Alba  Oliva   

Alba Oliva nace un 13 de mayo en Córdoba, España, y desde temprana edad siente una gran atracción por el dibujo y la pintura, lo que la lleva a estudiar Bellas Artes en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos “Mateo Inurria”. Adquirió dos diplomaturas en Magisterio: Educación Primaria y Educacional Musical por la Universidad de Córdoba, llevada por su pasión a la música; actualmente cuenta con una experiencia como pianista y compositora de más de veinte años. Comienza a escribir con once años: novela, guion cinematográfico, así como de teatro y series de televisión. Cursó estudios de artes escénicas en la Escuela Superior de Arte Dramático de Córdoba. Formación que le permitió escribir, dirigir y protagonizar varios cortometrajes, para los cuales compuso la banda sonora. 

EL HOMBRE SIN TIEMPO (PRIMERA PARTE)

Al no disponer de tiempo, su ser disponía de todo él. En un principio le costó entenderlo. Cuando era pequeño sus incansables juegos con la pelota no se acababan cuando sus padres le avisaban a la hora de realizar los deberes. En aquel instante Jaime decía:

-Un momento.

Y los segundos, minutos y horas se dilataban tanto como él deseaba, todo lo cuanto le apetecía, hasta saciar su energía. Veía pasar el mismo coche una y otra vez, a la misma vecina dirigiéndose hacia su casa con el carrito de la compra innumerables veces, la misma bandada de vencejos sobrevolando repetidamente los árboles del parque exactamente con el mismo movimiento en conjunto, el mismo padre regañando al mismo hijo con las mismas palabras pasando a unos metros de él reiteradas veces. 

Un bucle temporal que ocurría sin más. Exhausto de jugar al balón, entraba en casa y se disponía a obedecer a sus padres.

Lo mismo ocurría por la mañana. Odiaba madrugar y se quedaba en cama haciendo caso omiso al despertador y a su madre. Entonces el mismo rayo de luz irrumpía una y otra vez entre la pequeña abertura de las cortinas: el sol comenzaba su repetitivo ciclo de salir para volver a salir nuevamente. El despertador sonaba una y otra vez a la misma hora, su madre le llamaba con las mismas palabras tras la puerta de la habitación. Y ya bien descansado e incluso harto de estar en la cama se incorporaba, y el ritmo de todo seguía hacia delante de nuevo para no repetirse.

Ya en la pubertad supo con certeza que ese “desorden” temporal era algo insólito que no le convenía contar, no podía demostrarlo y para nada iba a consentir que le tomaran por loco. Dado que siempre le había acompañado esta forma atemporal de vivir, en cierto modo lo sentía y vivía como algo natural, «cosas que pasan», pensaba y concluía sin más.

Había anécdotas graciosas, sobre todo para él. Cuando un compañero de clase se caía aparatosamente en el recreo revivía ese momento una y otra y otra vez. O cuando montaba en la montaña rusa del parque de atracciones; los viajes duraban horas…

Pronto se dio cuenta de lo que implicaba vivir sin tiempo. Siempre creyó que todo era diversión, una vida más fácil porque tenía una eternidad para estudiar, lo que hacía que sus calificaciones fueran siempre buenísimas y porque descansaba todo el rato que precisara… Al no tener tiempo y disponer de todo él ocurría lo siguiente, algo que siempre pasó a inadvertido: los bucles temporales en los que todo giraba cíclicamente una y otra vez, para el resto del mundo simplemente eran repeticiones del mismo lapso de tiempo y nada ni nadie era consciente de ello, solamente Jaime.  A los veinte años ya tenía el cabello blanco, unas prominentes arrugas y severas manchas en la piel, los huesos débiles…, un aspecto de anciano. Esto era así porque para Jaime no existía el concepto de tiempo en su ser, en su naturaleza, pero sí para su cuerpo; su fisiología sí que lo vivía. Las interminables horas durmiendo por la mañana para no madrugar no se sumaban para nada ni nadie porque todo se reducía a un bucle temporal, pero para el cuerpo del joven sí que se sumaban, sí que contaban. 

De manera que sumando todas las horas en las que Jaime decidía  seguir en su inexistente línea temporal saboreando el momento que le apetecía repetir o prolongar, daban un resultado de años y años que repercutían en su biología. Que su ser no tuviera tiempo no significaba que su cuerpo tampoco lo tuviera. Su consciencia era atemporal, su anatomía en cambio respondía al tiempo como cualquier otra persona, animal, planta o cosa.

Realmente a sus vente años se dio cuenta de que se había quedado sin tiempo, literalmente carecía de él, le quedaba muy poco. Además se había acostumbrado a vivir así, le era imposible sacar sus estudios adelante, soportar el trascurso del día sin desprenderse de lo temporal, sumergiendo a todo en esos bucles. Era su forma de vida, sabía que no debía hacerlo o moriría antes de los veinticinco años. 

