Entrevista a Óscar M. Prieto

Visítame Magazine sexta edición 

“Escribir es como un baño en aguas lustrales, aquellas con las que los griegos mitológicos limpiaban el crimen de los asesinos.”

Mientras leo “40” (Eolas Ediciones 2017), pienso que charlar con Óscar M. Prieto es entablar una conversación con uno de los narradores más interesantes del panorama actual español. (Vamos a evitar “importante” o “imprescindible” por manidos y grandilocuentes). 

Óscar M. Prieto, escritor vital y rítmico, nació un 14 de septiembre en el pueblo leonés de Benavides de Órbigo. Nada es casual. Nació el mismo día de la Fiesta del Cristo en su pueblo y comparte efeméride con el gran Francisco de Quevedo.

Tras cursar educación primaria y secundaria en su tierra se trasladó a Madrid, dispuesto a convertirse en Ingeniero Superior de Minas. Pero a los pocos meses se da cuenta de que la ingeniería no es lo suyo y se matricula en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Termina la licenciatura y su alma inquieta siempre ávida de conocimiento decide matricularse en Derecho mientras trabaja como profesor en la Universidad Rey Juan Carlos, impartiendo clases sobre Filosofía del Derecho y Filosofía Política. Una vez termina sus estudios de Leyes comienza a preparar el grado en Geografía e Historia, actividad que compagina con su actual trabajo en el Departamento de Relaciones Internacionales de la misma Universidad Rey Juan Carlos. 

Ha publicado cinco novelas: “Palabras de carne y hueso”  (Primer Premio del certamen de Novela Corta de la Obra Cultural de Caja Madrid, 1995), “El tercer sacramento” (Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid, 1999), “Las horas se ríen de mí” (Efecto Violeta, 2009), “Love is a game” (Inéditor, 2010), “Berlín Vintage” (Tropo editores, 2015) —seleccionada para el ‘Prix du livre européen’ 2015— con prólogo de Julio Llamazares, obra considerada por la Enciclopedia Británica como una de las novelas españolas más destacables del año 2014, junto a la última, “40”.

Escribe una columna semanal cada miércoles en el Diario La Nueva Crónica y, además, junto a su padre, por su mano plantado tiene un huerto. No se le conocen, según él, antecedentes penales, seguramente debido a que el pensamiento no delinque. Es poseedor de un Universo libérrimo: “Patacosmia”.

—Los 40 son algo así como el ‘ecuador de la vida’. Nos hacen sentir que ya hemos recorrido la mitad del camino. Muchas personas sufren la famosa crisis de la década planteándose si son o no felices, si están haciendo lo que querían hacer, si la vida les ha tratado bien, si su existencia tiene sentido, pero en ocasiones no hay momento para la reflexión porque la propia vida da un vuelco y te invita a buscar las respuestas o a vivirlas, como le sucede a Cosmo, su protagonista. Óscar, ¿tú crees en el destino?

—40 es un número redondo, en el juego del tute hasta se puede cantar. Las crisis no son algo negativo, son un cambio de paradigma, un momento vertiginoso, en el que lo pasado ya no sirve y lo nuevo aún no ha llegado. Vivir una crisis es tener un pie en cada una de las orillas de un reguero que se fueran separando. Debemos decidir si saltamos adelante o nos quedamos en el lado conocido. Claro que creo en el destino, en el destino que es ser uno mismo y que vamos escribiendo con cada elección. Dice Maquiavelo que el noventa por ciento de lo que le sucede a un hombre es causado por la fortuna, pero el diez por ciento restante depende de cada uno. Este diez por ciento es el destino y lo que hace de la vida una aventura fascinante de la que somos protagonistas.

—Podemos considerar “40” una novela contemporánea, tanto por su ambientación cronológica como por la técnica que impregna su estructura. Sorprenden sus saltos temporales, el tratamiento original del espacio —ya se trate de un espacio interior o exterior, incluso de un estado mental—. Sus abundantes citas y alusiones, la incursión de cuentos y poemas, los diferentes puntos de vista narrativos y sobre todo el Tiempo. ¿El tiempo lo es todo, en lo vital y en lo literario?

