La fuente del saber

Algunas personas viven sedientas de saber, viven llenas de preguntas creando interrogantes uno tras otro. Algunas personas viven con cierto dolor de agujetas en el alma subiendo la escalera de las dudas, la escalera de los secretos que guardan la vida y el universo, lo visible y lo invisible. Algunas personas se atreven a entrar en su laberinto, ese que discurre bajo los castillos de la fortaleza y del valor, de las máscaras y de los títulos. 

Algunas personas encuentran respuestas, que son puertas a otras preguntas y valientes, saben que están bebiendo de la fuente del saber. Una vez encuentras el saber, sabes que podría ser que no sea cierto lo que sabes. Sabes que sabes, y por ello, sabes que no sabes.

El saber es fuente. Como fuente, cuando el saber fluye, es muy posible que llegue a otros, que germine, alimente y crezca en otros. 

Me han criticado muchas veces: «Nuria, enseñas mucho, guárdate algo». Y yo digo «¿Para qué? ¿Para «cascarla» en algún momento o que me pase algo y todo se quede guardado o perdido en mis notas o en mis circuitos neuronales ya aturdidos?». 

Ciertamente el conocimiento es poder, la información es poder. 

Saber otorga poder. Por desgracia, la palabra «poder» se asocia con esa acepción negativa y externa de opresión, manipulación, intimidación, impedimento, alienación y limitación en aspectos físicos, mentales, emocionales, sociales e incluso espirituales. Ese huracán que todo lo arrasa, absorbiendo sin miramiento alguno, con un fin interesado y egoísta.

Sin embargo, el poder tiene otra cara, la positiva, quizá más interior y relacionada con la comprensión, la empatía, el carisma, la influencia suave como la brisa que acomoda sin molestar, con la alineación y la multiplicación de esfuerzos por un bien mayor repartiendo y enriqueciendo el entorno, el amor, la alegría y la inspiración. Es ese poder sencillo y blando que ofrece la lucidez y la alegría de sentirse vivo y mínimamente ordenado en el caos de tanta entropía. Saber otorga ese poder que más bien es oportunidad: poder compartir.

Con uno de mis mentores, mi profesor de Bioquímica Especial, durante los últimos años de mi primera carrera, solía hablar con frecuencia, mientras señalábamos a las estanterías repletas de libros, revistas científicas y tesis doctorales, de que «el saber», si se guarda (literalmente bajo llave en vitrinas) como si pudiera salvarte de algo en el final de tus días... se queda ahí, sólo para ti, para tus herederos o para admiración y deseo oculto de tus colegas. Y quizá... 30 a 40 años después, salga a la luz... ¿Quién sabe?

Recuerdo que aquella conversación venía al hilo de preguntar por qué se tarda tanto en avanzar en el conocimiento y en la aplicación de ciertas ideas. Eran otros tiempos... Pero, aunque se pueda pensar que la red nos facilita todo, no es tan sencillo como parece.

Respetar el saber, respetar las fuentes, respetar la obra.

No pretendo poner en duda que el conocimiento desarrollado por alguien merece respeto y reconocimiento, al contrario. De hecho, para ello están las patentes y la protección de la propiedad intelectual, industrial, etc., que protegen la investigación, el trabajo arduo y ofrecen un beneficio a quien ha desarrollado bien un avance, nuevas ideas, un descubrimiento, un proceso, una técnica o un producto. De nuevo, la existencia de internet y la disponibilidad casi inmediata de casi todo, nos hace olvidar que nos gustaría que respetaran nuestro trabajo y nuestra obra, ¿cierto? Pues seamos consecuentes y no robemos el trabajo de los demás. Las «fuentes», se citan, el trabajo se respeta.

Volvamos a la aparentemente ilimitada disponibilidad de conocimiento y de datos.

Si aprender y avanzar fuera tan sencillo, no habría más que ir a una biblioteca o enchufarnos a internet y esperar a que los datos se convirtieran en conocimiento por infusión o sólo por mirar o escuchar, es decir, de forma pasiva. Pero no... Los datos acumulados, sin un orden o una relación no son más que datos. Aprender o formarse, requiere ordenar, estructurar, requieren acción por nuestra parte. 

La labor de compilación y recopilación de información sobre un tema que estemos estudiando o aprendiendo, requiere manejar un gran número de datos, contrastar, comprender, comparar, asimilar, valorar, juzgar, criticar y, llegado un momento, hacer tuyos todos los datos y, como si de un mecano se tratara, llegar a construir algo con forma, de ahí, la «formación». 

«Cuatro ojos ven más que dos». 

Éste es un refrán muy sencillo que nos indica que la colaboración enriquece. 

En el proceso de aprendizaje y de investigación en cualquier área de la vida y de la ciencia, llega un momento en que la persona se plantea qué hacer con lo que descubre o aprende. Si tiene una aplicación en la vida diaria o personal, estará creciendo como ser humano. Si, además, puede aportar su experiencia a otros, estará fomentando que crezca la humanidad.

Hacer el camino y crear camino es casi lo mismo, pero no. El camino lo podemos hacer solos o acompañados, o podemos dejar nuestro mapa del camino por si a alguien le viene bien en algún momento.

Compartir con otros lo que vamos aprendiendo es la mejor manera de seguir aprendiendo. Al compartir, los puntos de vista de otros, las preguntas de otros, fomentan un avance en quien enseña o comparte.

Me gusta aprender, por ello, enseño, escribo y comparto.

Dra. Nuria Lorite Ayán
www.nurialoriteayan.com
Directora del podcast La Vida Biloba www.lavidabiloba.com
Fundadora de la Escuela Biloba www.biloba.es

Dra. Nuria Lorite Ayán

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