Visítame Magazine, décima quinta edición

Entrevista a Juan Carlos Martín Jiménez, Rafael Lacasa y Carlos Rodríguez.

Juan Carlos Martín Jiménez nació en Madrid en 1967.  Padre de dos hijos, licenciado en Ciencias de la Información, en la rama de Periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid, Director del periódico "Tetuán 30 días" y con empresa propia especializada en la comunicación empresarial de varios sectores, aún le queda tiempo para disfrutar de dos de sus pasiones: el atletismo y la literatura. Cuando se sienta delante de un ordenador, y abre la puerta de su mente, sus dedos son los encargados de plasmar en letras, palabras y frases las historias encerradas en una imaginación desmesurada, inagotable y maravillosa. Juan Carlos Martín se transforma del periodista profesional que es a uno de los mejores escritores de suspense y aventuras, que nada tiene que envidiar a los grandes de la literatura. Su ópera prima Los Juegos del abismo   le ha abierto las puertas de par en par al mundo de las letras.

ENTREVISTA EDITORIAL

Juan Carlos Martín Jiménez
“Los Juegos del Abismo”

¿Por qué decidiste escribir?

Fue una inquietud personal. Como periodista, estoy acostumbrado a escribir artículos, reportajes y entrevistas, pero siempre me había planteado escribir para mí, una historia diferente, original y que pudiese gustar a quienes la leyesen. 

¿Cómo surgió la idea de tu obra?

La idea fue tomando forma poco a poco en mi mente; recuerdo un día que iba en el metro de Madrid y pensé, “y si la puerta no se abriese, ¿dónde iría?”. Y a partir de esa idea fui imaginando lo que podría pasar, en un contexto lleno de fantasía y, a la vez, de suspense. 

¿Cómo encontraste nuestra editorial?

Las casualidades no existen. Isabel Montes, la fundadora de Angels Fortune Edtions, me llamó una tarde del mes de julio de 2015, para contratar mis servicios de comunicación empresarial. Me contó su proyecto y lo vi todo claro; le comenté que tenía escrito un relato de 32 páginas y que me gustaría enviárselo para ver qué le parecía. Aceptó encantada y a la mañana siguiente me llamó para decirme que le había gustado y que si era capaz de ampliarlo y llegar a unas 100 páginas. No lo dudé ni un instante y ese verano me puse a trabajar todas las tardes hasta terminar “Los Juegos del Abismo” a mediados de setiembre de 2015, gracias al empujón decisivo y definitivo que me dio Isabel Montes. 

¿Por qué decidiste editar con Angels Fortune Editions? Tras tu experiencia ¿recomendarías la editorial?

Sin duda, las condiciones de edición son inigualables para cualquier escritor novel; no hay nada igual en el mundo editorial y lo tuve muy claro desde que Isabel Montes contactó conmigo: Angels Fortune Editions tenía que ser mi editorial. 
Por supuesto que la recomendaría, de hecho ya la he recomendado en varias ocasiones y siempre que tengo la oportunidad de conocer a alguien que está dando sus primeros pasos en el mundo de la literatura, le recomiendo que edite con Angels Fortune Editions. 

¿Qué ha ocurrido en tu vida desde que publicaste? Cuéntanos algo que no hayas contado hasta ahora en ninguna entrevista, una exclusiva.

Las exclusivas me las tienen que dar a mí como periodista, ja, ja, ja. No, en serio, lo que ha ocurrido es que me siento muy orgulloso de haber añadido a mi perfil profesional la palabra escritor; de hecho, cuando me tengo que presentar en algún evento y digo que soy periodista, corrector, comunicador… siempre alguien me dice, “y también escritor”. Y entonces viene la pregunta de “¿pero tú escribes? ¿Y qué has escrito?”. Esto no lo he contado en ninguna entrevista que me han hecho, sobre todo en radio, pero sí he dicho siempre que estaré eternamente agradecido a Isabel Montes y Angels Fortune Editions por haber cumplido uno de mis objetivos más ansiados, como es editar una novela. 

¿Cuál es tu meta?

Ya me parecía maravilloso tener editada una novela, así que estar en la segunda edición, haber estado en las ferias del libro de Barcelona y Madrid, que me hayan entrevistado en diferentes emisoras de radio, como Onda Madrid, Gestiona Radio, Radio Fuenlabrada o Radio Almansa, y seguir vendiendo novelas me hace sentirme muy feliz y orgulloso de esa novela que un día fue solo una idea.
La meta he de decir que es ambiciosa y es todo un objetivo: son muchas las personas que me han comentado que “Los Juegos del Abismo” es una novela que encajaría en el mundo del cine. Son palabras mayores, soy consciente, pero estoy persiguiendo ese sueño, y sé que mi editora también, así que lo conseguiremos.  

¿Qué proyectos tienes en mente?

Teniendo en cuenta el poco tiempo libre del que dispongo, es cierto que ya tengo mi segunda novela en mente, “Escaleras al infierno”, definida la trama, el lugar, los personajes… y solo falta, ni más ni menos, que ponerse a escribir, lo cual espero hacer en breve. 
A la vez, y como periodista especializado en franquicia, estoy terminando un libro sobre “Cómo no equivocarse al elegir una franquicia”, pues he visto a personas arruinarse por una mala elección de una enseña y me gustaría aportar mi experiencia en este campo de la economía para evitar esos errores. 
También me gustaría editar un libro de poemas, pues la poesía es un género que escribo desde los 17 años y tengo muchas escritas, que querría editar en un libro, “Mi yo”. 
Muchos proyectos que, no tengo ninguna duda, verán la luz, siempre de la mano de Isabel Montes y Angels Fortune Editions. 

 

Rafael Lacasa Ferrero nació en Barcelona en 1978. Aficionado al cine, a la ciencia y disfrutar de la vida hogareña en compañía de su familia, nunca se imaginó que acabaría siguiendo el consejo de su profesora de literatura, que no dejó de alentarle para que escribiera. El nacimiento de su hija fue un punto de inflexión en su vida laboral. Decidido a contarle cada noche historias llenas de principios, de fantasía y de magia, no encontró mejor forma de hacerlo que escribiendo. 

