Francisco Sepúlveda

Francisco Sepúlveda Priego nació en Córdoba, el 30 de junio de 1971.

Cursó estudios de Derecho y desde el 2000 trabaja como gestor en un grupo de empresas de promoción inmobiliaria.

Gran aficionado al cine, la literatura, el cante flamenco y el jazz.

De formación autodidacta, desde muy niño se sintió fascinado por el mundo del cine (con especial predilección por el western y el cine negro), interesándose no sólo por las películas en sí sino por todo lo que rodea a la creación cinematográfica.

La cultura del cine y del libro se dan la mano en su hasta ahora única obra publicada: “Route 66, Fila 7” (Editorial ExLibric).

También escribe ensayo y relato breve y tiene en proyecto su primera novela.

LA MARIPOSA

El corte no era profundo, y bastaba con poner el dedo unos segundos bajo el grifo.

Mientras dejaba correr el agua se sorprendió de lo que cortaba aquel cuchillo que hacía ya tiempo que no afilaba, y a la vez que mantenía el dedo erguido bajo el chorro mojó la punta de una servilleta y limpió las dos gotas de sangre que cayeron en el borde del plato.

Se recriminaba por su torpeza, pero concluyó autoindulgente que las continuas visitas de su marido a la cocina apremiándola a tenerlo todo listo terminaron por mermar su concentración.

El asunto bien merecía el esfuerzo.

Además de ser la presentación de la familia en la urbanización, los beneficios podrían ser más que interesantes. En cuanto a su marido, decenas de abogados, médicos y arquitectos a los que convencer para que invirtieran en sus productos financieros. 

En lo tocante a sus hijos, una ocasión de oro para construir lazos de confianza con los vecinos. No es que fueran especialmente extrovertidos y por primera vez habitaban una casa diferente a la que les vio nacer, así que nada mejor que una fiesta para romper el hielo.

Las aspiraciones de ella eran modestas pero firmes. Desde que visitó por primera vez el colegio de sus hijos en la búsqueda de centros en la zona, se quedó maravillada. 

No sólo las referencias eran inmejorables y las instalaciones de impresión (eso ya lo daba por supuesto dado el escandaloso coste de las matriculaciones) sino que, al avanzar por los enormes pasillos en dirección al despacho del director, sintió que volvía a tener en su mano un cetro que a veces creía perdido.

Los asuntos de los niños eran cosa suya, y ella quería darle otra vuelta de tuerca a esa prerrogativa. Durante la entrevista, los pequeños flecos que restaban para la admisión de sus hijos se resolvieron con un cheque que sacó del bolso y que su marido había firmado previamente en casa. Instalándose desde ese momento el más absoluto relax en la conversación, charlaron distendidamente acerca de los protocolos del colegio, y haciendo uso de una coquetería medida al milímetro consiguió que el director entrara en detalles acerca de los padres y madres que colaboraban desinteresadamente con el centro.

Se aproximaban las elecciones a la presidencia del AMPA, y ella dejó caer información sobre sus estudios de juventud, sobre la carrera de magisterio que dejó inacabada por motivos que no detalló. El director, atusándose el bigote regocijado por los sonrientes ojos femeninos que a su entender hablaban un lenguaje paralelo a las palabras que salían de su boca, le expresó su más firme convicción de que sería una magnífica aspirante a presidir la asociación. 

Ya tenía un objetivo, y estaba dispuesta a luchar por él.

Nada más llegar a casa, comentó la entrevista con su marido y le sugirió que no sería mala idea la de celebrar una gran fiesta para darse a conocer al vecindario. Él podría hacer negocios, ella hacer campaña y los niños hacer amigos.

Él, en ardua batalla contra el mando de las persianas electrónicas, le dijo sí a todo sin alzar siquiera la vista.

Las semanas siguientes fueron de una actividad frenética. El colegio era el lugar más indicado para establecer contacto, y cada vez que llevaba a los niños, se detenía un rato en secretaría, donde entabló amistad con los administrativos que llevaban el departamento. Éstos, a su vez, le iban presentando a todas la madres que entraban en la oficina por los más variados motivos: mochilas perdidas, abonos de excursiones, avisos extraviados, fechas de tutorías o simple distracción para las horas muertas.

