Francisco Sepúlveda

Francisco Sepúlveda Priego nació en Córdoba, el 30 de junio de 1971.

Cursó estudios de Derecho y desde el 2000 trabaja como gestor en un grupo de empresas de promoción inmobiliaria.

Gran aficionado al cine, la literatura, el cante flamenco y el jazz.

De formación autodidacta, desde muy niño se sintió fascinado por el mundo del cine (con especial predilección por el western y el cine negro), interesándose no sólo por las películas en sí sino por todo lo que rodea a la creación cinematográfica.

La cultura del cine y del libro se dan la mano en su hasta ahora única obra publicada: “Route 66, Fila 7” (Editorial ExLibric).

También escribe ensayo y relato breve y tiene en proyecto su primera novela.

UN HOMBRE BUENO

Hay días en los que el simple hecho de levantarse y dar comienzo a las rutinas diarias requiere de un esfuerzo mayor del habitual.

Días en que el nublado del ánimo se alía con el del cielo para hacernos más complicado el mecánico deambular por el tránsito de las horas.

Días en que se nos hace difícil mantener la compostura, en que es improbable no venirse abajo cuando nos invade la sensación de que todo nos viene en contra.

Hace poco más de una semana tuve uno de esos días. El tiempo no acompañaba. La bendita lluvia ya empezaba a resultar cansina y el antipático paraguas formaba parte ineludible de la equipación de diario.

Al final de la jornada, iba montado en el bus de vuelta a casa observando las noticias en el móvil. Poca alegría ahí. La cosa se ponía peor.

Es más, descubrí después de un breve reseteado que allí se encontraba la verdadera causa de mi abatimiento. Aunque sólo fuera por eliminación.
Veamos: gozo de buena salud, quiero a mi familia, tengo un buen empleo, bastantes amigos, muchos hobbies y me llevo razonablemente bien con mis semejantes.
Salvo algunos asuntos puntuales, se puede decir que tengo todos los cimientos para una existencia feliz.

Pero ese día no lo era.

Después del repaso interno, hice otro al apearme en la parada mientras caminaba hacia casa sorteando casi todos los charcos y baldosas-trampa.

Ataques a civiles con posibles armas químicas, tramas políticas llevadas ante los tribunales, niños asesinados, incendiarios twits del amigo Trump, drogas de nuevo cuño que provocan espeluznantes comportamientos, declaraciones de guerra...

Las últimas noticias locales y foráneas se mezclaron en mi cabeza en un batiburrillo de ruido y furia al que le venía de perlas el infernal aguacero y una inhabitual oscuridad.

Ya en casa me puse cómodo y, viendo que no tenía el ánimo necesario para la concentración en la lectura, empecé a revisar la videoteca en busca de un bálsamo en forma de película.

No sé lo que me empujó a elegir "LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO". Quizá fue que esa misma semana había visto un ejemplar de la novela en una librería.
Quizá necesitaba una película de colores vivos.

El caso es que no lo dudé.

A los pocos minutos ya me encontraba apoltronado en el sillón y dispuesto a compartir la historia de la bella Betsabé con los impredecibles pensamientos que se me cruzaran al vuelo.

Haré un breve resumen: Betsabé es una hermosa joven dueña de una de las mayores granjas de la comarca. Poseedora de una irresistible belleza y de una peligrosa vanidad, provoca que dos hombres bien distintos pierdan la cabeza por ella: un humilde criador de ovejas y un acaudalado y maduro terrateniente.

Ella rechaza la propuesta de matrimonio del joven pastor y las continuadas pretensiones amorosas del terrateniente, con los crueles desaires de la que considera que todo en la vida es juego.

Pero pronto da con la horma de su zapato en la figura de un joven y apuesto soldado de comportamiento licencioso que consigue que Betsabé acceda a casarse con él para, después de la ceremonia, continuar con su acostumbrada vida disipada, haciendo que la bella Betsabé saboree la hiel que ella había repartido a espuertas.

Ya pasado el ecuador de la película, llegó la escena. Más que la escena, el momento. El momento que me detuvo el pulso y, de paso, me salvó el día.

Ha muerto una joven del pueblo. Su nombre es Fanny. El criador de ovejas, que ahora trabaja como capataz para Betsabé, se entera de que esa joven ha muerto dando a luz. Y también se entera de que la criatura, un niño que ha nacido muerto, es hijo ilegítimo del marido de Betsabé.

Gabriel, que así se llama el capataz, acompaña en la carreta al conductor que, con una borrachera de campeonato, está transportando el féretro.

Echa un vistazo Gabriel al sencillo ataúd de madera y observa que hay algo escrito con tiza: "FANNY ROBIN E HIJO". 

Acto seguido, sin dudarlo un segundo, en un gesto que aúna decencia, dignidad y bonhomía, se quita el pañuelo que lleva anudado al cuello y borra con él las dos últimas palabras, dejando a la vista sólo el nombre de la finada.

Con ello no sólo pretende el bueno de Gabriel salvar in extremis el honor de la pobre chica, sino también que su todavía amada jefa no sufra por el conocimiento de los desmanes de su marido.

El momento está rodado con brevedad, sin aspavientos, con la sutileza que requiere un gesto de una clase infinita, con una falta de énfasis que humaniza la grandeza del acto.

Y así, una historia que se desarrolla en el siglo XIX relatada en una película del siglo XX, logró emocionar hasta los huesos a este espectador del siglo XXI.

Ese mismo siglo que encierra el año en el que se encuadra el mes que tuvo la semana que encerraba el día en el que el nublado no sólo estaba en el cielo, sino también en mi pecho.

El gesto de Gabriel hizo que dejara de llover en mi corazón.

El gesto de Gabriel fue el arco iris.

Francisco Sepúlveda

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