La búsqueda de Jade por la Dra. Nuria Lorite Ayán©

Pertenecer

A veces nos sentimos tan solos, tan perdidos… Hay momentos en la vida en que se hace insoportable que el reflejo del espejo de los demás, o de alguien, solo alguien, no devuelva ninguna imagen. No existimos. No encontramos como niños pequeños cuyo único sentido funcional parece ser la vista y si no ve a su madre, aunque la escuche, aunque la huela, siente que ha sido abandonado a su suerte, abandonado a los depredadores y sin conocer la existencia siquiera de alarma alguna, algo en su cerebro dice que morirá. Sin el cuidado de otros cuando somos bebés o cuando somos adultos desvalidos dependemos del reconocimiento de otros. Dependemos del amor, por mínimo que sea, de la compasión. Dependemos de que alguien nos alimente, nos arrope, nos llame por nuestro nombre, nos toque suavemente.


Simón no sentía que existiera, a temporadas, toda su vida se basaba en despertarse y afrontar las horas hasta que agotado volviera a dormir. Quería dormir eternamente, para no sufrir más de inanición emocional. Simón no sabía si fue un hijo deseado, no lo tuvo nunca claro. La persona que creía que estaría incondicionalmente, su madre, tenía un problema con los hombres y a él, el único hijo varón, le separó afectivamente de su vida a temprana edad. Su padre, era un hombre muy frío y distante. Sólo se escuchó alguna palabra mínimamente afectiva hacia su hijo cuando ya era tarde y Simón no lo podía escuchar, en aquel teatro que montó de padre dolido. A la espera de que su padre le dijera alguna vez en su vida que lo quería, Simón no veía las señales. 


Simón se dedicó a buscar que lo quisieran tan solo por existir. Había otras personas que sí lo querían. Pero él provocaba situaciones difíciles. Se comportaba como un niño rebelde, que hacía travesuras para ser perdonado y en ese gesto del perdón y del abrazo reconciliador, sentirse vivo.


Y así Simón, buscaba y buscaba pertenecer a alguien. Él contaba que había conocido de adolescente todos los burdeles de su zona, algo que siempre sorprendió. Pero a juzgar por las conversaciones con sus hermanos de armas, podría ser verdad. Sus artes seductoras y su capacidad actoral de crear lazos basados en la pena y en la dificultad eran impresionantes y eficaces. Su mente brillante, su conocimiento y habilidades se mezclaban con un primitivismo propio de la inmadurez. Sin darse cuenta se convirtió en una persona que dañaba a quien mejor le trataba.


Él quería el mundo, lo quería todo y ya. Tan inmenso era su vacío que era imposible que se llenara, tragaba y tragaba como un agujero negro, absorbiendo y haciendo desaparecer cualquier luz o recurso que se acercara.


Simón se involucró en muchos grupos exóticos y esotéricos, deportivos e intelectuales, familias postizas, casas ajenas, con tal de ser especial en algo. Según contaba, cada relación sentimental acababa de la misma forma caprichosa: conocía a otra, durante un tiempo simultaneaba dos o tres relaciones y luego, enamorado hasta los huesos de esas mujeres y de sí mismo, no sabía qué decisión tomar. Porque llegaba un punto en que debía tomar una decisión porque todo saltaba por los aires. 


Casi siempre eran ellas las que decidían, en cuyo caso se iniciaba una danza de reclamos y de llamadas, hacia la persona que lo había dejado, cuando lo cierto es que él había traicionado las bases de la relación. Pero nunca fue más allá. Lo cierto es que Simón comía de las manos de quien peor lo tratara alimentando y repitiendo la pérdida y el abandono cuando era niño.


Encontró una persona muy afín intelectualmente a él, alguien que veía en su corazón, más allá de la historia terrible de su vida que él contaba. La conexión entre ambos era impresionante, parecía de otro mundo. Eso lo asustaba. Alguien veía lo que él no veía: no era altivo, era un niño asustado, abandonado que sólo buscaba que su padre le dijera que lo amaba y su madre lo abrazara. Alguien veía lo que él era capaz de dar, el maravilloso cambio que podía ejercer en los demás, el amor inmenso que podía ofrecer que ocasionalmente fluía por las rendijas que dejaba su necesidad.


Simón siguió su ciclo sin reparar en aquella persona y lo que suponía de conocimiento para él. Esa persona estaba orbitando en su vida como un ancla al que se agarraba buscando guía en los momentos duros, incluso aunque no se vieran, como espíritus conectados desde siempre, la información fluía, sin palabras.


Se esforzaba tanto, ¡pero tanto! por ser reconocido por quien no tenía ningún atisbo de ir a hacerlo, y de pertenecer a una familia que nunca existió, que se perdió a sí mismo. Perdió a sus amigos, a aquellos que sí le querían. No de dio cuenta de que él ya pertenecía a alguien. Él pertenecía a la vida, al universo, a los ciclos y que con su experiencia vital era un ejemplo en que otros se miraban si bien desconocían que había detrás de aquella profunda mirada y sonrisa cautivadora.


Simón se miraba en los espejos rotos de un padre y de una madre que nunca devolverían una imagen calmada, nítida, limpia, sincera. Buscaba espejos amorosos. Decidió no volver a mencionar a sus progenitores, sus últimos amigos no sabían que existían. Sólo estaban en un rincón de la mente de Simón y en unas cartas subidas en la nuba.


Se dio cuenta de que había perdido mucho por no parar aquella rueda infernal y por no recibir la ayuda que tanto necesitaba para poder amar de verdad, reconocerse y asirse a su corazón. Cada tropiezo tenía peores consecuencias. Los tratamientos no funcionaban, las consultas de diez minutos cada tres meses no ayudaban a recomponer toda una vida y tiró la toalla.


Simón, un día, vio su imagen en un espejo recién destrozado por su mala cabeza, una vez más. Cada trozo y minúscula esquirla de aquel espejo, antes repleto de amor y juventud, ahora le devolvían poco más de 40 años de vida y de errores que se le hacían insalvables, insoportable. Temía lo peor. Su cabeza se enfocó, su corazón se heló, y tomó una decisión.


Un ataúd que no se podía abrir era todo lo que quedaba de su existencia. Ataúd que ni siquiera era lo que él hubiera querido. Un padre y una madre, que hacía décadas no se veían, lloraron por unas dos horas su propia ineptitud.
Durante los días posteriores, las personas que habían estado en su vida hicieron memoria para conservar las imágenes que ya no podía recuperar pues la policía borró la cuenta de Facebook de Simón. Una persona parece que lamentó las consecuencias de poner una denuncia sin pensar, en un momento de furia. Pocos muy pocos conocían el origen de aquella decisión.


Y podría contaros más aventuras y desventuras de Simón, una mente brillante, un corazón grande, bueno y atormentado. 

Dra. Nuria Lorite Ayán

- Fundadora de Biloba: formación, cuidado, asesoría. 
- Directora del podcast La Vida Biloba.
- Creadora de Master Life productos naturales 
- Académica de AICTEH y Academia Costantiniana Artes, Ciencias y Letras.
- Catedrática - Consejo Rector Bircham International University
- Contacto desde
www.biloba.es

Dra. Nuria Lorite Ayán

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