Alba  Oliva   

Alba Oliva nace un 13 de mayo en Córdoba, España, y desde temprana edad siente una gran atracción por el dibujo y la pintura, lo que la lleva a estudiar Bellas Artes en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos “Mateo Inurria”. Adquirió dos diplomaturas en Magisterio: Educación Primaria y Educacional Musical por la Universidad de Córdoba, llevada por su pasión a la música; actualmente cuenta con una experiencia como pianista y compositora de más de veinte años. Comienza a escribir con once años: novela, guion cinematográfico, así como de teatro y series de televisión. Cursó estudios de artes escénicas en la Escuela Superior de Arte Dramático de Córdoba. Formación que le permitió escribir, dirigir y protagonizar varios cortometrajes, para los cuales compuso la banda sonora. 

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EL HOMBRE SIN TIEMPO (3ª PARTE)

Reencarnado en Brigitte, no recordaba nada de su anterior vida. Sólo tenía en mente la decisión de viajar o no al planeta Alfitte. Su familia la desanimaba constantemente, no querían perderla por un fallo de la nave, por los efectos aún desconocidos de la radiación interestelar o por un error de dirección hacia el agujero de gusano encargado de plegar el espacio tiempo. Sus hijos era el asunto  más difícil de superar. No verlos durante un año era realmente duro.

Tuvo un sueño. Soñó con un hombre de rostro amable y apacible. Su sonrisa era sincera; evocaba la inocencia de un jovenzuelo al mismo tiempo que reflejaba lo más entrañable de un anciano.  Este hombre la cogía de la mano y le señalaba las estrellas. Brigitte sólo podía observar el cielo brillante y nítido. Al cabo de un rato ambos se miraron. A ella aquel hombre le resultaba intensamente familiar. 

Despertó. Recordaba el rostro de aquella persona de su sueño lúcido. Lo conocía, y lo extraño es que no sabía quién era. Tumbada aún en la cama sintió en su pecho una sensación tremendamente nueva y altamente extrasensorial. «Tengo que viajar allí, por la humanidad, por nuestros vecinos del universo», pensó Brigitte.

Según las comunicaciones con los habitantes de Alfitte, su atmósfera era perfectamente respirable para los humanos, aun así llevaría oxígeno suficiente para una semana repartido en varias bombonas. La nave contaba con un sistema de seguridad para regresar automáticamente si algún problema lo requiriese necesario. El funcionamiento de la misma se basaba en sistemas de antimateria y anti gravedad.

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Tras las lágrimas por la despedida de todos sus seres queridos, dentro de la nave, Brigitte estaba preparada. Escuchó las últimas palabras de un ser humano durante los próximos 365 días terrestres: tres, dos, uno… Los días lejos de la Tierra estarían indicados por un reloj de pulsera y otro dentro del habitáculo que sería su morada durante aquella aventura. La nave era  grande para dar un pequeño paseo con gravedad cero una vez sobrepasada la atmósfera terrestre, pero pequeña para el viaje de un mes que le esperaba. 

Notó la entrada al agujero de gusano por la aceleración del vehículo interestelar. A través de la pequeña ventana podían verse ráfagas de luces, como relámpagos deslumbrantes. Minutos después, observó algo parecido a miles de estrellas fugaces formando un túnel. De pronto se encontró frente a un sol rojizo, lejano, iluminando un planeta de exuberantes colores entre los que predominaban el rojo anaranjado y el violeta. 

La nave aterrizó. Brigitte suspiró con los ojos cerrados. Se abrió la escotilla automáticamente. La mujer salió provista de su traje de astronauta, su casco de material trasparente y su bombona de oxígeno en la espalda. Fuera, la recibieron miles de seres de color azul violáceo muy claro y brillante. Sus pieles desnudas mostraban reflejos plateados muy hermosos. Sus rostros eran angulosos, con prominentes ojos grises algo más grandes que los de los humanos. Se acercaron. Tocaron su casco. Uno de ellos la abrazó. Después otro, y otro, y otro… De nuevo ese vuelco al corazón. La sensación que ya tuvo aquel día al despertar. «Sé que puedo quitármelo, lo sé», pensó Brigitte. Se despojó del casco y respiró el aire más puro que jamás había inhalado. 