—Somos tiempo, los seres humanos somos radicalmente tiempo, el tiempo está en nuestro código genético y marca a fuego nuestra naturaleza. La libertad tiene sentido porque existe el tiempo, si fuéramos eternos, ninguna decisión tendría más valor que otra, porque podríamos repetir y variar eternamente sin consecuencias. El tiempo todo lo cambia: transforma en preciosa cada elección. La moral tampoco es comprensible sin el tiempo. En lo literario también es decisivo, el discurso es el tiempo que discurre. La elección del momento apropiado para narrar cada parte concreta de a una historia es condición esencial para el sentido de la propia historia que, contada en un orden diverso, variaría indefectiblemente. 

El tiempo es la energía y lo precario de la vida humana, por suerte, como dice Epicuro, podemos paliar esta fragilidad: “Recuerda que, aun siendo mortal por naturaleza y habiendo obtenido en suerte un tiempo limitado de vida, gracias a la ciencia de la naturaleza, te elevaste a lo infinito y eterno y contemplaste “lo que es, lo que será y lo que fue”.

—Cosmo, el protagonista de “40” es un bont vivant, pero en el fondo, descubre un buen día que la vida no es lo que imaginaba, que le falta algo, que hay matices y circunstancias que no asume o no acepta o no encuentra. Y es entonces cuando poco a poco se va reencontrando con su propio destino. En varias ocasiones has dicho que no se trata de una novela autobiográfica, pero aún así, ¿crees que Cosmo tiene algo o mucho de ti?

—Lo he negado en varias ocasiones y lo negaré cada vez que me lo pregunten, porque “40” no es una novela autobiográfica. No tengo ningún interés en contar mi vida y no creo que mi vida le interese a nadie, fuera de ese círculo que llamamos “seres queridos”, que lo son, precisamente, porque nos importan y nos interesamos por sus vidas. Es más, me atrevo a negar la mayor: no puede existir nada autobiográfico en la literatura. Escribir es como un baño en aguas lustrales, aquellas con las que los griegos mitológicos limpiaban el crimen de los asesinos. Escribir también purifica las historias, los dolores, los amores, los gozos y los miedos, de los restos que sólo pertenecían al autor, permitiendo que así cobren nuevo brío, puedan ser digeridos, asimilados sus nutrientes, cada vez que un nuevo lector se acerca a ellos.

—Muchos escritores inician su andadura literaria escribiendo poemas, poemas que con el tiempo desecharán, casi seguro. Óscar M. prieto reconoce haberse iniciado escribiendo cartas de amor. ¿Cómo eran esas cartas, Óscar? ¿Aún escribes cartas de amor?

—¡Terribles! Eran collages de corta pega, rompecabezas informes que asustaban. La juventud tiene ese atrevimiento y esa beatífica ignorancia de creer que nadie ha sentido lo mismo antes que uno, aunque para expresarlo, copies las palabras que otro utilizó para lo mismo. Bendito ridículo. Qué maravilloso era escribir cartas, no sólo de amor, sobre todo a los amigos. Creo que era muy saludable el ejercicio de sentarse a pensar y contar de tal manera que fuera comprensible para el destinatario. Probablemente las patologías mentales han aumentado desde que hemos abandonado la costumbre de escribirnos cartas. Hemos ido a peor, hemos cambiado la emoción de abrir el buzón y encontrarnos cartas con nombre y dirección manuscrita a que sólo nos esperen logotipos bancarios y promociones de telefonía. Deberíamos recuperar ese tiempo precioso que antes reservábamos para escribir una carta. Demasiada inmediatez. Poco reposo. Invito a tus lectores a escribir una carta según terminen de leer esta entrevista o mejor, que dejen de leer y se pongan ya mismo, que busquen papel y boli.

—Muchas veces me he preguntado cómo sería tener un huerto. Tú tienes uno que cultivas y cuidas junto a tu padre. La visión desde fuera resulta poética, cercana al “Beatus Ille” de Horacio y de Fray Luis. ¿Es tan bucólico como lo pinta la poesía? ¿Cuánto has aprendido de esta experiencia? ¿Qué enseña un huerto a un escritor?

