Alba  Oliva   

Alba Oliva nace un 13 de mayo en Córdoba, España, y desde temprana edad siente una gran atracción por el dibujo y la pintura, lo que la lleva a estudiar Bellas Artes en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos “Mateo Inurria”. Adquirió dos diplomaturas en Magisterio: Educación Primaria y Educacional Musical por la Universidad de Córdoba, llevada por su pasión a la música; actualmente cuenta con una experiencia como pianista y compositora de más de veinte años. Comienza a escribir con once años: novela, guion cinematográfico, así como de teatro y series de televisión. Cursó estudios de artes escénicas en la Escuela Superior de Arte Dramático de Córdoba. Formación que le permitió escribir, dirigir y protagonizar varios cortometrajes, para los cuales compuso la banda sonora. 

EL PAISAJE PERFECTO

Laura y Luis deseaban celebrar su sexto aniversario como pareja en un lugar maravilloso. Amantes de la naturaleza deseaban visitar un enigmático lugar selvático en su caravana, que tanto esfuerzo les había costado conseguir. 

Madrugaron con toda la ilusión para partir bien temprano. Al salir a la calle cargados con sus maletas la ciudad dormía. Una vez dentro del vehículo repasaron mentalmente todos los enseres necesarios para tan largo viaje. Se dieron un apasionado beso en los labios; iban a cumplir uno de sus sueños. 

Condujeron por la ciudad hasta llegar al viaducto que llevaba a la autovía. Desde allí arriba divisaron una preciosa vista del skayline de su ciudad. El alba recortaba los edificios; sus siluetas oscuras, el brillo  de las farolas y semáforos, así como Venus dando la bienvenida al nuevo día brindaban todo un regalo para los viajeros. Quedaron encantados con aquella romántica visión.

Poco después ya estaban envueltos por la inmensa llanura expandiéndose a ambos lados de la carretera. No había nada en aquel paraje desolado, y sin embargo contaba con todos los ingredientes para dibujar una maravilla incomparable: el amanecer, con el sol suave pero imponente, rojo intenso, bañando la tierra libre y abierta. Alguna nube leve y lejana se dejaba pintar de colores rosados por nuestro astro rey. Era un paisaje dorado.

-Precioso -dijo Laura con sus ojos perdidos tras el cristal.

-Esto no es nada cariño para lo que nos espera. Vamos a ver maravillas –apostilló Luis.

Habían idealizado su añorado viaje a la selva. Y no era para menos: vegetación exuberante, exótica, el verdor en estado puro…

Tardarían más de un día en llegar, así que pasarían la noche en su cómoda autocaravana, donde no faltaba detalle.

Un atardecer solemne, de nubes muy rojas, cielo violeta en varios tonos oscuros y más claros, casi lila. Los tonos cálidos y fríos se estremecían arriba. Y todavía los tonos verdes de los álamos y olmos se dejaba saborear. El sol se ponía frente a ellos en un kilómetro perdido.

Hacía calor a pesar de  ser más de la una de la madrugada. Salieron a tomar una cerveza sentados en sus sillas playeras. Se encontraban en un área de descanso cualquiera, pero al mirar arriba todo cambiaba. En la negrura de la noche y prácticamente en mitad de la nada, las estrellas tintineaban, brillaba nítidas. Laura alzaba la mano porque tenía la impresión de ser capaz de tocarlas. Todo el cielo cubierto de astros. Sin contaminación lumínica, con luna nueva. Una noche limpia, un cielo impecable que mostraba una Vía Láctea grandiosa. 

-Qué maravilla –dijo Laura.

-No más que tú –añadió su queridísimo novio.

Se besaron, planearon todo lo que harían cuando llegaran a la selva, imaginaron cómo sería su guía, se preguntaron si se comunicarían bien con él, se ilusionaron con el viaje en burro.

Despertaron temprano. Al poco atravesaron las fronteras naturales de su país: unas montañas enormes regadas por riachuelos de cristal entre arboledas perfectas y reflejos implacables. Praderas donde pastaban bellísimos caballos en la falda de la cordillera. Flores de todos los colores posibles para el ojo humano…Y siguieron viajando.