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A los seis meses ya habían aprendido a comunicarse. Eran seres muy inteligentes con tecnología menos avanzada que la nuestra, pero muy superiores a nivel emocional y espiritual. Tanto, que enseñaron a Brigitte un lenguaje basado en los abrazos, las caricias, la unión de sus frentes y la telepatía sutil que aquellos contactos generaban. Seres de una sola  pareja. No existía la enfermedad. La muerte era sabida y esperada. En algunas ocasiones, su tremenda sensibilidad les permitía comunicarse mediante señales con sus seres queridos que vivían en el más allá. Cuando esto ocurría, lo celebraban con hermosa música que cantaban en coro de manera celestial. Brigitte, testigo de todo ello, agradecía al Universo semejante oportunidad de ver todo desde una perspectiva diferente donde lo espiritual era más científico que la propia ciencia.

La forma de caminar de estos seres intercalaba las pisadas firmes sobre un cuerpo erguido y delgado con otros momentos en los que se desplazaban en cuadrupedia, sirviéndose de sus largos brazos para apoyarse en el suelo. 

El paisaje era precioso. El cielo y las aguas del planeta rojizos, la vegetación de un tono violeta maravilloso. La mayoría de los árboles tenían el tronco color índigo, que se intercalaban con otros de color carmesí.

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Brigitte pasaba la mayor parte del tiempo con el habitante de ese planeta que transcurrido el año volvería con ella a la Tierra. Ambos entablaron una amistad y conexión como ella nunca la había llegado a conseguir con ningún habitante terrestre probablemente por las emociones que afloraban constantemente en Alfitte. Hasta la Naturaleza transmitía abstractos mensajes que incluso la foránea mujer podía sentir aunque no descifrar. Los Alfitterianos sí que entendían de alguna manera a sus plantas, a sus animales —todos ellos de color pastel, ya que el pelo no existía en ese planeta—. Sabían cuando agradecían, cuando darían sus frutos, cuando necesitaban amor, agua… Aquellos seres se nutrían del alimento que había en las aguas de los ríos y mares; de las hojas de algunas plantas y árboles. Incluso Brigitte.

A los nueve meses ocurrió algo inesperado para la exploradora interplanetaria. Su piel se había vuelto mucho más reluciente, su vitalidad se había multiplicado, su pelo relucía con un brillo muy hermoso. Pero esto no fue lo que ha Brigitte la removió por dentro. Su compañero de viaje de vuelta a la tierra se había convertido en su mejor amigo. Le enseñó mucho más que ella a él. Un hermoso día —allí los días eran parecidos a eternas puestas de sol de la Tierra— la mujer observó a su compañero mientras interactuaba con su pareja, una bella criatura esbelta y de mirada angelical. Ya no los veía de aspecto raro como al principio, ahora los encontraba realmente exultantes de belleza y elegancia en sus movimientos. La humana sintió celos al ver a su amigo acariciando a su pareja. «¿Cómo? ¡No Brigitte no! es sólo una reacción ante la falta de interacción con seres de tu especie. ¡No. No lo es! ¡No puede ser!» pensaba la mujer. Empezó a sentir amor hacia el habitante de Alfitte. 

Transcurrió el año terrestre. Estaba preparada para el regreso a la Tierra. Él estaba listo para el viaje y el encuentro con el resto de la especie humana. Ella le había advertido que en su planeta no había esa paz plena e imperante de Alfitte; le preparó para que su alta empatía y sensibilidad resistiera ciertos acontecimientos y comportamientos de los seres humanos. Le tranquilizó haciéndole saber que estaba protegido por las nuevas leyes que le amparaban por la raza humana ante la llegada de un alienígena.

Tras la despedida de Alfitte por parte de la valiente astronauta y el ser iluminado, comenzaría la siguiente parte del contacto entre seres de distintos planetas. La nave regresaba rumbo a la Tierra…

Alba  Oliva

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