ENTREVISTA A ELOY TIZÓN

Visítame Magazine, enero 2018

© Carlos Ibarreta

“La literatura se hace entre dos intimidades; tal vez sea el espacio misterioso que crece entre ambas. Ese espacio es sagrado.”

Pocos autores logran con su primer libro escribir una obra maestra, un clásico, podríamos decir. Este ha sido el caso del narrador español Eloy Tizón (Madrid, 1964). En 1992 ve la luz su primera colección de cuentos bajo el título ‘Velocidad de los jardines’. Nació publicado por Anagrama y en aquel momento el contexto podría haberlo condenado al olvido. No hubo presentaciones, ni promoción. Nació en silencio, con muy poco ruido. Una tirada de 2000 ejemplares, de los que el primer año se venden 898. Algunas firmas en primavera en una caseta de la feria del libro del Retiro. Pero su título fue premonitorio. Los grandes títulos suelen serlo, superan la imaginación de sus autores. El libro se fue abriendo camino él solito a través de sus cómplices lectores hasta convertirse en un clásico, una obra de culto. Creció al ritmo de la hierba, a la velocidad a la que crecen los jardines, despacio, entre murmullos, como un grito clandestino. Veinticinco años después Páginas de Espuma lo ha reeditado en una edición especial que hace justicia a su destino. Una portada que refleja su interior como un espejo, flores blancas sobre fondo verde oscuro, lilliums que aún conservan la huella de su esplendor radiante ante el paso del tiempo. Una edición artística para coleccionistas devotos. ‘Tengo la inmensa suerte de haberme encontrado con el 611’, me digo a mí misma mientras acaricio sus tapas e intento escaparme a una isla desierta para poder disfrutar de sus páginas. La isla se me resiste, pero el libro me engatusa.

Durante este cuarto de siglo en el que esos primeros cuentos viajaron de mano en mano, Eloy Tizón ha seguido escribiendo en un ‘más difícil todavía’. Se advierte un poso más maduro en sus obras siguientes, pero conserva el mismo vértigo inicial, la misma adrenalina apasionada que es capaz de tocarnos el corazón sin aparentes desgarros, sin vernos las heridas, aunque las sepamos presentes. En 1995 llegará ‘Seda salvaje’, su primera novela, por la que será finalista del XIII Premio Herralde, y que publicará Anagrama. En 2001, la segunda, ‘Labia’, posiblemente la más interesante de su trayectoria y en 2004 ‘La voz cantante’, en la que el amor nos muestra su perfil más diabólico. Le seguirán más libros de cuentos, ‘Parpadeos’ (Anagrama, 2006) y ‘Técnicas de iluminación’ (Páginas de Espuma, 2013), título que fue finalista de varios premios como el Premio de la Crítica y el Premio Setenil. Es articulista en “El Cultural” de El Mundo, editor en Relee, profesor en Hotel Kafka y ha participado en numerosas antologías.

Eloy Tizón, su voz lírica, sus atmósferas oníricas y poéticas, su obsesión por la soledad y esa melancolía que parece sólo suya y le hace fuerte, se ha convertido durante estos años en uno de los escritores contemporáneos más interesantes en lengua española. Supo construir una voz propia navegando a contracorriente, como si fuese un creador capaz de sobrevivir a los naufragios, un escritor cómodo en la deriva, desoyendo las últimas tendencias y escuchando lo que sus personajes querían decirle para transformarse en su voz. 

—Cuando un primer libro se convierte en un mito, ¿seguir escribiendo sin bajar la guardia resulta un reto o supone un alivio?

Agradezco tu apreciación, si bien yo no lo he vivido exactamente así. Desde que empecé a escribir en la adolescencia intuí, por la clase de literatura que me atraía y proyectaba hacer, que lo mío no sería una explosión fulgurante, sino más bien un viaje lejano y una apuesta a largo plazo. Creo que no iba del todo desencaminado. Por suerte para mí, todo ha sucedido tan gradualmente, a un ritmo tan lento, que me he librado del peligro de un primer pelotazo editorial, con el cual no hubiese sabido qué hacer ni cómo manejar, y que tal vez me habría destruido como escritor. Mejor así. Entre la publicación de Velocidad… y sus primeros signos de reconocimiento público, han pasado tantos años que me ha dado tiempo de escribir con libertad nuevos proyectos, madurar sin presión otros títulos, apartarme de su sombra y casi olvidarlo. Por descontado, con reconocimiento o sin él, cada libro supone un desafío y quizá una imprudencia. Ni reniego de Velocidad… ni lo tengo idealizado, a diferencia de otros. Ni siquiera pienso que es lo mejor que he escrito; tengo cosas mejores. No hay que perder de vista que es un primer libro, todavía balbuceante, en el que me estaba buscando, cometía excesos. Velocidad… pesa menos en mi conciencia de lo que puede parecer desde fuera. 

