ENTREVISTA A MANUEL CUENYA

“Tengo la impresión de que la vida es también un viaje sin retorno”

Entre fuentes y montañas, en el útero de esa región mágica y subyugante que es El Bierzo, nació el escritor Manuel Cuenya, en el bendito pueblo de Noceda, a los pies de la Sierra de Gistredo. Este viajero infatigable se ha dedicado y se dedica en cuerpo y alma a la enseñanza y la literatura. Ha sido profesor en Francia y México y actualmente coordina el programa interuniversitario de la Experiencia en el campus de Ponferrada, donde imparte clases de literatura, teatro y escritura creativa en la Universidad de León (España). 

Colabora habitualmente con medios periodísticos como los diarios La Nueva Crónica o ileon.com. A través del Colectivo Cultural La Iguiada edita la revista cultural ‘La Curuja’ y mantiene activo un blog muy interesante: /Cuenya.blogspot.com.es/.

Ha entrevistado a numerosos autores y artistas leoneses en su Fragua Literaria y gracias a él su obra se difunde y también sus semblanzas, pero si algo debemos destacar acerca de la trayectoria vital y literaria de Manuel Cuenya es su condición de viajero incansable. Su alma trotamundos parece haber heredado la esencia de Hemingway. 

Manuel es un forjador de palabras, un nómada tras las esencias, como él mismo reconoce. ‘Viaja, vive y cuenta lo vivido y viajado’, es su lema. Heredero de la gran tradición berciana que ennoblece la historia de la literatura de viajes con autores como Ramón Carnicer, Gil y Carrasco, Antonio Pereira o Juan Carlos Mestre —que es un poeta o un juglar que recorre el mundo a su manera— Cuenya nos regala sus impresiones líricas e íntimas de cada lugar que recorre en libros inolvidables como “La fragua de Furil”, “Viajes sin mapa”, “Trasmundo”, “El Bierzo y su gastronomía” o su último libro, sus “Mapas afectivos”, con prólogo de Valentín Carrera y epílogo de Julio Llamazares, editado por La Nueva Crónica. Un recorrido por diversos países y continentes, por sus pueblos y sus ciudades, desde Canadá a Estambul, desde Galicia a Marruecos, pasando por Oporto, Salamanca, Urueña y ese viaje nostálgico y mediterráneo en el que evoca su juventud de Atenas a Budapest. ‘Háblame de tu pueblo y hablarás del universo’, nos dice Manuel. Y es que, como buen viajero, que no turista, Cuenya se mimetiza con los paisajes y paisanajes que va descubriendo y a la vez, los siente suyos, se reconoce en cada rostro, en cada sabor y aroma, se sabe parte de sus raíces ancestrales, porque en el fondo, el ser humano busca los mismos caminos en todas partes. Sobre este último libro, sobre estos ‘Mapas afectivos’ en los que Manuel busca la temperatura afectiva de cada tierra que pisa, dice Julio Llamazares con acierto: “Es literatura pura, literatura viajera y poética, geografía sentimental y fantástica, relato y cuento de profundidad”. 

—Dicen que escribir es un viaje de regreso a la infancia. ¿Cómo fue tu infancia, Manuel? ¿Ya de niño sentías el impulso de contar tus experiencias a partir de las palabras? 

Escribir, como vivir, es un viaje a la infancia, nuestra patria, como dijera el poeta Rilke. Y también un viaje (exterior e interior) a otros mundos. 

Mi infancia transcurre feliz en Noceda del Bierzo, mi útero de Gistredo, jugando, saboreando la naturaleza, compartiendo momentos inolvidables con mi familia, con amigos. Viví como un campesino, en contacto permanente con la tierra, con los animales. Y eso me ha marcado, por supuesto. 

Haber nacido en un amplio y nutricio valle como el de Noceda, tal vez uno de los más hermosos del Bierzo (siento este desliz chovinista) me ha dado fuerzas y alas para volar. Mi padre, que era una persona afectuosa, sensible, entrañable (el mejor padre del mundo, sin duda)  me enseñó a volar. A mirar al horizonte. A descubrir qué existe al otro lado de la Sierra de Gistredo. Y sigue alumbrándome. Y lo seguirá haciendo hasta el final de mis días. 