De la mano de Lilith, protagonista de Las crónicas de Tero Mágica nos adentraremos en un mundo de fantasía que ni grandes ni pequeños querremos abandonar.

Rafael Lacasa, fragmento de su obra Las Crónicas de Tero Mágica

     La pequeña se quedó paralizada por unos instantes, y acto seguido la alegría la invadió. Su padre existía en algún lugar y la quería. Unas lágrimas de emoción corrieron por su rostro y un cosquilleo llenó de felicidad todo su cuerpo. Una reveladora paz abrió su mente y la guió. Se descalzó, se tumbó boca abajo, levantó sus pies y los cruzó. Abrió el libro por la primera página y, con mucha suavidad y delicadeza, pasó la mano sobre la hoja. ¡Ahora sí, por fin podía leer! Al acariciar el papel las letras aparecían impresas en él. Eran doradas y desaparecían cuando ella alzaba su mano... Lilith respiró hondo y comenzó a leer.

“Lilith pasó su mano sobre la hoja y comenzó a leer…”

—¿Qué estaba pasando? —se preguntó extrañada la pequeña.

      El libro estaba narrando exactamente lo que ella estaba haciendo. No podía ser, ¿un libro mágico? La curiosidad se apoderó de ella así que siguió leyendo:

    “Lilith devolvió la mirada al libro y puso toda su atención en él. Poco a poco fue notando como el olor a rancio de la buhardilla fue desapareciendo para empezar a notar aromas a diferentes flores. Los ruidos típicos del orfanato también fueron cambiando por el bello sonido del cantar de los pájaros. La incomodidad del suelo de madera se tornó en una blanda y confortable cama de césped. La joven Lilith encontró una paz que nunca antes había notado. Las sensaciones eran muchas, todas ellas agradables. Pero de pronto, la pequeña, confundida, cerró el libro y dejó de leer.”

—¿Qué había pasado? —se preguntó de nuevo.

     Lilith era solo una niña, pero lo suficientemente inteligente como para distinguir entre un sueño y la realidad, y aquello era muy real. Estaba tumbada, podía ver el cielo, oír a una gran cantidad de pájaros cantando y oler la naturaleza. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí?

     Asombrada, Lilith se incorporó. ¡No podía ser! Estaba en medio de un bosque, en un pequeño claro, rodeada de árboles, sentada con los brazos rodeando sus rodillas. No sabía si llorar o reír, estaba asustada. Todavía llevaba puesto el uniforme del orfanato. Era de día y aquel bosque no se parecía en nada a los paisajes que ella conocía.

     Se puso en pie y, todavía descalza, notó como la hierba le hacía cosquillas al andar, pero no reía, se clavaba las pequeñas piedras aunque no le dolían. Estaba demasiado asustada como para poder reaccionar ante esos pequeños detalles. Cogió el libro y acarició sus páginas en busca de soluciones, pero este seguía narrando su presente. Observó todo lo que había a su alrededor. Estaba en medio de un claro, rodeada de árboles y su instinto le decía que si quería salir de allí tendría que pensar rápido. Vio a su izquierda dos árboles que le llamaron la atención, tenían troncos gruesos, retorcidos y en la parte de arriba sus copas se juntaban haciendo que abajo pareciese que había una puerta. Tenía que moverse, empezaba a hacer frío y ¡qué mejor forma de salir que por una puerta! Así que, sin pensárselo dos veces, se dirigió hacia el arco que formaban los árboles.

     No había dado ni tres pasos cuando notó una ráfaga de aire, era cálida, familiar, al igual que había ocurrido en el despacho de la directora. Vio como pequeños puntos de luz aparecían sin cesar inmersos en la corriente, hasta que quedó totalmente rodeada por ellos como si estuviese en el centro de un huracán luminoso. Su cabello se movía en todas direcciones. De pronto el aire cesó y los puntitos luminosos se quedaron quietos. Lilith no entendía nada. En ese preciso momento todos los puntos empezaron a organizarse justo delante de ella hasta que formaron una silueta. Los puntos desaparecieron justo entonces. Era la silueta de una mujer alta, hermosa, de largo cabello dorado, cubierta por una bonita túnica blanca, no tocaba con sus pies el suelo y se contoneaba al son de la brisa. Era casi translúcida, difuminada y emanaba una luz blanca, pacificadora, maternal. Miraba a Lilith con una dulce sonrisa que no tardó en tranquilizarla. Acercó su mano izquierda con la palma hacía arriba y con voz angelical dijo:

—Hola, Lilith.

 

Carlos Rodríguez nació en Valencia. Aunque desde niño siempre supo que quería convertirse en un gran escritor, sus sueños de realizar la carrera de Literatura se vieron truncados por el fallecimiento de sus padres. Dejó los estudios en COU y aprobó la oposición para funcionario de Renfe donde ejerció durante once años. Preso de su propia vida, decidió empezar de nuevo en la ciudad de Nueva York donde vivió tres años. En esta ciudad retomó la afición de la infancia por las letras y realizó su primer curso de escritura. De allí se trasladó a Atlixco, Puebla (México) y finalmente regresó a España donde reside en la actualidad junto a su hijo. Autodidacta incansable, ha estudiado Literatura y Periodismo. Después de colaborar en Revistas, publicaciones online y de impartir talleres de escritura, finalmente decidió escribir su primera novela y dedicarse por fin al mundo de la literatura. Comarcal 415  recibió unas inmejorables críticas de mano de Almudenas Grandes. Con Siete Crisantemos, su segunda novela,  se ha consagrado como uno de los mejores escritores de novela negra de nuestro país.