—La reciente edición de ‘Velocidad de los jardines’ cuenta con un texto nuevo, ‘Zoótropo’, que usted escribió como “biografía” del libro. En esta introducción que podría ser un cuento en sí mismo, reflexiona sobre el proceso creador, lo desnuda y nos entrega sus conclusiones como quien revela al fin un secreto inconfesable. ¿Escribir es algo así como vivir una doble vida?

Tiene mucho de eso, sí. Sobre todo al principio, cuando la escritura empieza siendo una pasión secreta, que no confiesas a casi nadie, por miedo a la incomprensión y al rechazo, por exceso de timidez o por exceso de orgullo, no lo sé bien. Durante mucho tiempo nadie se enteró de que yo escribía, ni siquiera mi familia. Tienes que alimentar esa llama a escondidas, evitar que se apague, muchas veces en contra de tu entorno que no comparte ese vicio o esa enfermedad o lo que sea. Es doloroso. En una vida estudias o trabajas en algo que no tiene nada que ver contigo, que te roba muchas horas y que te hace infeliz, mientras en la otra te entregas en tu escaso tiempo libre a una orgía solitaria de escritura y lecturas compulsivas que no tienes la menor seguridad de si conducirán a algo. Al comienzo nadie cree en ti. Esto te obliga a ser tu propio animador y tu propio juez, mantener la fe en tu trabajo sin perder de vista tu sentido autocrítico, mantener a raya el desánimo, lo cual no es fácil de sobrellevar. Exige mucho coraje, constancia y determinación.

—Los personajes que nos muestra son muy peculiares, individuales y sensibles, con necesidad de ser escuchados: (El viajante taciturno, Olivia Reyes, Sofía Ardiles y sus jóvenes amigos, el caballero romántico de ‘Escenas en un pícnic’…). Parecen fruto de una minuciosa y atenta observación del mundo. Oníricos a veces, disparatados y terrenales otras, conmovedores siempre. ¿Cómo se encuentra con ellos? ¿Cómo los descubre? 

Mis personajes son raros, es cierto, como medio sin terminar de hacer, ¿verdad? Yo los veo solitarios, desvalidos, inadaptados en el mundo, sin encajar en su sitio. Un poco marcianos. Bastantes de ellos están en tránsito, lejos de casa, entre dos puntos del mapa, se mueven de aquí para allá, sin un propósito claro. Les suceden cosas sin mucho sentido, como que un día el jefe los llame a su despacho para entregarles una caja que está prohibido abrir. Ellos buscan. Dudan. Desean. No son felices. No se conforman. Se caen y vuelven a intentarlo, no se dan por vencidos. Yo les tengo simpatía, incluso a los más malévolos, que también los hay. Procuro no juzgarlos y ser imparcial con ellos. Sobre todo, me atrae escucharlos. Oír qué dicen, cómo hablan, cómo reaccionan, atender a sus voces. Todo ese murmullo nocturno. Su manera de razonar un tanto desquiciada. Me divierten y me hacen gracia. Me intrigan. Los compadezco. Algunos me duelen. Ese es uno de mis mayores alicientes como escritor: acompañar a los personajes en sus cuitas y escuchar sus voces. Instalarme en el interior de su conciencia y espiar sus pensamientos íntimos. No tengo que rebuscar mucho, surgen de repente y me hablan. En medio de un sueño o en el pasillo del supermercado. Se dirigen a mí. En el fondo nos parecemos bastante. En general, frente a los que tienen las ideas muy claras y se creen en posesión de la verdad, siempre preferiré a esos otros que no entienden “de qué va todo esto”.

—Valle Inclán enfocó el mundo a través de espejos cóncavos y así nos presentó a Max Estrella. Eloy Tizón aplica a cada personaje, como sucede en el cine o en el teatro, su personal técnica de iluminación. ¿Cada personaje requiere un enfoque singular que nos permita ver su propia luz?

