Francisco Sepúlveda

Francisco Sepúlveda Priego nació en Córdoba, el 30 de junio de 1971.

Cursó estudios de Derecho y desde el 2000 trabaja como gestor en un grupo de empresas de promoción inmobiliaria.

Gran aficionado al cine, la literatura, el cante flamenco y el jazz.

De formación autodidacta, desde muy niño se sintió fascinado por el mundo del cine (con especial predilección por el western y el cine negro), interesándose no sólo por las películas en sí sino por todo lo que rodea a la creación cinematográfica.

La cultura del cine y del libro se dan la mano en su hasta ahora única obra publicada: “Route 66, Fila 7” (Editorial ExLibric).

También escribe ensayo y relato breve y tiene en proyecto su primera novela.

EL BAR

Pocos bullicios puede haber más atronadores que el de unos niños saliendo al recreo.

Escapando por unos instantes del encorsetamiento que atenta contra el natural deseo de diversión ininterrumpida, los chillidos y los aullidos del grupo de niños que abandonan el aula para practicar el juego y las primeras relaciones sociales sin la muleta de sus mayores alcanzan unos decibelios de una altura directamente proporcional a la felicidad que brinda el asueto.

El paso a la vida adulta y la incorporación al mercado laboral revisten las emociones de una capa de urbanidad que ahoga el antiguo alarido infantil.

Sin embargo, el brillo de la mirada, el resuelto caminar y la sonrisa franca del que llega al final de su jornada semanal, nos dan aún la medida exacta de aquel niño que salía al recreo.

Rozaba yo la treintena y gozaba de la fortuna que supone tener un empleo fijo. Aún tendría que pasar algo de tiempo hasta llegar el momento en que abandonara el nido para irme a vivir solo, así que a la falta de las preocupaciones que se derivan de la organización del día a día en soledad se unía la ventaja de que casi todo mi salario iba destinado a mi diversión y entretenimiento.

Cuando el reloj marcaba las dos de la tarde del viernes me entraba la risa floja y la letanía del ritual guiaba mis pasos hacia el bar que se encontraba a escasos metros de la oficina.

El establecimiento tenía el desahogo de una terraza situada en un paso privilegiado, que se llenaba en las noches de verano y en los mediodías de clima apacible.

Dentro, la cosa cambiaba. Una superficie mínima donde reinaba una larga barra que ocupaba la mitad del local, quedando el bar dividido en dos bandos a priori bien avenidos salvo que la cosa se torciera: el representado por los clientes y el encarnado en la figura del tabernero.

Era éste un hombre menudo, con muchos años de oficio, mirada pícara y un carácter con la arbitrariedad de la veleta: lo mismo acompañaba su labor de los más ingeniosos chascarrillos y sonoras carcajadas, que sacaba su lado bravucón cuando el exceso etílico le hacía ver una pulla en el comentario más inocente. 

Los parroquianos habituales que sabían de esta dicotomía se abstenían de emitir opiniones interpretables cuando la repentina bizquera del tabernero anunciaba la entrada en otro estado y amenazaba tormenta.

Al ser un recinto pequeño, los olores gozaban del protagonismo de la cercanía. El aroma del vino fino recibía al visitante, que de a poco apreciaba mezclados con los efluvios del caldo los que emanaban de una cocina tan minúscula que para que la cocinera pudiera darse la vuelta debía salir y volver a entrar.

Las tapas destacadas no eran muchas pero habían cobrado merecida fama, y se podía degustar una comida más que aceptable por un módico precio.

El bar era la quintaesencia de lo poliédrico. El lugar costumbrista y silencioso de los desayunos de los madrugadores albañiles iba cobrando vida a lo largo de la mañana hasta su cénit del mediodía de comidas familiares, para luego mutar a la caída de la tarde en un rincón de tertulia con un tono medio sólo interrumpido por el estruendo metálico de la ficha de dominó que algún parroquiano golpeaba contra la mesa como exhibición sonora de un cierre de jugada victorioso.

Lo verdaderamente interesante venía después.

Poetas, músicos, cantaores, pintores, rapsodas y demás artistas de todo pelaje se dejaban caer al llegar la noche, formando un cuerpo unitario formidable donde al soneto seguía la siguiriya y a ésta el lamento de la guitarra, constituyendo un retablo de las maravillas que no sólo colmaba con creces mi sed de arte, sino que producía en mi persona el asombro de lo inagotable: todos los días aprendía algo nuevo.

Aunque el vino y los licores hacían su trabajo provocando el olvido de aquel verso o la mala ejecución de aquel acorde, por lo general se trataba de gente de buen talante que no llegaba al mal paso de la borrachera torcida. 

Como cada cual tiene su papel en la obra de la vida, eso era responsabilidad de otros.

No eran pocos los habituales del local que tenían una mala bebida, pero de entre ellos siempre quedará en mi memoria uno en especial.

Era un hombre alto y muy corpulento que podría rondar los cincuenta y pocos. Vestía camisas caras que siempre llevaba inmaculadamente planchadas, zapatos a juego con el cinturón y un complemento que captó mi atención desde el primer momento: todo un Rolex Daytona que en esa enorme muñeca inflamada por las venas parecía un reloj de juguete.