COMARCAL 415
FRAGMENTO

NOVIEMBRE DE 2008

En el instante que despertó su instinto le advirtió del peligro. Lo primero que sintió fue un lacerante dolor en algún punto indeterminado de la cabeza y las fuertes palpitaciones en el ojo izquierdo. Un escalofrío le recorrió la espalda, erizándole el pelo de la nuca. Se encontraba en medio de la oscuridad y el olor era insoportable. Hizo un amago de estirarse, pero estaba entumecido y las articulaciones apenas respondieron. Respiraba con dificultad y en cada inhalación un polvo fino le entraba por las fosas nasales, taponándolas. Humedeció sus labios resecos y agrietados; percibió un sabor amargo y salobre que le llenó la boca. Con un movimiento enérgico apoyó la mano en el suelo, hizo palanca y logró ponerse boca arriba. Un grito ahogado acudió a su garganta. Tenía el cuerpo totalmente agarrotado y el dolor fue, por un momento, insoportable. Al parecer se encontraba tumbado en un suelo áspero y helado. Si era un lugar cerrado o se encontraba al aire libre era algo que, de momento, no podía dilucidar. Con la palma de la mano palpó una superficie irregular, arenosa. Cuando la posó sobre su estómago descubrió, espantado, que se hallaba desnudo.

         El corazón se le aceleró, la respiración cambió de ritmo y un líquido tibio empezó a escurrirle por el rostro. Pensó que la cabeza le iba a estallar de un momento a otro. En la boca sintió el inconfundible sabor a hierro de la sangre. Siguió palpándose con cuidado. No parecía tener más herida que la de la cabeza, aunque la piel helada, los miembros rígidos y su desnudez no presagiaban nada bueno.

Cualquiera que fuese el sitio donde se encontraba, el frío era espantoso.

        Y aquel olor, un tufo indefinido que le llenaba los pulmones y le provocaba arcadas. Olía a orín y excrementos, quizá también a sudor. Para una persona de ducha y muda diaria resultaba muy difícil clasificar el hedor que flotaba en el ambiente. Respiraba en inhalaciones cortas y rápidas, como si así pudiera disminuir la intensidad de la pestilencia. Desde pequeño le había dado asco respirar por la boca, así que se sonó la nariz con los dedos e inhaló con fuerza. La náusea fue inmediata, girando a un lado la cabeza expulsó un líquido caliente y grumoso. Entonces pudo distinguir otro hedor, el penetrante y agrio de la putrefacción. Otra arcada pugnó por salir, aunque pudo controlarla.

Pensó que un animal muerto debía de yacer no lejos de él.

        Hizo un esfuerzo para concentrarse. Era necesario mantener la calma y la mente despierta para analizar la situación. Fuese la que fuese. Colocó una mano debajo de la cabeza y sintió de inmediato una leve mejoría. Volvió a escupir y sonarse la nariz.

          Sus pensamientos le trajeron a la memoria la tormenta. Había sido una nevada sorprendente para el mes de noviembre, incluso en la sierra. Los primeros copos empezaron a caer poco antes de las nueve de la mañana, mientras desayunaba en el bar de la plaza. Y fueron otros clientes los primeros en recomendarle que no cruzara al otro lado por el puerto de Las Crucetillas, que tomara el acceso por Salobre, una carretera de anchura decente, bien asfaltada y con menos curvas. En el caso que la tormenta empeorara, sería la única vía que mantendrían despejada.

        No hizo el menor caso, por supuesto. Él conocía la antigua carretera como la palma de su mano y una ridícula nevada otoñal no le haría cambiar de planes. Además, para Enrique Nájera era una cuestión personal no usar una ruta construida más por razones políticas que prácticas, dejando la comarcal que unió en el pasado la Sierra de Alcaraz como un camino olvidado que se degradaba a pasos agigantados. El nuevo acceso convertía Vianos, su pueblo, en un remoto lugar que se descolgaba de algún impreciso precipicio, “por allá arriba”.

          No iba a ser él quien viajara por Salobre, desde luego.

       Al pasar el primer puerto, El Barrancazo la nevada arreció, pero sin presentar peligro alguno para la calzada. Viajaba tranquilo, sin prisas, como siempre; saboreando cada rincón que esas sorprendentes montañas regalaban al viajero. No se cruzó con otros vehículos, poca gente tenía algo que hacer por aquellos parajes fuera de los meses de verano, y paró en El Batán a tomar el segundo café del día para escuchar las mismas advertencias de Joaquina, la dueña.

—Enrique, es una locura, cae con fuerza. Da la vuelta.

         Él la tranquilizó. Conduciría con cuidado, pero no tenía intención de volver. Si regresaba desde aquel punto no llegaría a la hora de comer a Riópar, donde sus tíos le esperaban.

       La tía Mariana siempre le esperaba con todo dispuesto, a falta de añadir los trozos de la torta de harina. Unos gazpachos manchegos suculentos, con pollo y conejo y la cantidad exacta de especias para lograr el equilibrio de sabores. Su especialidad. Primero sacaba un buen plato del jamón que ellos mismos salaban, queso manchego y lomo de orza. “Y un solo vaso de vino, que tienes que conducir”. Luego servía el plato de gazpachos, y aunque le echaba una buena regañina por su gordura incipiente, se lo volvía a llenar. El tío Andrés, como siempre, se limitaba a observar la escena con sus grandes ojos oscuros, divertido. 

       Un cuadro familiar común y plácido, que aquel día, por un motivo desconocido, no iba a tener lugar.

       Enrique recordó como al salir de El Batán, cuando la carretera giraba con brusquedad hacia el suroeste y enfilaba el puerto de Las Crucetillas, la nieve empezó a caer con una fuerza sorprendente. Su destino se encontraba justo en la otra vertiente de la sierra, donde el río Segura recogía las aguas y las canalizaba hacia el Mediterráneo.

     Rememorar los acontecimientos más inmediatos le sentó bien, y a pesar del tenaz dolor de cabeza, el ejercicio mental le animó. Dobló las rodillas, respiró profundamente y se ayudó con los brazos a sentarse. Los calambres le hicieron gritar. 

      Maldijo su obesidad y el descuido con el que había convivido en los últimos años. No hacia ejercicio, le encantaba la cerveza acompañada de su correspondiente tapa y el sinnúmero de dietas que olvidaba a los pocos días era considerable. Dinero para planes de adelgazamiento tirado directamente a la basura. 