Continuaron hasta pasar por un inmenso lago, unos patos surcaban las aguas dejando sutiles ondas plateadas. El sol del mediodía lo hacía todo nítido. Un castillo al fondo parecía confluir con el paisaje, su  arte evocaba lo natural, como lo eran el resto de elementos del paisaje. Como si hubiese surgido como lo hacen los macizos que le rodeaban, como si sus bellas formas hubieran sido esculpidas por obra y arte de la erosión del viento y la lluvia y no por las manos de personas. Bellísimo.

Quedaba poco para llegar. Sólo unos kilómetros. Comenzaban a estar nerviosos por sus múltiples y altísimas expectativas.

Llegaron, contentísimos. Los árboles, el olor, el clima…Todo era mucho más impactante de lo que habían imaginado. Se quedaron sin palabras. El guía los recibió con una sonrisa sincera, su piel tostada y sus dientes blanquísimos bajo un bigote espeso y negro. Al rato de transitar por aquella enigmática selva sintieron algo extraño, no se dijeron nada. En su mente revoloteaba aquella típica frase que dice: los árboles no te dejan ver el bosque. Aquello era nuevo, y las sensaciones que producía también. Disfrutaban. Si bien no había paisaje en sí.  Todo era tan espeso que no se veía más allá de los tres metros que los árboles y arbustos les permitían divisar. Era hermoso sí, pero no había paisaje. El skyline de su ciudad, el amanecer en la llanura, el atardecer magestuoso, el paisaje estrellado coronado por la Vía Láctea, las montañas con sus caballos y castillos, el lago, los ríos… Todo tan cercano a su ciudad era más hermoso que aquel lugar que impedía ver el cielo. Era bonito, más que maravilloso, pero no había paisaje. Pidieron a su guía subir a algún lugar alto. Subieron a una montaña por una escarpada vereda un tanto peligrosa. Montados sobre los burros, apaciguados animales acostumbrados a aquellos paseos. 

Desde arriba todo cambiaba. Las verdes montañas eran un mar esmeralda. Allí estaba el paisaje buscado. Bello, pero no más que una puesta de sol concreta e inesperada a las afueras de su ciudad. Supieron en ese preciso momento que todos los paisajes son hermosos. Se lo dijeron con la mirada. Ambos se conectaron, se sonrieron. Se apearon de los animales. En silencio se sentaron entre las plantas. Y como tantas veces lo habían hecho en casa o en el parque cercano a su bloque, cerraron los ojos y se concentraron en su respiración para realizar el viaje más intenso, el que le proporcionaba el vehículo más personal: la meditación. Viajaron a su interior, el viaje más especial y profundo.

Después no tuvieron sentimiento de frustración, sino de aceptación. Admitieron que viajar lejos es apasionante; sin embargo no más apasionante que hacerlo paseando por tu ciudad, o conduciendo a pueblo cercano; no más emocionante que meditar en el frescor del césped de cualquier jardín, grande o pequeño.

La selva, la lejanía, el trayecto largo y cargado de ilusión les enriqueció por acariciar lo distinto, la diversidad de nuestro planeta. Y sobre todo les enseñó una buena lección que les haría saborear aún más cada día todos y cada uno de los elementos que nos brindan las muchas visiones que nos despliega la vida cada día; en cualquier lugar donde te encuentres, siempre y cuando tengas la mente, la emoción y el espíritu despierto para darte cuenta de ello. Y pararte. Detenerte a mirar esa luz que baña tu ciudad cada mañana al despertar, ese cielo que puedes ver en cualquier momento desde tu azotea o desde tu ventana, o paseando. Todos los paisajes son perfectos. Los viajes no tratan de paisajes, abarcan conocimiento, aprendizajes, interacción con lo nuevo..., pero los paisajes…Todos los paisajes son perfectos.

Alba  Oliva

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