Mis padres me educaron para ser libre. Y eso siempre se lo agradeceré. Mi madre aún vive, por fortuna. Y cada vez que la visito, que es con frecuencia, me siento muy a gusto. Al final, lo único importante (a parte de la salud, física y psíquica) es el afecto, ese que sentimos por nuestros seres queridos, y el que nuestros seres amados sienten por uno. 

Suelo decir que, siendo un guajín, me preguntaba qué habría detrás de la sierra de Gistredo. Sentía una gran curiosidad por saber qué se encontraba tras esta montaña sagrada y mítica, donde en tiempos se refugiaran algunos perseguidos durante la inmediata posguerra incivil. Por una extraña razón o sinrazón imaginaba que tras Gistredo estaría Londres (mapa afectivo incluido en mi reciente libro), lo que no resulta tan desnortado, porque si siguiéramos en dirección norte, en una línea más o menos recta, se acabaría llegando a Inglaterra. Es probable que fabulara con Londres porque había leído a Dickens y sus novelas Oliver Twist’ y ‘David Copperfield’. 

Obsesiones de la infancia, en cualquier caso.

En la infancia, cuando se va conformando el individuo, soñaba, casi de forma recurrente, con volar cual si fuera un pajarito. Y es que a uno le gustaría hacerse golondrina y volar adonde haya calor, como diría Cortázar en su ‘Rayuela’ (“me gustaría venirme golondrina para agarrar y volar a los paíx adonde haiga calor”), calor afectivo, añadiría yo. El vuelo como ideal y principio de libertad. 

Confieso que se me erizan los pelos del alma cada vez que me subo a un avión. El despegue, sobre todo, me resulta puro éxtasis. Es un buen chute, sin duda. Un viaje alucinógeno o psicodélico (viaje interior) que no requiere de ningún tipo de sustancias, sólo las que se procura el propio cuerpo, los neurotransmisores adecuados.Bien pequeño comencé a leer historias gráficas, Joyas literarias, así se llamaban, entre las cuales estaban algunas obras de Julio Verne, como ‘La vuelta al mundo en 80 días’, ‘Cinco semanas en globo’, ‘Viaje al centro de la tierra’ o ‘20.000 leguas de viaje submarino’, lo que me enganchó definitivamente y para siempre.


Luego llegaron Stevenson con ‘La isla del tesoro’ (y muchos años después ‘Viajes con una burra, Modestine, por tierras francesas’), ‘Los viajes de Gulliver’, de Swift y algún cuento de ‘Las Mil y una noches’, como ‘Simbad el Marino’, y de este modo se despertó aún más mi curiosidad por la aventura y el viaje.

Y como complemento a todo esto me quedaba hipnotizado cuando escuchaba las historias de los muchos nocedenses que habían emigrado a las Américas, entre ellos, mi padre, que viajó al Brasil en los años 50, o una vecina, casi familiar, Isolina,  que lo había hecho a la Argentina (ella aún vive). Entonces, el viaje hacia nuevas tierras se convirtió para mí en una verdadera obsesión. No en vano, estuve viviendo, ya mayorcito, durante algún tiempo en México, mapa afectivo que también figura en mis ‘Mapas afectivos’. Seguí creciendo al amparo de lecturas e historias que se me antojaban deliciosas, y descubrí los libros de viaje de Cela, como el primer ‘Viaje a la Alcarria’ o ‘Viaje al Pirineo’, o bien ‘El Quijote’, de Cervantes, que es una maravillosa novela de viajes/aventuras.

Y durante mi estancia como Erasmus en la ciudad francesa de Dijon me entregué a las lecturas de Henry Miller, que me recomendó mi amiga y colega canadiense Jessica Torrens. 

Henry Miller, además de un gran viajero (me entusiasma su ‘Coloso de Marusi’), es sin duda uno de los más grandes escritores que ha dado el siglo XX, porque, entre otros asuntos, trató de devolver la vida a la literatura.

—El Bierzo siempre está presente en tu obra. ¿Marca la trayectoria vital y literaria nacer y vivir en un entorno tan mágico, en medio de una naturaleza privilegiada?