Nunca pude averiguar a qué se dedicaba ni lo pude deducir de su conversación, ya que ésta se limitaba a la descalificación inmediata del que estuviera en posesión de la palabra y a la cansina repetición de anécdotas que adolecían de dos taras imperdonables: ni eran ingeniosas ni estaban bien contadas.

Sí que intuí que vivía de las rentas y que gozaba de cierta relevancia social, puesto que nunca encontraba respuesta a sus bravuconadas y, a pesar de que su diaria visita enrarecía el ambiente de manera notoria, nunca le fue prohibida la entrada.

Copaba la conversación a su capricho, sin más derecho para ello que el del gesto amenazante, y después de unas horas de lo que sólo se me ocurre definir como diarrea verbal en la que tenían cabida desde las diatribas clasistas hasta las consignas misóginas pasando por las periódicas amenazas a los frustrados "contertulios", salía por la puerta dejando una última frase de desprecio a modo de particular despedida.

Su salida del bar producía siempre en los que quedaban la sensación de que se hubieran abierto todas las ventanas del mundo.

Esta absurda tiranía sin oposición terminó de manera abrupta el día menos pensado.

Era sábado, aún no era demasiado tarde y fui al bar a tomar una copa con dos amigos.

De pie, dando la espalda a la barra como queriendo hacerse más visible a un público que sólo deseaba que se fuera, el matón desgranaba una detrás de otra decenas de historias en las que su hombría quedaba fuera de toda duda.

Desde el repaso a las mujeres que habían pasado por su cama hasta el recuento de narices rotas de los que habían cometido la torpeza de contrariarle, enlazaba las escenas con inusual velocidad, hasta el punto de que en un primer momento no entendió lo que le decía el hombre que le interrumpió desde la esquina de la barra.

Se percató de ello no sólo por haber escuchado una voz que osó hacerse oír a la par que la suya, sino porque todos los que estaban en el bar giraron la cabeza al unísono buscando en el extremo del local al temerario dueño de esa voz. Con un gesto despectivo, sin moverse ni dejar de dar la espalda a la barra, ofreciendo al osado tan sólo un giro del cuello, le preguntó: " ¿Qué es lo que has dicho?".

"Que eso que estás contando es mentira"

Muy pocas veces en mi vida he vivido una situación en la que se palpase de manera tan intensa la atmósfera de la violencia.

Se hizo el silencio más absoluto, y los parroquianos fueron retirándose instintivamente hasta habilitar un pasillo entre los dos hombres. 

El bravucón, que tenía la vena de la frente a punto de estallar y la cara al borde de la congestión, dio los tres pasos escasos que le separaban del suicida, que permanecía con los codos apoyados en la barra y las manos entrelazadas a la altura del rostro.

"Repítelo. Dime otra vez lo que me has dicho hace un momento".

"Digo que todo lo que has dicho es mentira".

Mientras soltaba la frase que todos pensábamos que iba a ser su epitafio, desenlazó los dedos y separó las manos dejando su rostro al descubierto.

El matón mudó el color de su cara con la velocidad del látigo. Se quedó clavado, inmóvil, fijando sus ojos en el rostro del hombre que lo retaba, un tipo de unos setenta años que, con la mirada serena y descreída del que todo lo ha visto, no dejaba de mirar a su oponente como preparado para dar una respuesta a su siguiente pregunta.

Ésta nunca tuvo lugar ya que, tras unos segundos de indecisión que fueron minutos en el tempo emocional de la escena, el fanfarrón reaccionó al fin, girándose y avanzando atropelladamente hasta alcanzar la puerta de la calle, derribando a su paso las sillas y las mesas de la terraza.

El matón no volvió a aparecer por el bar. Y fueron muchos los años en que me pregunté sobre lo que había pasado esa noche.

¿Se conocían? ¿Podría ser un hermano mayor? ¿Acaso su padre? ¿Era simplemente un desconocido que le plantó cara?

Nunca lo supe, pero sí supe que la retirada del matón coincidió con la caída en picado del negocio. No tuvieron estos dos hechos más relación que la de la contemporaneidad, ya que el cierre del bar estaba más relacionado con la mala mezcla del alcohol y los números que con la actuación de cualquier habitual de la taberna.

Hace más de diez años que cerró el local.

Hoy no queda ni el rastro de su presencia, pues hace unos dos años lo derribaron.

El mes pasado fui a desayunar a una cafetería cercana al solar donde se encontraba el bar. Iba con un compañero y, mientras nos tomaban nota, observé a un hombre que al fondo del local estaba jugando en una máquina tragaperras.

En el tiempo que duró el desayuno no dejó de echar monedas. La lástima que me produjo su clara adicción se multiplicó cuando observé en la mesita alta que tenía al lado lo que parecía una copa de vino.

Eran las nueve de la mañana.

Construí mi propia historia, y como estaba situado dándome la espalda imaginé un rostro avejentado y triste, impresión que deduje ayudado tanto por sus malos hábitos como por el detalle de que la ropa le quedaba ridículamente holgada.

El hombre extendió el brazo para coger la copa de vino.

Fue entonces cuando vi el Rolex, que ahora ya no se ceñía sino que bailaba alrededor de aquella muñeca que una vez fuera de hierro.

Francisco Sepúlveda

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