Poco a poco fue haciéndose de un nutrido grupo de contactos, y cuando alcanzó el número que consideró suficiente, les anunció el gran evento.

Con el fin de asegurarse, a las invitaciones electrónicas añadió otras contenidas en elegantes sobres que dejó a sus compinches de secretaría para que los repartieran entre los miembros de una selecta lista que confeccionó con sumo cuidado.

Uno de los puntos que le dio más quebraderos de cabeza era el del avituallamiento. ¿Catering o cocina casera?

No era una decisión fácil. Una fiesta en que ella se encargara de toda la parte culinaria podría dar una imagen hogareña y cercana, pero también la impresión de un estatus menor que el de sus invitados. Mientras que delegar todo el asunto en una empresa de catering daría sin duda una imagen acorde al nivel general pero se perdería el toque personal que necesita un primer contacto.

Optó por ponerse manos a la obra sin ayuda externa. No sólo supondría un ahorro que sería bienvenido dado el enorme gasto que se avecinaba, sino que le daría la ocasión de lucirse en la cocina. 

Se informó de las bebidas favoritas de los asistentes, de las posibles alergias y de los gustos musicales a la hora de la selección de la música ambiental.

Escogió con mimo hasta el último condimento, y se recreó en la elección del menú perfecto, dejando en manos de su marido exclusivamente la elección de los vinos y licores, punto éste que él reclamó con inusual emoción pero que tuvo despachado en una corta visita a la vinoteca de la barriada.

Después de semanas de intensa preparación, la satisfacción por el trabajo bien hecho fue superior a los nervios de la inminencia, y la noche anterior al evento durmió sin desvelarse hasta que los rayos del sol calentaron sus párpados y la activaron en una ilusionante expectativa.

La casa presentaba su mejor cara y no tenía nada que envidiar a las que aparecen mensualmente en las mejores revistas de decoración. 

Comenzaron a llegar los invitados.

Eran recibidos en la entrada. Se les obsequiaba con un detalle de bienvenida acompañado de un cava bien frío. Los hombres pasaban al jardín y ella acompañaba a sus esposas a un rápido tour por la casa que iba alternando con rápidas visitas de supervisión a la cocina.

Una vez hubieron llegado todos los convocados, los dejó en alegre interacción mientras su marido ejercía de anfitrión y ella se centraba en la labor culinaria.

Tenía listos todos los aperitivos, la mayoría de los cuales ya habían sido servidos, y ahora su atención recaía en el asado que tenía en el horno y en el enorme pastel con el que quería dar un guiño al director del colegio. Éste era de origen italiano, concretamente de Pisa, y el pastel era una representación en merengue de la famosa torre inclinada que se mantenía en imposible diagonal gracias a un ingenioso sistema de barquillos de chocolate blanco y finísimos hilos tensados.

Ya más relajada tras comprobar que el asado aún no estaba listo y que el pastel se mantenía sin peligro de desplome, cogió dos bandejas de distintas delicatessen y enfiló de nuevo la ruta en busca de sus invitados.

Los hombres se encontraban todos en el jardín, en agrio debate sobre la conveniencia o no de los coches eléctricos, con un bando que defendía lo que entendía como un triunfo del progreso y otro que consideraba a los potentes motores de gasolina como el más consistente antídoto contra el amaneramiento.

Todos llevaban look casual, la mayoría con camisa blanca de lino y mocasines, y aunque ninguno fumaba cigarrillos sí que había unos cuantos que saboreaban un buen puro al que acompañaban con un jerez de categoría.

Después de dejar una bandeja en la mesa de la reunión masculina y comprobar que los niños habían dado buena cuenta del menú infantil y se dedicaban a los juegos de mesa, se dirigió al salón donde estaban reunidas las esposas.

La puerta corredera estaba entreabierta, y antes de asir el pomo y abrirla del todo, dejó la bandeja en una mesita del pasillo al observar que llevaba desanudada una de las bambas y podría tropezar por culpa del cordón suelto.

Durante unos segundos estuvo rodilla en tierra a la puerta del salón mientras se ataba los cordones. Fue sólo un momento. Pero fue suficiente. 