El Bierzo, como ya había adelantado, marca mi vida. Y por ende mi escritura, lo que soy. En el fondo, la escritura es un reflejo de uno mismo. Dime qué escribes y te diré quién eres. El Bierzo es un gran mapa afectivo, que no me canso de recorrer, de admirar. Es mi ‘matria’, mi paisaje de infancia, de juventud, mi memoria olfativa, gustativa, táctil, visual, auditiva, mi memoria afectiva, mi caverna, como diría el filósofo Gustavo Bueno, el lugar al que siempre vuelvo. 

—Casi toda tu obra publicada es literatura de viajes. ¿Te ves siempre en ese género o también escribes poesía, novela o cuentos?

Tengo la impresión que todo lo que escribo y he escrito está íntimamente relacionado con los viajes, incluso cuando escribo artículos de opinión. Me siento cómodo en este género, que me procura intensas emociones,  acaso porque, como dijera el gran poeta Pessoa, “la mejor manera de viajar es sentirlo todo excesivamente y de todas las maneras. Sentirlo todo excesivamente, porque todas las cosas son, en verdad, excesivas, y toda la realidad es un exceso, una violencia, una alucinación extraordinariamente nítida”.  

En esencia, la literatura de viajes es la madre de la literatura. Pienso en aquellos primeros viajeros, que relataban sus peripecias al mundo, cuando no existía ni el Internet, ni la televisión, ni el cine… Y luego, cuando regresaban de su periplo, lo contaban. Ahí están ‘La Odisea’, el ‘Libro de las maravillas del mundo’, de Marco Polo, ‘Historia verdadera de la conquista de la Nueva España’, entre otros muchos fundacionales.

Y viajar es una forma de estar en el mundo, un modo de conocer, de confrontarse no sólo con tu propia realidad sino con otras realidades, con otras culturas, con otras gentes... Cuando viajamos nos exponemos a situaciones en principio desconocidas, lo que nos ayuda a percibir las cosas de otra manera. Viajar es una forma de aprendizaje, genuina quizá, sobre todo cuando uno viaja con los cinco sentidos, abierto a nuevas sensaciones y experiencias, con la mirada y el olfato, por ejemplo, puestos en otros horizontes. Viajar es algo extraordinario, aunque uno no haga grandes viajes ni vaya a lugares supuestamente exóticos, porque en cada viaje uno puede extraer muchas enseñanzas. En los viajes podemos experimentar la sensación de alejamiento y a la vez acercamiento a la realidad, lo que nos permite tomar cierta distancia para ver mejor el punto de partida, o para verlo simplemente. Viajar siempre resulta estimulante e instructivo, y ayuda a dejar de mirarnos el ombligo y a quitarnos la caspa. Incluso nos enseña a situar los países en el mapa, y las ciudades en el lugar exacto. Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación, como bien nos dijera el escritor Céline.

No obstante, también he hecho incursiones en el cuento (ahí está mi libro ‘Trasmundo’) o bien en el terreno de la poesía (estoy ahora intentando ver si podría publicar un volumen con textos poéticos) y aun otro de relatos. 

Por otra parte, me entusiasman los ensayos (es fundamental entender el mundo en el que vivimos), los artículos de opinión (que en el fondo son o podrían llegar a ser mini-ensayos). Y por supuesto el teatro (otra de mis facetas). He escrito y aun reescrito y adaptado varias obras teatrales, que además he podido representar con mi alumnado de la Universidad de la Experiencia. 

—¿Qué autores han resultado imprescindibles en tu andadura como lector? ¿Cuáles dirías que son tus principales fuentes literarias?

Son muchos los autores (autoras) que me han influido, a quienes he leído con devoción. Algunos ya los he mencionado a lo largo de esta entrevista.  Aunque puedo citarlos de nuevo. La lista es larga: Pereira (uno de nuestros mejores cuentistas, hablaba casi como escribía, un hombre con extraordinario ingenio, genio y humor), Cervantes, Quevedo, Umbral, Cela, García Márquez, Hesse, Dostoievski, Camus, Sartre, Rulfo, Carlos Fuentes, Sábato, Cortázar, Poe, Genet, Sartre, Artaud, Anaïs Nin, Zoé Valdés, Pedro Juan Gutiérrez; Dalí, Buñuel (ambos eran también escritores), Poe, Rimbaud, Baudelaire, César Vallejo, Kafka, Sade, Thomas de Quincey; Kantor, Grotowski, Valle-Inclán, Lorca, Mihura (imprescindibles en el universo teatral); Platón, Nietzsche, Gustavo Bueno (grandes filósofos)...