     Se llevó la mano al rostro y tanteó la gran inflamación de la frente, aunque no localizó el lugar exacto por donde sangraba. Ya tenía sangre seca en la cara y pensó que debía de llevar algún tiempo en ese estado. No podía abrir el ojo izquierdo.

      Estaba bien jodido. Sabía que necesitaba asistencia médica con urgencia. 

   Poco a poco sus miembros se acostumbraron a la nueva postura y los calambres disminuyeron. Se frotó los brazos con ímpetu para darse calor mientras regresaba a sus pensamientos.

   Poco después de la curva de El Batán la calzada ya estaba completamente blanca. Pero al llegar al “túnel de los duendes” volvió a despejarse. Era un tramo de unos cien metros en el que los pinos centenarios de ambos lados del camino unían sus copas y formaban un pasadizo asombroso. Un lugar único que tuvo embelesada a su hija Julia toda su niñez. Fue ella quien le puso nombre a una de las paradas ineludibles en que se convertía cada viaje entre Vianos y Riópar. Un vía crucis festivo cuyo preparativo ponía en vilo a toda la familia durante días.

   Claro, que de eso hacía muchos años. Eso ocurría cuando aún eran una familia unida y feliz, cuando no hacían nada si no iban los tres juntos ni se planteaban alguna actividad que no incluyera al kit completo. Había gastado muchas horas pensando en como se pudo joder todo con tanta rapidez, y los más probable es que jamás lograra averiguar la verdad. 

   Sacudió esas ideas de su mente, aún escocían demasiado. Y además ahora todo era distinto. Contra todo pronóstico había logrado empezar de nuevo a los cuarenta y seis años y se sentía feliz por primera vez en muchos meses. Existían cosas pendientes, sí, pero ya lo tenia todo tan encarrilado…

    Julia. A su hija le debía muchas explicaciones y el momento de darlas había llegado. Estaba todo a punto. Seguro que ella le entendería, que estaría a su lado. Sí, tan pronto como la próxima semana se iba a sincerar con ella y después de aquello se sentiría aún mucho mejor. 

    Era el momento de volver a disfrutar de la paz y la tranquilidad que se esfumaron de golpe un día cualquiera de otoño. 

    De una cosa estaba seguro, el tiempo de pedir responsabilidades había pasado. Pero el de sentirse culpable, también.

   Recordaba a la perfección haber parado en el “túnel de los duendes”. Un capricho personal. Siempre le venía bien bajar en aquel tramo para pensar. Dejó el coche en medio de la carretera, ¿quién iba a pasar por allí?, encendió un cigarrillo, subió el volumen del CD y salió del automóvil. Los Red Hot Chili Peppers rasgaban el silencio del pequeño valle mientras la nieve caía alrededor. No tenía frío. Nunca hacía frío mientras nevaba.

   Pero a partir de ese momento todo era oscuridad. No recordaba haber vuelto subir al coche, tampoco que alguien se hubiera acercado. Nada. Una calada a su Ducados negro era la última instantánea de sí mismo que se alojaba en su cerebro.

Mierda, ¿qué demonios le había pasado?
¡Un robo!
Eso era. Había sido víctima de un robo. 

   Un Audi con apenas cinco meses era algo muy goloso, además llevaba ese móvil de última generación que nunca había sido capaz de usar adecuadamente. También el Lotus, claro, unos doscientos euros en la cartera, las tarjetas… Vaya, el hijo de puta que le había robado había sacado una bonita tajada con él. 

  Desde luego, la idea del robo era convincente, aunque bastante poco probable en aquella zona. Pero, ¿realmente se podía asegurar que allí estaban libres de que ocurriera una cosa así? Sin olvidar que también podía tratarse de gente de paso, encontrándose con la golosina parada en medio de la calzada. Unos ladrones turistas tan locos como él que se habían aventurado en la Sierra de Alcaraz en plena nevada. Y por la peor opción posible.

  ¿Pero por qué tanta brutalidad? Se conocía bien y si las cosas se hubieran puesto feas, no habría ofrecido resistencia. No era ningún héroe. Pero era otra cosa lo que más le inquietaba: el hecho de que le dejaran desnudo en medio de la nada, con el helor de la nieve royéndole los huesos. Por más vueltas que le daba en la cabeza, no parecía tener ningún sentido.

  Le llegaron unos ruidos sordos. Aguzó el oído y respiró con lentitud, manteniéndose a la espera. A los pocos segundos los volvió a escuchar. Podrían ser golpes, o roces. Alzando la voz, pidió auxilio dos o tres veces y luego siguió atento. Los ecos provenían de su entorno más próximo. Volvió a pedir ayuda.

  Tras unos instantes de silencio, escuchó el inconfundible balido de una oveja. En seguida siguieron más. Enrique se permitió una leve sonrisa, a pesar del panorama. Le habían abandonado en una cuadra y la ecuación se volvía fácil: si había ovejas, había un pastor; y cuando éste viniera para atender su ganado, le encontraría. Lo que Enrique Nájera conocía sobre el mundo bovino se podía resumir en dos cosas, eran animales que daban leche y lana. Así que ignoraba si balaban al amanecer, porque tenían hambre o sed o simplemente porque se daban los buenos días. 

   De lo único que estaba seguro era que, tarde o temprano, el pastor acudiría.

  Pensó en el momento en que el cabrero lo descubriera en tal lamentable estado. Se iba a liar una buena en Vianos, desde luego. Y si sus tíos ya habían dado la voz de alarma, cosa bastante factible, el jaleo en aquellos mismos momentos podría ser ya descomunal. La velocidad con la que por allí corrían las noticias, sobre todo si eran malas, resultaba increíble.

   A pesar de que su pituitaria se empezaba a habituar al repugnante olor, no lograba quitarse de encima la sensación de asco, y el estómago era un ir y venir de arcadas y contracciones. Otro vómito le llenó la boca, lo dejó salir y se alivió de inmediato.

  En ese momento, frente a él, vio una línea de luz.