“¿Habéis visto qué cocina más horrible?” “¿No pueden permitirse una cocinera?” “¿Os habéis fijado en sus uñas?” “Qué elegante la presidenta…”

La última frase fue seguida de una carcajada general cuya larga duración le sirvió para entrar en la estancia sin que sospecharan que había escuchado ningún comentario, a lo que ayudó sin duda la aparente despreocupación con el que pasó la bandeja mientras desglosaba los ingredientes en una improvisada salida gastronómica que le ayudara a mantener el aplomo.

Ya con la bandeja vacía volvió a la cocina.

Tensó los brazos apoyándolos en la encimera, intentando sortear la confusión hurgando en su cabeza hasta encontrar algo en lo que ocuparse en los siguientes minutos para no detenerse a analizar lo que acababa de oír. 

Se dirigió rápidamente al horno, se puso las manoplas para echar un vistazo al asado y comprobó que estaba casi listo. Decidió dejarlo unos instantes más para que la pieza llegara a su punto crujiente.

Mientras esperaba, se dedicó a cortar más pan. Tuvo que poner más cautela en este corte, ya que sus manos estaban empezando a danzar en un casi imperceptible temblor.

De repente, los colores. Amarillos intensos, rojos irreales, naranjas imposibles y negros absolutos rompían en angustioso movimiento contra el inmaculado blanco del merengue.

Al principio no supo poner nombre a ese vibrante fenómeno multicolor, hasta que soltó el cuchillo y se acercó al pastel. Una mariposa había quedado atrapada entre varios de los hilos que sostenían artesanalmente la torre. Los hilos se cruzaban como una tela de araña en la que el insecto luchaba por su liberación mientras agitaba las alas en nerviosa convulsión rompiendo el monocromo del merengue con las pequeñas partículas de escamas de colores que caían de sus alas en el violento forcejeo.

Se quedó unos instantes observando la desesperada lucha con la curiosidad y el desapasionamiento de un entomólogo. Sin embargo, después de unos segundos, un sentimiento de compasión de una fuerza como nunca antes había sentido la atravesó como un rayo. 

Con una convicción que le hizo dudar de su estado mental,   asumió un gesto tan nimio y ridículo como la misión más importante de su vida. Liberó con sumo cuidado a la mariposa de su trampa y ahuecó su mano para transportarla a un lugar seguro.

Abrió la ventana de la cocina y puso a la mariposa en el alféizar. La pequeña criatura, aún aturdida, no se decidía a iniciar el vuelo hacia el exterior.

El tiempo se detuvo. No había invitados. No había marido. No había hijos. No había casa. 

Embargada por una pena desproporcionada ante la duda del despegue, otro latigazo de emoción sacudió su cuerpo cuando por fin la mariposa se decidió a batir las alas con energía.

La siguió con la mirada cuando, en su primera parada, se detuvo en el naranjo del jardín. La siguió cuando después de la parada reanudó su aleteo. La siguió hasta donde le alcanzaba la vista. 

Y luego continuó siguiendo su vuelo, más allá de la vista y aun más allá del tiempo. La siguió hasta sus años de brillante estudiante. La siguió hasta el momento de su renuncia por amor y sumisión. Hasta su embarazo no deseado. Hasta los dolorosos engaños de él. Hasta sus pueriles venganzas. Hasta las procesiones de silencio y resentimiento. Hasta el golpe de suerte que puso sordina a lo insoportable. Hasta los mil disfraces de lo caduco.

Y un volcán de llanto le nació del pecho sin alcanzar a la garganta. Un alarido sordo de lágrimas vivas que le oprimía el corazón como una enorme bola de plomo. Un llanto sin voz que la ensordecía, la ahogaba y la apartaba del mundo.

Un llanto de mudo estruendo que impidió que oyera los gritos de su marido entrando en la cocina alarmado por el humo que salía del horno y había llegado a varias estancias de la casa.

Un llanto que no le permitió sentir el agua de la alarma contra incendios que, en su ciego torrente a presión, abatió definitivamente la torre que llevaba siglos en inexplicable equilibrio.

Francisco Sepúlveda

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