Lecturas reseñables, en lo referente a la literatura de viajes, son algunas de nuestros paisanos como ‘Donde Las Hurdes se llaman Cabrera’, de Carnicer (un deslumbrante viaje por olvidada Cabrera), ‘El río del olvido’ (un inolvidable viaje a pie siguiendo el curso del río Curueño) y ‘Trás-os-Montes’ (un recorrido por una de las zonas tal vez más desconocidas de Portugal), de Llamazares, ‘Viaje del Vierzo’ (un apasionante viaje por el Bierzo de los años ochenta) y ‘Viaje interior por la provincia del Bierzo’ (un nuevo viaje por el Bierzo del siglo XXI), de Valentín Carrera, ‘Campos de Níjar’ (un viaje por la Almería profunda) y ‘Aproximaciones a Gaudí en Capadocia’ (un conjunto de relatos sobre ciudades como Estambul o El Cairo, y aun el valle del Urika, en Marruecos), de Goytisolo (con quien tuviera la ocasión de conversar en Marrakech), o el ‘Drácula’ de Bram Stoker, cuyas primeras páginas en forma de diario de viaje, el Diario de Harker, me parecen de una gran belleza y un poder sugestivo, desde su salida de Munich hasta llegar a la Transilvania. Algo que me sigue haciendo soñar despierto.

Aparte de ‘El coloso de Marusi’ sobre un viaje iniciático a Grecia, que es una auténtica revelación, me interesó mucho, en su día, el descubrimiento de la Generación Beat, los discípulos aventajados de Miller, como Kerouac y su libro ‘En el camino’, que tanto apasionó a los hippies y que narra un intrépido viaje por todo Estados Unidos, a través de la mítica ruta 66, de Nueva York a Nueva Orleans, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York. Alcohol, orgías, marihuana, éxtasis, angustia y desolación, el retrato de una América subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo sistema. Una crónica cuyos protagonistas, en la vida real y en el libro, fueron Kerouac (Sal Paradise), Neal Cassady (Dean Moriarty), Ginsberg y Burroughs. Algo parecido a lo que nos cuenta Denis Hooper con su road movie, ‘Easy Reader’.

Otros libros que me han influido son ‘Cuentos del desierto’ y ‘El cielo protector’ de Bowles. Me fascina ese viaje de una pareja de americanos a Marruecos, un viaje hacia el Sur, sin rumbo fijo, donde el viaje se convierte en un sin retorno, al menos para el hombre, Port. Tengo la impresión de que la vida es también un viaje sin retorno. En esta novela, ‘El cielo protector’, adaptada al cine por Bertolucci, Bowles diferencia lo que es un turista y un viajero. “Mientras un turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra”.

Autores relevantes en el género de literatura de viajes están: Conrad, Melville, Hemingway, Kapuscinski, Theroux y su ‘Gran bazar del ferrocarril’, por ejemplo, o más cercanos como Javier Reverte o el propio Gil y Carrasco, con su ‘Último viaje’ por Europa, desde Madrid hasta Berlín, que Valentín Carrera editó, y en el cual tuve la ocasión de participar con una introducción.

En todo caso, la fuente principal de inspiración siempre será la vida, que está por encima de todo. Y no concibo la literatura, la escritura, si no contiene vida. 

—¿Se puede vivir del arte? ¿Por qué es tan difícil para un escritor, artista o pensador poder sobrevivir desde este lado del espejo que es la creación?

Se puede vivir del arte cuando se convierte en vida, en un modo de vida. Aunque bien sabemos que el sistema antropófago en el que vivimos, el que se tercie, se lo pone difícil a los artistas, pensadores, escritores…, acaso porque todo aquello que no sea productivo en términos económicos para la sociedad, para el Gran Hermano que nos vigila, no les sirve. O se lo pasan por el forro de sus bajos. 

En nuestra sociedad, a menudo a los escritores (sobre todo si no son mediáticos) no se les abonan sus honorarios por su labor, lo que contribuye a pulverizar este oficio o profesión, que suele verse como simple vocación. Bien, señor o señora X, usted escribe y hasta publica libros.  ¿Pero, dígame, a qué se dedica, de qué come y vive? Pues me dedico a la escritura, qué le parece, podrías responderle. 