  Al principio no estaba seguro, podría ser una alucinación o un engaño de sus ojos, pero después de parpadear varias veces, se convenció. A escasa distancia de su cabeza había un punto de claridad que anteriormente no existía. La tenue luz fluctuaba y no siempre tenía la misma intensidad, pero allí estaba la señal luminosa que anunciaba su libertad.

  —¡Aquí, aquí! ¡Estoy aquí!
  El balido de las ovejas creció en intensidad. Escuchó el eco de sus pezuñas. Si había entrado el pastor a la cuadra, estarían inquietas. Pero no llegó a sus oídos la voz humana que tanto anhelaba.

  —Hola, ¿hay alguien ahí fuera? —volvió a gritar.
  Se puso a cuatro patas, quería avanzar hacia el foco de luz, pero apenas se movió. Un guijarro se le incrustó en la rodilla y bramó de dolor. Encogido sobre sí mismo se acariciaba el nuevo foco de sufrimiento mientras esperaba a que la oleada de sudor frío terminara de recorrer su cuerpo.

   Fantástico. A perro flaco…
   —¡Oiga! Estoy aquí, alguien me ha encerrado ¿Puede ayudarme? —respiró profundamente para coger fuerzas—. ¡Oiga! ¿Me está oyendo?
    La idea de que el dueño del rebaño fuese sordo era demasiado fantástica. Tampoco iba a tener tan mala suerte, joder.

   Con la mano tocó el suelo, reunió un poco de tierra y pequeñas piedras y lo lanzó con rabia hacia la esquina del antro donde estaba encerrado. No se equivocaba, ese ruido opaco era el de la madera. Repitió la acción un par de veces.

   Una puerta. Allí había una jodida puerta, una jodida luz y un jodido pastor más sordo que una tapia. Empezaba a estar hasta los huevos de la situación.

   Arrojó más tierra a la puerta, mientras continuaba gritando.
  —Hola, hola. ¿Me puede oír? Estoy aquí dentro, detrás de la puerta. Necesito ayuda médica. Me han robado, y... ¡Necesito su ayuda!
   Los animales estarían inquietos con la presencia de su dueño, porque al otro lado de la puerta se sentía una gran agitación. Intentó gatear de nuevo, pero el dolor en la rodilla era atroz. Lo que se le clavó le había llegado al hueso.

  Otro punto de luz empezó a brillar, a la vez que oía con mayor claridad el alboroto de detrás de la puerta. Luego otro. Y un tercero.

  ¡Hostias! Al fin estaba abriendo la jodida puerta. El pastor mudo iba a entrar, descubriría al desaparecido y se acabaría la pesadilla. Justo a tiempo, desde luego, no hubiera logrado sobrevivir desnudo más allá de unas pocas horas. Esperaba que el hombre le pudiera dejar ropa de abrigo. O una manta. Recordaba la manta de lana que los pastores llevaban siempre consigo, una pieza áspera y tosca, pero que le iba a venir muy bien sobre los hombros.

   Instintivamente metió el sexo entre las piernas para ocultarlo. Bastante ridículo se encontraba ya y tampoco era cuestión de ir ensañando las pelotas a la primera. Sabía que era una acción absurda y grotesca, pero que no puedo evitar. 

   “A veces los seres humanos somos patéticos”, pensó.
   Por lo visto, había gran cantidad de cosas tapando la puerta, porque le llevó un buen rato despejarla. Mientras lo hacía, se iban abriendo más puntos de luz. Los suficientes para que, de un vistazo, Enrique Nájera descubriera el habitáculo dónde había estado encerrado. Era una cuadra de paredes irregulares y en la que apenas se hubiera podido poner de pie. Calculó que el lado más corto del cuchitril mediría unos cuatro metros; el largo, no más de seis. Carecía de ventanas y no halló ninguna otra ventilación visible. Tampoco encontró el animal muerto y pestilente que esperaba ver.

   El crujido de la madera le sobresaltó. Siguieron unos golpes secos y el portón empezó a abrirse.

   —¡Por dios! No sabe como me alegro. Ya estaba desesperado. Creo que me han robado y me han dejado aquí…
   No hubo respuesta
   —…pero no sé cuánto tiempo llevo en su cuadra. Estoy herido y necesito asistencia médica ¿Sabe qué hora es? La verdad es que no sé si es de noche o de día…
    Al fin logró entrever la figura oscura de un cuerpo humano. Una sombra sin rostro que empezaba a entrar en la estancia.
    —…tengo un buen golpe en la cabeza que ha sangrado mucho. Y estoy congelado. Además, bueno… pues estoy desnudo. Sí. Me han robado hasta la ropa ¿Tiene usted algo de ropa para dejarme?... Oiga, ¿me está oyendo? ¿Entiende lo que le digo?
     El tío era exasperante. Además de viejo, a juzgar por lo que le costaba abrir el portón. Pero tampoco convenía irritarle.
     —¿Sabe usted si ya habían denunciado mi desaparición? Me dirigía a Riópar, a casa de mis tíos y… ¡Ah! ¿Y dónde estamos?
    Cuando la hoja se entreabrió lo suficiente, se perfiló una silueta ancha y de escasa estatura. Disponía de espacio sobrado para pasar a la cuadra, pero permaneció inmóvil.
    Menudo gilipollas ¿A este qué coño le pasa?
    —Mire, no puedo andar. Me he jodido una rodilla… voy a necesitar su ayuda para salir de aquí.
    La negra figura que debía de conducirle a la libertad seguía inmóvil en el quicio de la puerta. Dando un paso, se adentró.
    Una señal de alarma se encendió en el cerebro de Enrique. ¿Y si quien entraba era precisamente el causante de su estado?
    —Oiga, si lo que quiere es dinero…