—Un huerto es mucho mejor que lo mejor que se escriba sobre ellos en los libros y no hace distingos profesionales, lo mismo vale para un escritor que para un mecánico. Un huerto te enseña el valor de la semilla, de cómo algo muy pequeño puede dar algo muy grande, si se riega y se cuida; el valor del trabajo, de las tareas que no puedes postergar, de la constancia y del laboreo; el valor de los frutos y también de que no siempre se recoge lo que uno esperaba y no por ello uno ha de ser el culpable, a veces una helada… El huerto te regala la luna y estar pendiente de la nubes y del cielo; te descubre el auténtico sentido del tiempo, el que no admite prisas ni consiente urgencias. Lo escribió Pedro Salinas: “No por correr a principios de octubre se llega antes a la primavera”. La misma verdad nos la revela la más humilde de todas las lechugas. El huerto te da la sabiduría de la paciencia y la más sabia aún, la de la generosidad. Si la tierra es generosa contigo, debes ser generoso con los demás. Los huertos propician el regalo, no son buen terreno para los avaros.

—Últimamente, cuando muchos autores citan sus fuentes literarias y artísticas de referencia, abundan nombres que son grandes iconos del siglo XX y también del XXI, pero ya son muy pocos quienes siguen citando a los clásicos entre su grupo de autores favoritos. Tal vez se dé por sentado que forman parte de nuestro equipaje o tal vez se considera una etapa superada. Sin embargo, tú los citas con frecuencia, eres heredero legítimo de ellos, de hecho ‘Berlín Vintage’ es un auténtico homenaje a la Historia del Arte y del Pensamiento. ¿Crees que debemos seguir rastreando en su legado?

—Somos enanos alzados a hombros de gigantes, decían ya los escolásticos. Una obra no se convierte en clásico por casualidad o capricho de quien escribe los manuales. Los clásicos son clásicos porque expresan las ideas seminales, lo radicalmente humano, despojado de la temporalidad. Es por esto por lo que son siempre válidos en cualquier tiempo y lugar. Los autores contemporáneos actualizan y contextualizan con las coordenadas de su tiempo esos mismos elementos capitales. Toda obra que prescinda de ellos resultará banal y será borrada de la historia por la más leve de las brisas. Yo leo obras clásicas porque disfruto con ellas, como también disfruto de los autores que marcan la vanguardia y que algún día, si han sabido captar la esencia, se convertirán ellos mismos en clásicos. Pero también hay tiempo para leer trivialidades. No debemos caer en el esnobismo, cada uno que lea lo que quiera.

—También se advierte en tus novelas, incluso en tu página web, una pasión sin fin por los clásicos grecolatinos y por el latín como lengua. Leo tu cita de inicio: “Audentes fortuna iuvat” (La fortuna favorece a los audaces). Vivimos en una época en la que se impone hablar y opinar sin escuchar. El ruido, el grito incluso, sobrepasan al silencio. La música hay que buscarla a través de las sombras. Una época de informaciones inmediatas carente muchas veces de profundidad. ¿Volveremos a ser pacientes y a reaprender el arte de escuchar, de escucharnos?

—Todos los temas sobre los que se puede escribir una novela están ya plasmados en las tragedias griegas, absolutamente todos. Y el latín, que  ya me gustaría a mí no haber olvidado, es un instrumento intelectual de tal potencia, que no puedo considerar sino como crimen el hecho de que lo hayan fulminado de los planes de estudio. El latín ordena la cabeza. Nos ayuda a pensar.

No hay peor sordo que quien no quiere oír. Vivimos en una época de mucho ruido, en la que todo el mundo se cree con derecho a tener razón. Todo aprendizaje y crecimiento personal comienza por la escucha y escuchar implica una condición de partida, la de la humildad, reconocernos a nosotros mismos ignorantes y necesitados de aprender. Pero ahora creemos que lo sabemos todo y si no, ahí tenemos internet, para explicarle al médico qué enfermedad tenemos y qué tratamiento nos debe recetar. No sé si volveremos a ser pacientes, tengo la sensación de que todo va muy rápido y la Ley de la inercia dice que para detener un cuerpo en movimiento hace falta una fuerza externa que lo pare, un buen golpe.

—La vorágine de las redes sociales, la velocidad a la que avanza la tecnología, parece avanzar un futuro controlado por máquinas, que a su vez serán controladas por… Si esta visión llegara a cumplirse, ¿la literatura seguiría existiendo, aunque fuera en otros formatos? ¿O se perdería para siempre?