En cambio, nadie concibe que si llamas, pongamos por caso a un electricista o fontanero (por cierto, magníficas y dignísimas profesiones) para que vengan a tu casa arreglarte algún desperfecto, no les pagues. Así está el panorama. Y de esta guisa nos luce la pelambrera. 

A propósito, cuando era un rapacín me gustaba construir casas y ranchos. Qué pena no haber continuado por esta senda y convertirme en un albañil, o en un arquitecto, ya puestos a pedir. Ahora a buen seguro dispondría de más pasta gansa. 

—¿La prensa es una manera de ejercitar el estilo o es una oportunidad para mantenerse en contacto con un público lector fiel?

La prensa es un buen escaparate para que te vean, te lean, para estar, en definitiva,  en la onda, en la cresta de la ola (esto me ha quedado relamidín). Y por supuesto te ayuda a ejercitar la musculatura creativa, constructiva y hasta recreativa. Un ejercicio saludable, que te pone en forma y presto para la contienda. 

Gran parte de la buena literatura que se ha elaborado y se siegue componiendo en este país (y en otros también) ha sido a través de la prensa, de los periódicos. Y lo que convendría es que, a quienes nos dedicamos a componer con la palabra, nos reconocieran con guita (un tantito, nomás) esta noble, pues no sólo del aire vivimos los ‘escribidores’. La escritura creativa siempre sirve (a quien la pone en práctica y a quien tiene ganas de leerla), al menos como catarsis, incluso como actividad terapéutica (para quien la escribe) y aun como un modo de articular y entender el mundo (su mundo). 

—Las redes sociales han supuesto una auténtica revolución a la hora de expresarse, se dice habitualmente que democratizan la cultura. ¿Crees que han contribuido a dar a conocer obras y autores de calidad o son un enjambre en el que todo cabe y todo se confunde?

Internet, la Red, las redes han supuesto una auténtica revolución, sin duda. Y ahora la comunicación (aunque sea virtual, hemos perdido el contacto real) es magnífica. Un modo estupendo de darse a conocer, de mostrarnos y mostrar la obra, lo que hacemos. Pero conviene ser conscientes de que las redes nos atrapan, son un arma de doble filo, que nos ponen en contacto con el mundo y a la vez nos esclavizan y nos mantienen controlados por la Telepantalla orwelliana. 

Orwell, en su ‘1984’, se adelantó a nuestra época. Fue un visionario. Y también es cierto que en las redes todo vale. El todo vale es propio de nuestra modernidad o posmodernidad. Ahí está un excelente ensayo de los años ochenta del filósofo francés Finkielkraut, ‘La derrota del pensamiento’. Da igual ocho que ochenta, da igual un cómic que una novela de Nabokov, un slogan publicitario que un poema de René Char… un videoclip que una ópera de Verdi (por decirlo en palabras del pensador galo). En esas estamos y seguimos, en la era del pensamiento plano, ramplón, débil. Tenemos que apostar por un pensamiento fuerte, crítico (como el sistema filosófico que nos ha legado el maestro Gustavo Bueno). 

—Como viajero infatigable y curioso, ¿qué lugares te han impactado más de todos los que has visitado?

Todos los lugares, que he tenido la ocasión de visitar, tienen su interés, porque son tus sentidos los que, al final, realzan o no las cosas, la realidad (aunque ésta pueda tener o tenga en sí misma un valor objetivo). En verdad, habría que seguir mirando la realidad con ojos de asombro, como un niño (niña) que redescubriera el mundo. En todo caso, hay sitios que me han impactado, acaso porque me identifico con ellos, porque me han procurado intensas emociones, porque en los mismos he encontrado una temperatura afectiva (también ambiental) adecuada, acorde a mi temperamento y forma de entender el mundo.

Cada viaje es un aprendizaje. Sólo hay que viajar con los cinco sentidos, dejarse empapar por lo desconocido, lo sorprendente, por aquello con lo que uno no está del todo familiarizado. Se aprende mucho en cada viaje, si uno desea abrir su mente al mundo. Recomiendo viajar y leer de un modo intenso, acaso porque viajando y leyendo se orea el alma y se espabila el entendimiento. 