   Le pareció observar un ligero movimiento en la silueta inerte. Y descubrió el leve brillo a la altura de la rodilla. 
   —…eso no va a ser problema. Tengo…
  El hombre empezó a caminar hacia él. Con lentitud. Ese jodido cabrón todo lo hacia con una cachaza increíble y desconcertante.
  El destello luminoso provenía de algo que le colgaba de la mano. Parecía ser un palo curvo. Recordó que la madera no brillaba.
   —¿Se puede saber qué le pasa?
   Enrique retrocedió unos centímetros instintivamente. A pesar del dolor en la rodilla, en la cabeza y en todos y cada uno de los huesos de su maltrecho cuerpo; a pesar del penetrante frío, de su desnudez y corpulencia. A pesar de todo.
   El utensilio tenía un perfil curvilíneo, y titilaba al son del movimiento de la mano que lo portaba.
   Se mareó. Por un momento, fue como si su cabeza oscilara libremente sobre el cuello; la silueta, la claridad al otro lado de la puerta, todo comenzó a balancearse.
  En el interior de su cerebro bailaban imágenes sorprendentes: Enrique, disfrazado de Peter Pan jugaba con los Niños Perdidos en el país de Nunca Jamás junto a Campanilla. Un inmenso y burlón Capitán Hook flotaba sobre todos ellos.
    El capitán Hook…
    De repente, la forma oscura que tenía ante sí se transformó en un fantasma. Tenía una sábana que le cubría por completo y cadenas atadas al tobillo. Podía oír el ruido metálico cuando se arrastraban. Se elevaba sobre el suelo con suavidad, como una pluma. Una pluma negra.
   La angustia volvió a comprimirle la garganta y el vómito se le escapó por la boca a borbotones.
  El espectro siguió acercándose, implacable y silencioso. Enrique retrocedió otros pocos centímetros. El corazón le podría saltar en cualquier momento. 
    Intentó fijar la mirada en el rostro del individuo, suplicante, aunque la escasa luz no permitía distinguir sus rasgos.
     Presa del pánico, se orinó.
Cuando la herramienta de forma curva se elevó sobre su cabeza levantó los brazos en un acto reflejo.
    —¿Pero qué coño…? —balbució, en un hilo de voz.
   No llegó a terminar la frase. Enrique Nájera ya estaba muerto cuando su cuerpo se desplomó sobre el frío suelo de la cuadra.

Carlos Rodríguez

SIETE CRISANTEMOS

FRAGMENTO

[PRÓLOGO]

 


26 de enero de 1938

Aquel día de finales de enero, Rosa Grau, de siete años de edad, caminaba sin aliento por la calle Císcar cargada con las compras que habían realizado durante la mañana, siempre unos pasos detrás de Elisenda Calabuig, que al no llevar ninguna bolsa andaba ligera como una pluma, con la frente bien alta y los labios apretados en ese mohín de asco que la caracterizaba y que transformaba su rostro de niña de seis años en el de una vieja huraña. 

Esa mañana había sido particularmente prolífica. En la pasama- nería de doña Úrsula adquirieron las franjas de seda “tan imprescin- dibles para el vestidito de primavera de la niña”, como repetía hasta la saciedad doña Antonia, el ama de llaves de los Calabuig, sacando su voz estridente por la ventana de la cocina con la no disimulada intención de que la oyesen los vecinos. En Conde de Altea entraron en Ultramarinos Izquierdo, consiguiendo auténtico aceite de oliva, de Jaén, que olía a la mismísima gloria y con un precio que dejaba sin aliento; un cuarto de queso manchego y dos kilos de un arroz tan blanco que los granos relucían como el nácar. En esa misma calle re- cogieron el reloj de pulsera que el padre de Elisenda había llevado a reparar días antes, uno de entre la centena larga de los que se com- 

[9] 

ponía su colección. Orgullo familiar, según la familia; una necedad más que añadir a la lista, según Rosita. 

Terminaron el recorrido comercial comprando dos pasteles re- llenos en la pastelería de Fondó, capricho que Elisenda engulló con ansia canina, la nata le rebosaba por la boca mientras que a un pal- mo de distancia se encontraba la cara de la otra niña. 

—No te dará un cólico miserere —cabeceó Rosa. Elisenda, son- riendo con malicia, se chupó los dedos. 

Entre la profusión de obligaciones, tareas y responsabilidades con las que se había pactado la entrada de Rosa en el piso de la calle de La Paz, las de salir al exterior eran especialmente sorprendentes y estúpidas: Rosita permanecería en la puerta de las tiendas mientras la señorita Eli realizaba las compras, atenta a cualquier peligro que pudiera surgir en las calles y con el deber de protegerla. 

La señorita de compañía, desde el principio, lo tuvo bien claro: estaban listos si creían que ella se iba a jugar la vida por semejante bicho. Saldría corriendo hacia su propia casa ante cualquier contin- gencia, importándole bien poco lo que a Elisenda le pudiera aconte- cer. También le advirtieron que debería ir siempre detrás de la seño- rita y, en el hipotético caso que una horda de rojos se les abalanzara con las intenciones propias de una horda de rojos, ella haría valer su pertenencia a la clase baja para defender a la Calabuig. Tal cual. Y Rosita, en cada salida, se lamentaba de que a nadie se le hubiera ocurrido crear esas hordas. 

Como en tantos otros asuntos domésticos, doña Antonia había sabido imponer su criterio al de don Francisco. Resultaba beneficio- so para la salud mental y física de la nena —así era llamada Elisenda en casa— que hiciese una vida lo más normal posible. Para ello, se 

[10] 

le encomendaban recados sencillos y algunas de las compras para la despensa. Al fin y al cabo, era Rosa quien realizaba el trabajo duro. Doña Antonia, de esta manera, se aseguraba unas horas de asueto en las que se dedicaba con ahínco a florear con el señor, llenarse la cara de untes o ensanchar las costuras de sus vestidos. Sus carnes se habían ensanchado considerablemente en el año que llevaba con los Calabuig. 

Rosita miró atónita a su acompañante. 

—Encima eres una cerda comiendo. Tienes el morro lleno de nata. 

Eli sacó la lengua y se relamió, giró sobre los talones y continuó la marcha dispar. Unos minutos después, se volvió con desdén y es- peró que Rosita la alcanzara. 