Sus padres alarmados lo llevaron a multitud de médicos. Él simulaba no saber qué le ocurría. Todos los doctores concluían en que se trataba de una enfermedad rara y degenerativa que derivaba en una vejez prematura. No había diagnóstico.

Era tarde para enamorarse, las chicas de su edad no se fijarían en un anciano, además no tenía la ventaja de ser un viejo millonario porque todavía no había acabado la carrera ni tenía trabajo. Se le había ido el tiempo del amor, jamás sentiría el cariño de una pareja.

-Debo quedarme en una misma situación para siempre –pensó-. Debo quedarme haciendo siempre lo que más me guste para que mi cuerpo envejezca hasta que muera, pero mi consciencia siga en esa repetición, así seré inmortal. Mi consciencia se quedará en ese bucle –atisbó. 

No permaneció mucho en este pensamiento.

-¿Pero qué estoy diciendo? –se preguntó-. ¿Cómo puedo ser tan egoísta y ruin? ¡Dejar a todo anclado en una rueda de hámster para que mi consciencia sea eterna en una actividad concreta! No Jaime, no vas a hacer eso –se dijo en voz alta, en la soledad de su habitación, mientras el sol se escondía tras las casas y los árboles del vecindario.

De manera que sumando todas las horas en las que Jaime decidía  seguir en su inexistente línea temporal saboreando el momento que le apetecía repetir o prolongar, daban un resultado de años y años que repercutían en su biología. Que su ser no tuviera tiempo no significaba que su cuerpo tampoco lo tuviera. Su consciencia era atemporal, su anatomía en cambio respondía al tiempo como cualquier otra persona, animal, planta o cosa.

»Lo que vas a hacer es seguir adelante, ya no tienes tiempo; en realidad nunca lo has tenido. No ha habido ventajas para ti, ¿para qué quieres tus sobresalientes y matrículas de honor si eres un viejo que morirá pronto? ¿Era algo bueno disfrutar eternamente de un momento concreto? No, determinantemente nada de eso eran ventajas, era una línea de tiempo perdida en mí y que ahora me lleva a tener el doble de edad de mis madres, el triple que mis amigos. Nunca he tenido tiempo. ¡Yo, que presumía de tener todo el del mundo¡ ¡Yo que me reía y me sentía superior a los demás! ¡Teoría de la relatividad! –gritó- ¡Toda la relatividad se ríe de mí, de mi egoísmo, de mi ignorancia!

»Ya no más bucles, ya no eternizar ni un momento más. Sólo me quedan unos años, muy pocos, para disfrutar de mis padres, de mi familia, mis amigos. Voy a disfrutar cada instante, saborearlo, esa es la gracia: que cada instante sea único. Eso es lo que he aprendido. Al menos me llevo esa grandeza. 

»Valoraré a la buena gente y pasaré todo el tiempo que pueda con ella. No perderé ni un solo segundo con gente déspota, envidiosa, mala, carente de humildad y generosidad. Sólo me queda ahorrar ese tiempo que no tengo. Qué raro es saber que te vas a morir pronto  –se dijo mirándose al espejo, sin apenas pelo ni brillo en sus ojos-.

»Al fin y al cabo yo he vivido algo insólito, como un milagro, aunque con su lado negativo. Y lo que he vivido debe haber venido de algo o alguien que genera hechos así y los lanza al universo para recaigan sobre un elegido. He sido testigo de cómo se rompe el orden de las cosas, lo he vivido. Así que estoy seguro de que me espera algo después de esta vida. Quizás todo esto me haya servido para aprender.

De manera que sumando todas las horas en las que Jaime decidía  seguir en su inexistente línea temporal saboreando el momento que le apetecía repetir o prolongar, daban un resultado de años y años que repercutían en su biología. Que su ser no tuviera tiempo no significaba que su cuerpo tampoco lo tuviera. Su consciencia era atemporal, su anatomía en cambio respondía al tiempo como cualquier otra persona, animal, planta o cosa.

Jaime, instantes antes de morir, no sólo estuvo completamente seguro de ese más allá por haber vivido algo único y milagroso, si no que aprendió que el instante irrepetible es mucho más valioso que toda una eternidad.

-El instante único e irrepetible es infinitamente más valioso que toda una eternidad.

Estas fueron sus últimas palabras mientras miraba con todo el amor del universo a sus seres queridos. Pero una fracción de segundo antes de que su corazón se parase para siempre, decidió hacer algo. Y algo sucedió…

Alba  Oliva

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