Siento devoción por países como México (donde he podido vivir) o bien Marruecos y Holanda (países que he podido visitar en varias ocasiones), Francia (donde también viviera durante un tiempo) e Italia (al que me unen afectos y el gusto por su lengua y su cultura). Estos figuran entre mis preferidos. 

España entera (el Noroeste, por supuesto) es un país que uno debería recorrer palmo a palmo, pero se necesitarían muchas vidas para descubrirlo. Miles de vidas para conocer la Tierra. Pena que los seres humanos tengamos una existencia tan breve, tan efímera. Esa brevedad de la que también y tan bien nos habla Séneca.

—Para conocer un paisaje, ciudad o país en profundidad, ¿es mejor viajar sólo o acompañado? 

Me gusta viajar solo porque de este modo uno anda más espabilado, más atento a todo, y puede empaparse más y mejor del viaje. También puede resultar agradable cuando uno viaja en afectuosa y/o amistosa compañía. Lo que no me gusta nada es viajar en manada (la manda siempre asusta y te echa para atrás), eso no, aunque confieso que alguna vez también llegué a viajar en rebaño. Y sinceramente no me entusiasma. No me gusta el gregarismo, la moral de rebaño, que dijera Nietzsche. Prefiero la libertad que uno halla cuando viaja consigo mismo, aunque ese uno esté abierto al mundo, naturalmente, en diálogo con el Otro. 

—¿Sueles planificar tus visitas de antemano o prefieres dejarte sorprender y que cada pieza se ajuste sobre la marcha? ¿En un viaje es indispensable el asombro?

El asombro, ay, es indispensable para encarar el viaje, la vida en sí misma. Ya lo había apuntado: mirar la realidad con los ojos asombrados de un niño (niña) que redescubriera el mundo. Planificar y dejarse sorprender. Ambas formas pueden ser válidas y hasta complementarias, tanto para abordar la escritura como para viajar. 

Cuenta Saramago en ‘Viaje a Portugal’ que “el viajero no es turista, es viajero. Hay gran diferencia. Viajar es descubrir, el resto es simplemente encontrar”. Y el encanto del viaje reside, a buen seguro, en el descubrimiento, en el brujuleo, en el nomadeo, en el extravío incluso. Ahí están por ejemplo mis ‘Viajes sin mapa’. Aunque a veces uno ha echado en falta no haber llevado encima una guía, un mapa, algo que oriente al viajero.

En cuanto a la escritura con brújula o con mapa, a menudo le insisto a mi alumnado que, para construir un relato o un cuento, lo mejor es planificarlo todo, incluso saber de antemano el final, como hacía el maestro Poe. Existen relatos y novelas magníficas en este sentido como ‘La metamorfosis’, de Kafka, ‘El túnel’, de Sábato, ‘La muerte de Artemio Cruz’, de Carlos Fuentes, o ‘Crónica de una muerte anunciada’, de Gabo, por mencionar sólo algunas obras.

Por otra parte, hay obras como ‘Cristo versus Arizona’ que da la impresión de que estuviera escrita con brújula, llevado el Nobel por el ritmo de su torrentera verbal.

—¿A qué lugar volverías siempre y a cuál no regresarías jamás? Enlazo la pregunta con aquel verso de una canción de Sabina que dice aquello de: “al lugar donde has sido feliz no debieras jamás de volver”…

Creo que todo viaje puede revelar algo, entrañar alguna pequeña o gran aventura, porque el viaje no consiste sólo en llegar a un destino, sino en recorrer un espacio-tiempo de un modo introspectivo. Me encantan los viajes iniciáticos. Tal vez por eso me gustan películas como ‘París, Texas’, de Wenders, entre otras. Me quedo con todos los viajes, incluso con aquellos en los que han surgido contratiempos y adversidades, que también los hay. Y creo que regresaría a todos, porque en cada viaje se experimentan nuevas sensaciones. Y lo que dice Sabina (que es un tipo listo, amén de buen compositor, aunque no figure en mi lista de preferidos) es su opinión. 

A uno sí le gusta volver a los sitios donde ha sido feliz, al menos a esos lugares en los que he sentido buenas vibraciones. Me encanta volver a mi útero materno, Noceda del Bierzo, siempre que puedo. Este verano estuve en Holanda, país hermoso, bucólico, que siento como un jardín o huerto tranquilo. Y en el que tuve la ocasión de volver a ver a una buena amiga, a la que hacía muchísimos años que no veía. Me encantó. 