Uno de los momentos más bellos de la escritura se produce cuando el personaje se rompe y descubrimos quién es realmente, sin máscaras sociales. Para ello hace falta acecharlo, darle tiempo y oportunidades, cazarlo cuando está distraído. O meterlo en dificultades. Se requiere paciencia (si no lo he dicho antes, lo digo ahora: soy muy paciente) hasta llegar a ese instante de revelación, de gracia. Para bien o para mal eso es lo que son, quizá lo que somos todos. Su esencia. Ahí está lo luminoso, distinto para cada uno. No siempre sucede, pero cuando sucede, merece la pena el esfuerzo. Todo consiste en llegar hasta esa verdad humana, que justifica la espera. 

—Entre sus autores favoritos, como lector, reconoce sentir debilidad por la obra de Chéjov, Cortázar, Proust, Nabokov, Kafka, Djuna Barnes o Clarice Lispector entre otros. Aceptando como condición imprescindible que para escribir bien hay que ser un gran lector, la pulsión propia, la pasión útil, ¿sigue siendo más importante? Como afirma en ‘Zoótropo’, ¿es mejor tener fiebre que tener bibliografía?

La escritura y la lectura son vasos comunicantes. Se alimentan mutuamente. Leemos para escribir y escribimos para seguir leyendo y prolongar un poco más el placer. Todo forma parte de un mismo tejido, de un mismo mito. Nunca las he concebido como actividades divorciadas, sino como facetas de un deseo común. Cuando descubrimos a un autor que nos hace temblar (como los que tú acabas de mencionar y otros), el impulso visceral es responder a su llamada. ¿Cómo? Mediante la escritura. Nuestros textos son respuestas a otros textos, una forma de mantener activo el espíritu y refrescar el diálogo entre autores vivos y muertos. Esa correspondencia nunca acaba. La buena prosa provoca más literatura, nuevas ficciones, cartas de amor, otros sueños. Y nuestra propia voz, o nuestra fiebre, si admitimos expresarlo así, con suerte servirá para generar nuevos prosistas en el futuro, que hoy ni siquiera han nacido.

—Dada su brevedad, su concisión necesaria, escribir un buen cuento es difícil. Hay que saber despojarse de lo inútil y ser capaz de atrapar al lector y retenerlo en un espacio pequeño. Dejarlo sin aliento, un poco anestesiado. Utilizando un símil pugilístico, ¿un buen cuento es como un ‘gancho al hígado’?

Últimamente me he vuelto menos proclive a las metáforas cortazarianas: todo eso de que el cuento debe vencer por KO y la novela por puntos, el cuento es la fotografía y la novela el cine, etcétera. Siento que son casilleros demasiado angostos y repetidos; habría que someterlos a cuarentena. Es cierto que hay un modelo de cuento espectacular (e incluso efectista), que ha triunfado durante mucho tiempo, en el que todo está medido al milímetro y encaja a la perfección, pero no es el único. Junto a este modelo abrochado, y en oposición a él, también coexiste un cuento digamos más “novelesco”, más digresivo o poético, menos perfecto, con grietas por donde se cuelan el aire y la luz para que el cuento respire y que desencaja el molde tradicional. Cuentos extensos, de más de quince páginas, ventilados, divagatorios, abstractos, sin un centro claro, con muchas palabras de más o de menos, como los que elaboran Robert Walser o Ana Blandiana o Juan José Saer o Cristian Crusat. Ahora mismo, este cuento –o postcuento– me interesa más que el otro.

—Su obra es poética, atmosférica, es una literatura de sensaciones. No necesita una trama clara y definida al modo tradicional. Más bien parece huir de ella. Tampoco aparenta buscar la perfección, salvo en el uso magistral del lenguaje. ¿El final siempre debe llegar solo, de un modo inesperado? ¿Es el lector que está al otro lado quien completa la realidad de su historia?

Encontrar el final del cuento me produce bastantes quebraderos de cabeza. Le doy muchas vueltas. Descarto los finales con sorpresa, con alguna revelación de última hora, porque me parecen tramposos y truculentos. Tampoco necesito que el conflicto quede resuelto, porque apenas hay conflicto y si lo hay, no se resuelve. Esto me dirige hacia un final menos conclusivo, con hilos sueltos, que sin embargo tenga vuelo y concentre la máxima emoción del cuento. A veces basta con un pequeño detalle. Conseguir que el final se eleve, sin ser explícito ni moralista, es el estrecho margen de que dispongo para moverme. Por eso me cuesta encontrarlo. Porque considero que el final es muy importante, es un instante decisivo de suspensión, de elevación, de riesgo, que debe surgir con naturalidad de la energía del propio cuento sin resultar previsible. En fin, un lío. 