—Decía Raymond Chandler que, pronto llegaría el día en el que las máquinas escribirían novelas y esto lo decía en los años 40 del siglo pasado. Creo que recientemente un relato escrito por un robot ganó un premio literario. No sé si esto indica el progreso de las máquinas o el paso de cangrejo de los seres humanos. La Literatura, como el resto de las Artes, seguirá existiendo mientras no dejemos de ser humanos, formulando las preguntas, los interrogantes necesarios con los que cada momento histórico nos urge. Lo que ignoro son los géneros, los formatos hacia los que evolucionará. También desaparecieron los cantares de gesta, las epopeyas y seguimos aquí.

—No sé si acierto, pero yo te veo como un autor y un hombre muy vital, una persona que se enfrenta a la vida y la saborea, alguien a quien no le asustan los retos, un poco quijote, un caballero romántico (un poco como el protagonista de tu novela “El tercer sacramento”), alguien que apuesta fuerte porque sabe que la vida es su única carta y que tiene que aprovecharla al máximo. Eso se traduce en tu prosa, una narrativa de ritmo vertiginoso que atrapa al lector y no le deja escapar en un ritmo tan dulce como frenético, como si nos envolviera una pieza de jazz. Cuando escribes ¿te consideras caótico o sigues un plan muy bien estructurado?

“El tercer Sacramento”  lo escribí hace casi veinte años ya y me temo que desde entonces he perdido algo de caballero, de romántico y de quijote, por desgracia. Respecto a la vida, me gusta seguir creyendo que uno de mis poemas más queridos de Ángel González sigue teniendo sentido para mí. Es un poema que comienza así: “Donde pongo la vida pongo el fuego de mi pasión volcada y sin salida”. 

Y sobre mi manera de escribir, ni caótico ni bien estructurado, parafraseando a Pacal: Un medio entre todo y nada. 

—De una a otra de tus obras, el ritmo y el estilo, las tramas, los personajes, cambian por completo. Oscar M. Prieto siempre nos sorprende. ¿Cuál es tu próximo proyecto literario confesable? He oído hablar de un puzle… ¿es así?

—Dios me libre del vicio de intentar sorprender. Cada novela es distinta porque yo soy distinto y con cada libro van cambiando mis inquietudes y percepción de mí mismo y del mundo que me rodea y mi comprensión del ejercicio de escribir y de contar historias. Aun así, en mi opinión, creo que existe como una corriente de agua subterránea de la que se alimentan todas mis novelas y es posible reconocer en todas ellas mi voz. 

Como proyecto literario, puzle es una idea que me ronda la cabeza y llevo un tiempo trabajando. Sin embargo, es en mi vida ahora donde debo colocar las piezas. La obra más importante ahora para mí es el “libro de familia”, que en los próximos días tendrá un nuevo capítulo, sin duda el más fascinante de todos los que he escrito y he vivido, con el nacimiento de mi hijo, León.

Ha sido un auténtico placer charlar con Óscar M. Prieto, un escritor que nos aporta sabiduría a través de historias apasionantes y un estilo propio e inconfundible. Le agradezco su tiempo, su simpatía y su cercanía y le felicito por el gran momento que próximamente va a vivir, esa esperada y bendita paternidad. Que tu hijo León colme tus días de alegría. ¡Salud!

“Ahora ya lo sé. Ahora ya sé que el mar es la circunstancia que posibilita la memoria, el espejo inmenso en el que uno puede verse, si tiene el valor para enfrentarse a ello. Hace falta coraje. Porque el mar, a diferencia de otros espejos —enmarcados o de tocador—, que devuelven fielmente la imagen presente, es un espejo en el que uno puede ver lo que ya no tiene, lo que ha perdido, lo que se fue. El mar es el espejo en el que se pueden ver flotar los recuerdos que han perecido ahogados. El mar es la pervivencia de una memoria que ya no puede más que ser memoria, que se deshace en espuma golpeándose contra la roca dura de ese otro acantilado que se llama olvido.”

“Berlín Vintage”, pág. 229. (2014, Tropo editores)

Marta Muñiz Rueda
Corresponsal en Europa

Oscar MPrieto

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