Y Ámsterdam me sigue pareciendo una de las ciudades más líricas de Europa. Uno puede volver al sitio donde fue feliz, aunque la magia de la felicidad se haya evaporado o se evapore en un segundo o tercer viajes. 

Recuerdo, como si fuera hoy (eso quedó recogido en mi libro ‘Viajes sin mapa’) cuando me asaltaron en Lisboa, aunque todo acabara en final feliz (lo que tampoco me ha impedido volver a esa fascinante ciudad portuguesa) o bien el viaje que realizara en tren cruzando la ex Yugoslavia en plena guerra balcánica, que figura en ‘Mapas afectivos’,  o las peripecias que sufriera en El Paso Texas, en esa frontera terrible, bueno, todas las fronteras lo son. Fronteras absurdas en las que pueden darse y se dan situaciones realmente kafkianas. 

Kafka, que era un visionario, nos habla de los conflictos actuales, víctimas que somos de un engranaje perverso del poder burocrático y totalitario.

—¿Qué debe aportar en esencia, a tu juicio, la verdadera literatura al ser humano? ¿Cuándo estamos ante una obra de arte y cuando ante un simple reflejo?

La genuina literatura, que es arte y vida, debe aportar emoción y reflexión a la humanidad. La literatura que merece la pena, puede actuar como una suerte de filosofía, que nos ayude a pensar, que nos invite a entender el mundo en que vivimos, que nos ayude a entendernos a nosotros mismos. 

Estamos ante una obra de arte cuando nos procura esa emoción, esa sacudida en las entrañas, esa reflexión, que nos convierte en mejores personas, que nos hace amar la belleza y la verdad. 

—¿Estás inmerso en un nuevo proyecto literario? ¿Cuál será tu próximo libro?

Uno siempre está inmerso en nuevos proyectos. Me gusta estar activo. Creo que, mientras uno vive, debe tener curiosidad, estar con ganas de aprender hasta la muerte, “morir con las botas puestas”, como nos dijera el maestro Gustavo Bueno, que fue un ejemplo de fortaleza y generosidad intelectual, ética.

Sigo y seguiré escribiendo, mientras me quede una gota de sangre en las venas. Me apetecería articular un libro de poemas, y tal vez publicar un libro de relatos. Continuaré escribiendo sobre viajes. Y con mi faceta en el ámbito teatral, como he venido haciendo hasta ahora. En la actualidad, estoy con una obra cuyo trasfondo es el separatismo catalán, que, por lo demás, aborda la condición humana de amores y desamores, encuentros y desencuentros entre los seres humanos. 

—Y, por último, ¿cómo ves la sociedad contemporánea en relación con la cultura, los valores y los derechos humanos, el compromiso y el intento de transformar nuestro entorno en un mundo mejor, más justo y solidario?

Resulta difícil valorar, en su justa medida, cómo funciona nuestra sociedad/suciedad actual (nuestra sociedad occidental), que así, a bote pronto, podría antojársenos bárbara, terrible (en cierto modo lo es) pero, si echamos la vista atrás, la historia de la infamia también nos ha gobernado. En esencia, los seres humanos hemos evolucionado poco (a veces tengo la impresión de que hubiéramos involucionado). Pero insisto en que ahora no corren tiempos peores que en otras épocas, llenas de guerras y holocaustos, hambrunas y enfermedades, falta de valores y derechos humanos. 

El mundo está hecho un asquito, ahora y siempre (véase África, Asia, casi toda América… también podemos incluir a Europa y el resto de continentes) porque estamos en manos (y eso parece que va a seguir así) de gobernantes sin escrúpulos, a quienes le hacen la corte los lameculos de turno (eso es importante señalarlo) pues de otro modo (sin estos chivatos comemierda) los todopoderosos acabarían cayendo también de su pedestal. 

No quiero dar una visión pesimista o apocalíptica pero es probable que la sociedad no vaya por buen camino. Y algún día todo acabe saltando por los aires, al menos en la Tierra. 

Muchísimas gracias, Manuel, por tus palabras, por tu tiempo, siempre valioso y por formar parte de nuestras vidas. Siempre es un placer charlar contigo; contigo leer y charlar se transforma en un auténtico viaje.

Manuel Cuenya 

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