ENTREVISTA A JUANMARÍA GARCÍA CAMPAL

Visítame Magazine, cuarta edición

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“Esta es mi creencia: la pasión por la bondad y la inteligencia y, lo que es más, la pasión por hacerlas prevalecer.”

Seguramente no exagero si afirmo que Juanmaría García Campal — Juan Campal—como le conoce una inmensa mayoría de lectores, es uno de los escritores más queridos por el público. Por algo será. 

Nació en Oviedo en 1954, pero vive en León desde hace bastantes años, por lo que podemos considerarlo asturiano de nacimiento y leonés por vocación y destino, o asturleonés, como nos consideramos muchas personas que nos hemos pasado la vida atravesando las montañas que, más que separarnos, nos unen.

Juan escribe poesía —según sus propias palabras renglones cortos—, relatos—según él textos al aire o cuadernos deshojados— y novela —él ha dicho en alguna ocasión que su novela es un cuento que se le escapó de las manos. Y es que le gusta a Juan Campal dejar esta cuestión de los géneros en los límites que marque el propio lector. Le preguntaremos en el cuestionario acerca de la necesidad o el obstáculo que suponen estas fronteras literarias.

Entre sus títulos podemos destacar, más que nada por no hacer una lista muy larga: “Soledades, relatos cortos, caóticos y casuales” (Foz,51. Madrid 1996); “Dos mujeres y un magnolio” (Ediciones del Curueño, 1998); “Escritos con Lara al fondo” (Compañía Española de Reprografía y Servicios. Madrid,2009); “Textos al aire” (Akron, 2010) “Pliego de quebrantos en renglones cortos” en “Tres voces, tres mundos I” (CSED Poesía. León, 2014) y “Cuadernos deshojados” (Akrón & Csed. León,2017). Colabora en prensa escribiendo semanalmente artículos de opinión, actualmente en el diario leonés La Nueva Crónica y también realiza entrevistas y escribe reportajes en La Crítica de León.

Además, ha participado en numerosas antologías y obras colectivas con otros autores e interviene activamente en encuentros poéticos y literarios en general, en su ciudad de residencia (León) y en otros lugares de España. Su vida laboral ha estado íntimamente ligada al ámbito universitario, siendo, entre otras cosas, elegido por la comunidad, el primer Defensor de la Comunidad Universitaria en España. 

Ahora que he resumido muy brevemente su trayectoria (y digo brevemente con plena convicción en mis palabras, pues su trayectoria y su experiencia son muy dilatadas), cuestión siempre necesaria para que quienes no conozcan su obra puedan emprender el camino, siento el impulso natural de ofrecerles mi impresión acerca de él, puesto que es un autor al que no sólo he leído, sino al que considero amigo y conozco, creo, bastante bien.

No sólo he encontrado en Juan Campal a un gran escritor, siento que la vida me ha otorgado el privilegio de conocer a un maestro en el arte de vivir, que al fin y al cabo es lo mismo que escribir, ya sean horas o páginas. 

Nos une el mismo humor cantábrico, la misma pasión por respirar, una extraña afición a la alegría cuando las circunstancias lo permiten, un amor sin fin por la poesía, la literatura, el arte, la bondad, la emoción y la inocencia, una contemplación romántica de la naturaleza, tal vez una mirada poética hacia ella; una humana tendencia al conocimiento y al entendimiento. Juan es, ante todo, tolerancia, respeto y humildad.

Íntegro, coherente, libre, vital… ser humano rebosante de buen humor, amigo de sus amigos, mano siempre tendida, corazón abierto sin doblez. Voz literaria inconfundible con eso tan difícil que todos buscamos: estilo propio.  Él es, como Antonio Machado, ‘más que un hombre al uso que sabe su doctrina, / en el buen sentido de la palabra, bueno.’

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—No puedo creer que aún no te haya realizado esta pregunta alguna vez, Juan. ¿Te consideras más asturiano, más leonés o, como decía Facundo Cabral en su poema: “No eres de aquí ni eres de allá”?

