitas le susurraron a  Kila entre sus manos: Eres hermosa, Kila. Y lo mismo parecían decirle  el sol, y las nubes, y la luna  de nácar y el mar. Kila se sorprendió. Aquella noche, después de la cena, la familia recorrió el paseo marítimo entero, deteniéndose en las tiendas para los turistas y en algún chiringuito para tomar café o tisanas. Una mujer ataviada con un vestido blanco recitaba versos e invitaba a los curiosos a recitar versos a la luna, mientras colocaba a quienes se atrevían a participar una guirnalda de flores a cambio de tres euros, regalándoles una rápida caricatura que la mujer pintaba en un instante. Kila se ofreció para recitar un poema de Rilke y por su cabeza pasó una gaviota. La artista le entregó un retrato con la gaviota incluida. Entonces la caricatura y Rilke y la noche y los curiosos le hablaron suave y mentalmente  a Kila: Eres hermosa, Kila.

Al día siguiente, la familia alquiló unas hamacas. ¡Ah, sufrimiento! Junto a las hamacas, cuerpos de bañistas esculpidos con el canon de la belleza clásica. Kila sabía que no debía compararse con nadie, pero quiso huir y se alejó de las hamacas con su madre hasta las rocas del día anterior, donde apenas había gente. Su madre caminaba con una camiseta sobre el bañador y ella con sus bermudas claras, camiseta azul marino y un sombrero de paja italiano. Una vez en las rocas, madre e hija se metieron en el agua. El agua le daba seguridad a Kila. Cuerpos de gordos y delgados deambulaban por la playa en ambos sentidos. ¿Por qué iban a mirarla? Y desde las hamacas y las toallas sin hamacas sólo se vislumbraría, seguro, su silueta difuminada por el reflejo del sol en el agua. ¿Y acaso no disfrutaban  a un par de metros de ellas, una chica con obesidad mórbida  y su niñita jugando a la pelota? ¿No se sentía en parte identificada con esa joven madre? Y pensando en esto, la pelota de la niñita fue a parar a los brazos de Kila. Kila devolvió la pelota a sus dueñas, con la complicidad solidaria de su propia madre. La chica y la niñita y la pelota y la madre de Kila le sonrieron a Kila con un Eres hermosa, Kila. Luego la madre de Kila y Kila se secaron al sol y regresaron a las hamacas, para que el padre y la hermana pudieran darse un chapuzón. Ellas cuidarían de las toallas y las bolsas playeras mientras tanto. Kila ya se había puesto su camiseta, para que no se le notaran demasiado las arrugas de su abdomen. Por la tarde, Kila aguantó estoicamente la ley de las hamacas y también durante la mañana y la tarde del tercer día, que resultó ser muy similar.

Al anochecer, en la tercera jornada, Kila se había soltado el pelo y toda la familia bajó al puerto, donde un barco con lucecitas y música y repleto de gente, se disponía a zarpar para su habitual excursión nocturna. Los padres y la hermana de Kila prefirieron ignorar aquel viaje, pero Kila se quedó con la miel en los labios, mientras miraba con admiración cómo el barco se alejaba y le gritaba: ¡Eres hermosa, Kila!

El cuarto día Kila decidió no acudir al ritual de las hamacas. Su familia se enfadó con ella, diciéndole que su complejo era absurdo. La familia se bañó sin ella y ella, en la habitación del hotel, lloró. El espejo le preguntó: ¿Eres hermosa, Kila? y Kila dejó de llorar.

El quinto día amaneció nublado y padres e hijas visitaron la ciudad cercana, con su hermoso casco histórico donde estaban la catedral, varios museos, iglesias con pasos procesionales de Semana Santa, las ruinas romanas…A la hora de comer eligieron unas mesitas de una calle céntrica, al aire libre. Un gitano se les acercó para venderles lotería, y cantó un fandango a Kila. También dos músicos callejeros tocaron  la guitarra y cantaron, recaudando monedas entre los comensales de los restaurantes y bares típicos. Kila había dado la calderilla de su monedero al gitano y a los cantantes callejeros,  agradeciéndoles  su arte, y ellos comprendieron su gesto con miradas que decían: Eres hermosa, Kila.

De vuelta al hotel, degustaron una cena especial andaluza. Luego los cuatro acudieron a un hotel cercano, donde actuaba un grupo de baile flamenco. Kila se imaginó bailando, levantando sus brazos y cimbreando su cuerpo. ¿Quién le impedía soñar? Su imaginario cuerpo esbelto le dijo: Eres hermosa Kila. Y su cuerpo orondo también lo afirmó.

El sexto día bajaron todos a la playa, pero lloviznó y, de común acuerdo, la familia cambió de planes, de manera que dieron una vuelta en el trenecito de los turistas. Por la tarde sí se bañaron. Y a las diez se dirigieron al hotel de los espectáculos y se sentaron en el jardín, frente al escenario en el que un cantante, que era un buenísimo animador, movía al público hacia  la risa o hacia el gozo musical. El cantante sacó a bailar a la hermana de Kila,  bella y elegante, divertida. Luego preguntó a Kila por el lugar de origen de su familia y, cuando ella respondió, un grupo de extranjeros admiró las raíces de los padres y las hermanas y proyectaron  empatía pronunciando en sus idiomas:  Eres hermosa, Kila.

El séptimo día era la fecha del regreso a casa. En el tren Kila pensó que algo había cambiado dentro de ella. Caminaría todos los días durante una hora, controlaría un poco las comidas para perder algo de peso, pero sin obsesiones, y se valoraría más a sí misma. 

Pasó el tiempo. La familia de Kila sabía que Kila era hermosa, pero Kila acababa de nacer en relación con  esta convicción. Nunca mediría más de lo que medía, siempre tendría sus piernas juntas y regordetas, y no cambiaría jamás su estructura ósea. Pero su rostro, aunque envejeciera más, seguiría teniendo un encanto de niña mujer  madre grande y ella  se cuidaría como se cuida algo sagrado, no sólo manteniendo  en forma su cuerpo, sino también su mente.

Cuando Kila regresó después al mar en numerosas ocasiones, el mar siempre le saludó como en aquellas vacaciones y como siempre desde el primer encuentro: Eres hermosa, Kila, con la libertad de la propia aceptación, vocación tanto del mar como  de todo lo creado.

Claudia   Lola Alonso

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