Claro que considero al lector como una pieza clave de todo el proceso. Sin él, nada tendría sentido. Procuro dejarle mucho espacio para que intervenga, huecos en blanco, silencios que él debe rellenar como mejor le parezca. Odio dárselo “todo masticado” como hacen los best sellers. Lo que yo no escribo, lo “escribe” el lector por su cuenta. La literatura se hace entre dos intimidades; tal vez sea el espacio misterioso que crece entre ambas. Ese espacio es sagrado. El final del cuento no está en la página, sino en la mente de los lectores. Mi escritorio es la mente del lector. 

© Almudena Sánchez

—El pasado verano, mientras visitaba Perú con motivo de la feria del libro de Lima, me emocionó especialmente ver una fotografía suya en el Country Club, el famoso Country Club que aparece en la novela “Un mundo para Julius” del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. Una vez que la literatura elige un escenario real, ¿lo transforma para siempre en nuestra memoria?

Ah, sí, esa foto: me alegra que lo menciones; te lo agradezco. Fue un momento muy especial del viaje. Nuestro hotel en Lima, en el distrito residencial de San Isidro, quedaba justo enfrente del Country Club de Julius: bastaba con cruzar la avenida. Para cualquier enamorado de esa novela (que he releído hace poco, y sigue siendo magnífica) es una cita obligada. Resultó emocionante sentarse un rato allí, junto a Almudena, a garabatear notas en mi libreta, en la mañana tranquila de agosto, entre los fantasmas de Julius, Susan, Cinthia, Juan Lucas… Claro que la literatura transforma los lugares, igual que el cine; tienen un poder hipnótico que los llena de resonancias. 

Por cierto, que ese viaje a Lima estuvo cargado de literatura: estrechamos lazos con amigos escritores de hospitalidad legendaria como Carlos Yushimito, Julio César Zavala, George Simons, Ricardo Sumalavia y Kathy Serrano, Johann Page, Claudia Salazar… Solo puedo tener palabras de agradecimiento hacia todos ellos. Gracias a su cariñosa insistencia leí por fin una obra maestra: La casa de cartón de Martín Adán, que me regaló generosamente George Simons. Es una novela insólita, publicada en 1928, cuando su autor tenía veinte años, con hallazgos formales de una audacia que se adelanta a su tiempo, digna de brillar en el centro del canon al lado de Felisberto Hernández; está a su mismo nivel. Uno de mis mejores descubrimientos recientes. Desde que volví de viaje, no paro de recomendársela a todo el mundo que sea capaz de apreciarla como merece.

—Una misma lengua nos une a los escritores de América Latina, pero vivimos en universos diferentes. ¿Hasta qué punto los escritores españoles contemporáneos somos herederos de los autores del boom y post-boom hispanoamericano?

No puedo hablar en nombre de otros, pero para mí han sido esenciales y lo siguen siendo. El primer boom formó parte de mi educación sentimental. Leer, a partir de los dieciséis años, en los años 80, los cuentos y novelas de Onetti, Borges, Rulfo, Lezama Lima, entre muchos otros, fue zambullirse en una sensibilidad nueva y otro lenguaje de expresividad inédita, con una carga de sensualidad, una imaginación barroca y un colorido que no encontraba (o encontraba mucho menos desarrollada) en el seco realismo castellano. Lo recibí como un regalo. Me considero en deuda con ellos. Y no es nostalgia; sigo descubriendo con el mismo placer y deslumbramiento a talentos más cercanos como Piglia, Fogwill, Andrés Neuman, Isabel Mellado, Valeria Correa Fiz o un nuevo narrador argentino como Santiago Craig, que he leído hace poco y me parece espléndido.

Siempre es un placer escuchar y leer a Eloy Tizón. Muchísimas gracias por su tiempo, su dedicación y su apoyo. Terminamos con una cita de “Velocidad en los jardines”, resulta apetecible e inevitable. La literatura nos mantiene a salvo, aunque a veces nos pasee bajo la intemperie.

Eloy Tizón

“Entre los alerces del jardín existe un lugar vacío, una urna de luz donde no es posible el daño y te imagino.” 
 

Eloy Tizón


                                                                                          (De ‘Carta a Nabokov’)

“Velocidad de los jardines”, pág. 38)

(Imágenes por cortesía de Páginas de Espuma editorial)

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