—A este paso vamos a llegar tarde —dijo poniéndose en jarras mirando su reloj—. Pasan cinco minutos de la una y media. Sabes que mi padre debe de sentarse a la mesa a las dos en punto. 

—Entonces coge tú alguna cesta, que no te vas a herniar.

—Ese es tu trabajo, para eso te pagamos.

La cara de la niña se encendió como una antorcha y a punto es- 

tuvo de dejar las bolsas en el suelo, darle a la repelente Elisenda una patada en el trasero y largarse con su familia. Aquella consentida era el colmo. 

—¡¿Me pagáis?! —gritó Rosa—. Me dais de comer vuestras so- bras, y sin pan, porque el que sobra lo guardáis para dárselo a las palomas de la plaza, que ya hay que ser sinvergüenza y ruin para hacer eso; duermo sobre mantas en el suelo de la cocina, cuando te- néis habitaciones de sobra, y me pongo la ropa que a ti ya no te da la gana de ponerte, no porque esté rota o vieja, sino, simplemente, porque “te cansas de llevar siempre lo mismo” —la remedó lleván- dose la mano a la frente y escupiendo en el suelo—. Eres tan borrica como mala, niña. 

[11] 

Elisenda Calabuig dibujó su mohín de asco y contrajo la nariz. Apretando los puños, avanzó dos pasos hacia Rosita Grau quien, a su vez, la desafió con la mirada. No haría nada, desde luego, sabía muy bien lo que se escondía detrás de los ojos negros de su señorita de compañía. Igual que sabía que era más inteligente, más fuerte y más decidida. Al primer guantazo estaría perdida. 

Bajó la mirada e intentó darse media vuelta, pero Rosita, esta vez, no lo iba a dejar pasar. Y sabía muy bien qué tecla tocarle. 

—Da igual lo que te pongas, lo cara que sea tu ropa. Todo te sien- ta fatal porque estás contrahecha y tienes la misma figura que una lagartija. Eso no lo arregla el dinero de tu padre. Como tampoco lo torpe que eres, que tienes al profesor muerto de la risa con tu estu- pidez. Nunca vas a servir para nada, más que para gastarte el dinero en pasteles de nata —dijo Rosa con el rostro encendido dando una gran bocanada de aire—. Y si tienes valor, pégame —la provocó—, pero sabes cuál será el resultado, ¿verdad? 

Elisenda volvió a mirar al suelo. Era consciente de que Rosita estaba blindada por la fuerza que da el hambre, el trabajo duro y el trato con la realidad. Y aunque jamás lo reconocería, sabía también que era mucho más inteligente. 

Perdida la batalla cuerpo a cuerpo, Eli entornó los ojos e hizo la primera chiquillada que se le ocurrió: sacar la lengua y dibujar cuer- nos con los dedos. Patético. 

—¡Válgame! ¡Eres más tonta de lo que yo pensaba! —se asombró Rosita. 

En ese momento, la niña pobre experimentó un sentimiento enorme de lástima hacia la niña rica y tuvo la certeza de que aquella muchacha jamás sería feliz. Fue entonces cuando se le dulcificó la mirada apaciguando su enojo. 

Elisenda reanudó la marcha camino del centro de Valencia, pero Rosa se dio un tiempo para acomodarse las bolsas en los brazos; le 

[12] 

traía sin cuidado tanto si don Francisco comía a las dos en punto como si se le atravesaba en el gaznate un hueso del pollo que había tenido que bajar a comprar recién levantada. 

Un retortijón le atravesó el estómago. Su desayuno había consis- tido en medio vaso de leche y una magdalena tan dura que tuvo que mantenerla sumergida un par de minutos antes de poder hincarle el diente. A media mañana se había metido en la boca un terrón de azúcar sustraído del primer cajón del aparador del comedor, aprove- chando los minutos que doña Antonia, haciendo un sinfín de aspa- vientos, cepillaba el cabello de la “nena guapa”, apelativo con el que se dirigía a la sabandija. A su mente acudía una y otra vez la escena de Elisenda y su boca llena de pastel de nata. 

A la señorita le gustaba humillar a Rosita con el beneplácito de doña Antonia. Cualquier situación resultaba adecuada para tal fin, pero ambas arpías se crecían cuando recibían visitas o salían por las tardes a la misa de la catedral, apremiándola con empellones y ma- las palabras. Reírse de la niña pobre era el pasatiempo favorito con el que huir de su propia estupidez. Sin embargo, solo habían logrado convertirse en el hazmerreír de las vecinas con la misma rapidez que Rosa se ganaba su cariño. La señorita de compañía tragaba bilis y se concentraba en asaltar de madrugada la despensa para robar víve- res que escondía bajo la pila de fregar, lugar inhóspito al que nunca se asomaban pues el pedigrí de las marquesas les prohibía doblar el espinazo. 

Los domingos por la tarde, Rosita se las arreglaba para sujetar esos alimentos entre dobleces de sus enaguas y llevarlos a su familia. Aquella mañana le hubiera dicho muchas más cosas, claro. Como 

que dejarla asistir de oyente a sus clases sin derecho a abrir la boca era abominable; tampoco tenía permitido escribir ni responder a las preguntas del profesor. Pero se regocijaba sabiéndose más lista. Por- que Elisenda era mema de solemnidad y cuando lograba exponer la 

[13] 

solución, por lo habitual errónea, Rosa hacía una eternidad que ha- bía respondido mentalmente. Y de manera satisfactoria. 

Don Francisco Calabuig había decidido, en la misma manera pomposa con la que realizaba todos sus actos, que la niña estudia- ra en casa para aislarla de la propaganda roja. Un maestro de labios apretados, párpados caídos y apatía extrema se sentaba cada tarde en una silla de respaldo alto más pendiente de la puerta de la coci- na que de la estúpida de su pupila, a la espera de que doña Antonia interrumpiera la clase con una bandeja de galletas y café con leche humeante. Merienda a la que Rosa no estaba invitada. 