―Pues ninguna de las tres cosas, Marta. No siento ningún vínculo de arraigo permanente ni emocional con ningún territorio. Estimo que la nacencia o vivencia en uno u otro lugar son meras circunstancias, dadas o elegidas, que no determinan o deberían determinar a las personas a poco acceso que se tenga a la cultura universal. Me siento asturiano en Asturias y leonés en León, pero no más que me siento granadino en Granada o me sentí francés en Francia o cubano en Cuba. Tengo escrito, en Textos al aire, en uno titulado «De acá, de donde se está», que «para qué multiplicar las patrias, las fronteras, si cada uno es cada cual allí donde esté, allá donde va, si en él lleva su mundo, su ser, su estar…». Diría: menos patrias y más Humanidad, en el sentido de «sensibilidad, compasión de las desgracias de otras personas».

—Cuando hablas de tus ‘criaturas literarias’, parece que no te gusta especialmente decantarte por etiquetas muy concretas en cuanto a los géneros. ¿Crees que hoy en día las fronteras entre poesía, relatos, ensayo o novela se van diluyendo, que ya no es necesario ser tan rígido en el modo de etiquetar lo que escribimos?

―Es cierto, no me gusta nada hablar de mis cosas publicadas. De alguna manera me siento un osado, un atrevido en un mundo al que llegué por suerte y en el que ya un editor, ante mi incomprensión de su gusto por mis textos me tuvo que explicar ―muy amablemente, eso sí― que él tenía una editorial, no una ONG. Cuando me siento a escribir, es el texto, quizá también mi estado de ánimo y la complejidad de lo que quiera expresar, lo que me lleva por una parte u otra. Salvo los artículos de opinión, no me siento a escribir un cuento o una novela o unos renglones cortos (los que me decís que son versos), me siento a escribir y escribo. De ahí quizá mi desesperante lentitud para terminar algunos textos que se alargan y alargan habitándose de personajes o situaciones. Y sí, hoy cada día son más tenues y salvables los límites entre los géneros literarios. Me atrevería a decir que, salvo en la poesía verseada, te puedes enriquecer de todos los géneros literarios en un único texto. Acabo de releer, de deleitarme de nuevo con «Visión desde el fondo del mar», de Rafael Argullol, y he vuelto a encontrar en sus páginas prosa poética, ensayo, novela, diario, lecciones de historia del arte: todo. Hasta oxígeno para enfrentar los días por vivir.

—¿Es la vida una ficción? ¿Es un sueño calderoniano? ¿O la ficción siempre contiene, aunque no queramos, mucho de nuestra propia vida?

―La vida es un maravilloso regalo que se nos hace cada día. Por gris que venga, por incertidumbres que tengamos. Que sea y la vivamos como una ficción lo quieren algunos y les siguen muchos. Y no, no es un sueño. Es una responsabilidad, es lo que hagamos de ella, lo que nos hagamos como personas en ella, para nosotros y para los demás. Y sí, la ficción siempre contiene, aunque no queramos, mucho de nuestra propia vida. José Luis Sampedro decía que todo es autobiografía porque para escribir de un botones de hotel, antes nos teníamos que sentir, que ser, el botones de hotel. Pero insisto, la vida es... todo. ¿Has pensado alguna vez, aún los millones de personas que somos, la cantidad de actos sexuales que no terminan en una vida? Y a nosotros nos ha tocado, aquí estamos…Cómo no celebrarla, cómo no concelebrarla y contarla aun con todas sus miserias.

—La poesía, ¿es una criatura caprichosa e indefinible?

―No me gusta nada dar sentencias ni aproximarme a dar definiciones. Pero podría decir que siento la poesía como una o un amante, por fortuna, libre, que no se deja programar citas, que no da nada por seguro, que siempre nos sorprende y seduce. Es la luz que entra por los ojales de las persianas, es el pálpito, tantas veces sublime, de la vida que exige su escritura. Después, hay quien domina la técnica, pero carece de alma, no te emociona, y quien sin técnica aparente alguna te acaricia el alma con su melodioso contenido. La poesía es más que técnica y belleza, es el fulgor del espíritu humano, lo que te ilumina y zarandea, te transforma, al leerla.

—Enlazando con la pregunta anterior, hoy parecemos ser testigos de una nueva Edad de Oro en Poesía. ¿Crees que en estos momentos se esté dando en realidad una auténtica revolución poética o podríamos estar más bien viviendo una moda pasajera fruto de la inmediatez de las redes sociales?

―Creo recordar que fue Cervantes quien dijo que el año que es abundante de poesía, suele serlo de hambre. Pero además de la gran crisis del capitalismo y sus nefastas y nefandas consecuencias está claro que las redes sociales han permitido tener voz y acceso a muchos poetas de cualquier parte del mundo. Ahora, y ya abandonado el patrón oro, si dejará huella o no, si ayudará a hacer mejores hombres y mujeres, mejores personas, el tiempo lo dirá. Mientras, nosotros sigamos entrando «más allá en la espesura», quién sabe si, acaso, abriendo camino, facilitando, suavizando la vida a algún ser humano futuro y desconocido. ¿Te imaginas que dentro de cien años alguien tras leer algo nuestro, se sintiese mínimamente aliviado y musitase: ¡gracias!, tal que nosotros hacemos ante tantas obras de autores ya fallecidos?

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—Eres un escritor que siente la necesidad de expresarse en diversos registros. ¿Te sientes especialmente cómodo en alguno de ellos: novela, relato, verso…?

―Gracias por lo de escritor, Marta. Soy un «incurable aprendiz de escribidor»; alguien, un hombre, que escribe, a veces por necesidad, es cierto, a veces por simple gusto por la escritura. Cómodo no me siento en ninguno. Y menos cuanto más leo. Cada vez me pregunto más frecuentemente ¿qué hago yo escribiendo, cómo soy tan osado para continuar haciéndolo?, ¿si, en realidad, digo algo alguna vez que merezca la pena o la alegría?, ¿si llego a acariciar, a emocionar, a conmover a otro ser humano?, ¿si lo llevo a una mínima reflexión? Pero todo esto no quiere decir que sufra al escribir, no, tampoco. Si así fuera, no sé si lo haría. Normalmente creo que disfruto bastante en el proceso de creación. Otra cosa es el resultado literario, la saturación que pueda sentir mi pobre papelera y el gusto o desilusión de quien me lea. La verdad es que, en realidad, después y junto a la lectura, escribir es lo que me salva… Sobre todo de mí mismo.

—Escribes desde hace años una columna semanal de opinión, actualmente en La Nueva Crónica, con muchos y fieles lectores, por cierto. ¿Es la columna un género en sí mismo? ¿Sientes que es un lazo muy directo con la sociedad que nos permite estar ‘en forma’ y establecer un diálogo necesario sobre el tiempo que nos ha tocado vivir?

―Escribir una columna semanal de opinión es, para mí, otro privilegio. A que se me permita, además de como amigo de la escritura, presentarme cada semana como ciudadano y expresar públicamente mi opinión sobre cualquier aspecto del vivir y convivir actual, no le encuentro otro nombre. Un privilegio y una gran oportunidad de disciplina por cuanto me obliga a expresarme sobre el tema elegido en un número limitado de caracteres. Esta es una de las pocas obligaciones que me gusta.

 No, no creo que sea un género en sí mismo; otra cosa es que pretendamos hacerlo lo más literariamente posible, pero sin que la belleza literaria menoscabe la claridad y libertad de la opinión. La columna de opinión es agua, hay que mojarse en ella, no valen los paraguas ni los impermeables. Más que a estar «en forma» creo que te coloca en «riesgo y ventura», pero qué es si no el ejercicio y defensa de la libertad y el ejercicio y defensa de los derechos conquistados. Soy un ciudadano diciéndole lo que piensa, no a la sociedad, sino a cada una de las personas que la componen y tengan a bien leerme. La lazada, de haberla, la debe establecer cada una de ellas. Yo tan sólo tiendo el cordón.

—La tecnología y sus avances suponen una de las grandes revoluciones del siglo XXI. ¿Crees que están siendo positivas en lo literario, por aquello de dar oportunidad de mostrar su obra a nuevos autores, o son un ‘cajón de sastre’ que todo lo confunde? ¿Amplían también, afortunadamente, los epicentros culturales?

―Estamos ante un nuevo territorio. Si fuera tangible y no virtual, diría ante un nuevo continente. Y claro, no es que sea un «cajón de sastre» sino que en él encontraremos también todos los desastres humanos: personas que se ocultan en el cobarde anonimato para acosar e insultar, otros que vuelcan su ira e incivilidad ante el que piensa distinto, no ante sus ideas; otras que plagian impunemente; pero, de repente, das con una fotografía, un cuadro, una melodía, un texto que te conmueve, que te hace detenerte a contemplarlo, a escucharla atentamente, a saborearlo. Y descubres que, en Ciudad de México, que en Nueva York, que en Varsovia, hay alguien con el que te une una común sensibilidad. ¡Salvado! En las redes, como en la vida, hay que ir afinando los criterios que te permitan elegir lo más acorde con tus inquietudes éticas y estéticas y así, como en la vida real, tejer esas otras redes más reducidas de sintonías personales, de afinidades, de amistades, de afectos. No se confunden las cosas, el mundo, nos confundimos las personas que somos quienes las y lo hacemos. Y sí, claro que amplían los epicentros culturales y aún lo hará mucho más, cada vez hay más oteadores culturales decentes rescatando artistas y obras del maremágnum que, en principio, pueden parecer las redes.