La lista de agravios y humillaciones era pues, enorme. En el con- trato verbal que tuvo lugar en el puesto del Mercado Central regen- tado por la madre de Rosita Grau, por el cual la niña se iba a vivir a casa de la familia Calabuig con el fin de hacer compañía a la niña Elisenda, nada se habló de realizar trabajos en la casa. Pero la rea- lidad había resultado muy diferente y Rosa se deslomaba desde el amanecer barriendo la casa, haciendo camas, planchando, yendo a la compra y quitando el polvo antes de entrar en la habitación de la señorita para “entretenerla”. No tardó en darse cuenta que entrete- ner a semejante alimaña, de humor caprichoso y aburrimiento cons- tante, resultaba tarea imposible. 

—Eres una desagradecida —hipó Elisenda, erre que erre, cinco pasos por delante. 
—Y tú un mastuerzo —gruñó Rosa sin tener muy claro el signifi- cado de la palabra, pero que era la preferida de la abuela Berta a la hora de repartir improperios. 

Y si la señorita estaba llorando, no sería ella la que la consolara. Rosa volvió a ralentizar el paso y tomó aire. Con no poco regocijo, pensó que con un poco de suerte llegarían bien pasadas las dos, jus- to para ver las caras de asco de don Francisco y doña Antonia, tiesos como estacas en sus sillas. El ama de llaves le dirigiría el tic de su 

[14] 

párpado izquierdo, espasmos que se incrementaban cuando se enfa- daba y la culparía del retraso. Pero a la niña le importaba bien poco. Si la pécora pensaba que no andaba enterada de lo que se cocía en la casa, estaba lista. Don Francisco era un viudo calzonazos que se dejaba mangonear por la doña, convertida a la sazón en dueña y se- ñora de la vivienda. Nada se hacía en la familia sin su visto bueno y cualquier gasto salía directamente de la bolsita de tela que guardaba entre sus pechos, enormes y albinos. 

Por descontado, en el vecindario hacía tiempo que la veían ve- nir. Era tema de conversación preferente que la intención del ama de llaves pasaba por convertirse cuanto antes en la segunda esposa de Francisco Calabuig. La hija de este, entretanto, sabiéndose centro del universo, se volvía cada vez más insoportable, mimada y déspota. 

Rosa Grau se paró unos instantes, dejó las bolsas en el suelo y resopló. La señorita Eli volvió a colocar los brazos sobre la cadera mientras golpeaba el suelo con el pie. Una mostraba los ojos húme- dos; a la otra, dolorosamente, se le marcaba en la carne de los bra- zos, las asas de las cestas. Empate. 

La menor de las pequeñas sudaba a pesar de la baja temperatura invernal. Cambió el queso manchego de canastilla para compensar el peso antes de reanudar la marcha. Cuando salieron a la Gran Vía agradeció el aire frío y húmedo que llegaba desde el mar y se llenó los pulmones de olor a salitre. 

—¡Por fin! Gran Vía Buenaventura Durruti —gritó Rosa, orgullo- sa, por el simple hecho de jorobar a Elisenda. El cambio de nombre de algunas de las calles de Valencia que había decretado la autoridad republicana sacaba de quicio a don Francisco y, por extensión, a la insulsa de su hija. 

Elisenda volvió a bufar, pero continuó con la mirada altiva y re- dobló esfuerzos por contonear un trasero que aún no tenía. Porque, para rematar su personalidad enrevesada, era extremadamente co- 

[15] 

queta. Se probaba la ropa una y otra vez, pasaba horas frente al espe- jo de su habitación y por la calle sus ademanes resultaban tan exage- rados que daba la sensación de columpiarse, en vez de caminar. Solo conseguía hacer el ridículo, ya que sus aires de dama provocaban la hilaridad a lo largo de las calles del centro, y la pánfila de doña Anto- nia, tanto monta, monta tanto, era incapaz de corregirla. 

—¡Vamos a llegar tarde! —repitió Eli, queriendo imitar la voz de mando del ama de llaves. 
—¡Pues mira qué bien! 

Dejaron pasar un tranvía y cruzaron la calzada. Continuaron por la mediana de la avenida. El viento del este mecía la hojarasca de los árboles, tan frondosos que parecía que por allí el invierno hu- biera pasado de largo. Rosa alzó la mirada y un rayo de sol proyectó decenas de puntos de luz en su retina. Durante unas milésimas de segundo agradeció la tibieza de ese calor en el rostro. Un espacio de tiempo imperceptible en el que la vida volvía a la normalidad, ella iba a la escuela, su padre se levantaba cada mañana para ir al traba- jo, comía todos los días, jugaba con su hermano Alberto y la guerra era, simplemente, una más de esas noticias extrañas que escuchaba a diario en el noticiero de la radio. 

Esquivando otro tranvía, alcanzaron la acera opuesta de la Gran Vía. Sin perder en ningún momento la alineación de señora y criada, alcanzaron Conde de Salvatierra en el mismo momento que las sire- nas antiaéreas rompían el cielo de Valencia y un escalofrío de terror recorría a sus habitantes. 

Pepa España

Promotora cultural

Angels Fortune [Editions]

Pepa España Fernández

Se puede decir que nací con un libro debajo del brazo para gran sorpresa de mis familiares: en una casa donde nadie leía por afición, ni se recordaba ningún antepasado que lo hiciera, yo empecé a hacerlo a una edad muy temprana y no he parado desde entonces.

Mucho es lo que he leído y, gracias al universo, mucho es lo que me falta por leer.

Aunque empecé los estudios de Historia del Arte, me licencié en Humanidades, mientras realizaba colaboraciones con radios, fanzines, revistas, blogs, webs y lo que hiciera falta.

A Isabel la conocí en la escuela, hace ya unos añitos, y fue un auténtico placer reencontrarnos bajo las alas de Angels Fortune [Editions]. Desde aquí, intento encontrar lectores para nuestros escritores, colaborar en lo que puedo y animar a los que ya escriben tanto como a los que quieren comenzar a hacerlo.

© 2017 by www.hildafusion.com   

  • Facebook - Grey Circle
  • Instagram - Grey Circle
  • Twitter - Grey Circle
  • YouTube - Grey Circle