—¿Quiénes consideras que han sido tus principales autores de referencia?

¿Quiénes han influido más en tu forma de contar el mundo?

―Estas preguntas siempre entrañan el riesgo del imperdonable olvido, y más, en alguien como yo, autodidacto ―¡cuánto tiempo y oportunidades de lectura y estudio perdí!― y caótico en su, digamos, formación. Seguro que toda lectura, por gusto o disgusto, me ha influido. Pero autores, no de referencia porque ni la precisan de mí, ni me veo con capacidad de emularlos dignamente, sino que me habitan porque me transformaron más como persona que como escribidor, sin duda: André Gide, Albert Camus, Tomas Mann, mi querido José Luis Sampedro y Marina Mayoral, Saramago, Sábato, Pessoa, Ángel González, Gil de Biedma... Tantos y tantos, para tan poco provecho de este hombre osado y necio. 

—Recientemente ha visto la luz tu libro ‘Cuadernos deshojados’, una selección de textos publicados en prensa en los que te muestras como “un hombre en permanente construcción”. Después de tanta necesaria reflexión, uno agradece encontrarse con un autor que no pretende resultar irrefutable, alguien que no da nada por sentado, sino que plantea constantes preguntas, como si viviese, en ciertos aspectos, en permanente duda. Me recuerdas, inevitablemente, a Unamuno (aprovecho esta ocasión para confesarlo). En esta época tan materialista, tan de egos desbordados, ¿hay algo en lo que creas con absoluta sinceridad?

―Claro, qué sería si no de mí. Creo en la voluntad de las personas por conquistar la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad. Te copio el final de mi artículo «Toma pregunta… y respuesta» que respondía a la pregunta «¿En qué se puede creer?»: creo en el hombre, liberado, elevado a persona humana. En la persona volcada hacía sí misma como íntima exigencia de hacerse reflejo de su ideal de Persona, de propiciar, aun mínimamente, que lo que ensueña, idealiza, llegue a ser la Humanidad. En la que, frente a esa Idea, evalúa conscientemente el grado de compromiso de sus acciones y omisiones, se aprueba, se reprueba, se perdona, rectifica y continúa su permanente construcción. En la que intenta incidir en el bien estar y ser del semejante, en la que no cierra sus ojos al ajeno padecer, en la que no sólo denuncia la injusticia, sino que a quien la sufre queda adherido, solidario. En ese hombre creo, en esa persona que Maurice Zundel decía el mayor descubrimiento del siglo. Creo, siguiendo con Zundel, en el hombre que siente el deber, que es necesario considerar como un privilegio, de realizar en cada uno esta humanidad que está en lo más íntimo de nosotros mismos. Esta es mi creencia, ésta, con H. Arnold, mi Cultura: la pasión por la bondad y la inteligencia y, lo que es más, la pasión por hacerlas prevalecer.

Resumido: creo en la voluntad del hombre, de las personas, por la nobleza de espíritu.

Releo las respuestas de Juan Campal mientras disfruto de un té en el atardecer de mi escritorio. Pienso en cuánto aprendemos cada día de ciertas personas que no pretenden enseñarnos y, sin embargo, lo hacen. Sobre San Marcos se detiene un cielo dorado y cristalino que anuncia la agonía de enero. Nos une el mismo invierno, la misma niebla espesa en medio de la cual, soñamos bailar. Te imagino paseando a la orilla del río, posando tu mirada sobre la belleza del mundo. Me reconforta saber que pronto volveremos a encontrarnos.

“Despierto
y se enciende tu recuerdo
antes que la luz de la mesilla.”

“Pliego de quebrantos” (“Tres voces, tres mundos I)
Juanmaría García Campal.

Copyright Juanmaría García Campal

Juanmaría García Campal

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