Alba  Oliva   

Alba Oliva nace un 13 de mayo en Córdoba, España, y desde temprana edad siente una gran atracción por el dibujo y la pintura, lo que la lleva a estudiar Bellas Artes en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos “Mateo Inurria”. Adquirió dos diplomaturas en Magisterio: Educación Primaria y Educacional Musical por la Universidad de Córdoba, llevada por su pasión a la música; actualmente cuenta con una experiencia como pianista y compositora de más de veinte años. Comienza a escribir con once años: novela, guion cinematográfico, así como de teatro y series de televisión. Cursó estudios de artes escénicas en la Escuela Superior de Arte Dramático de Córdoba. Formación que le permitió escribir, dirigir y protagonizar varios cortometrajes, para los cuales compuso la banda sonora. 

LA BRÚJULA

PARTE 2

Cristina regresó al punto exacto del sendero donde había tomado contacto con su yo cuántico; el portal debía estar cercano. Fue a cada árbol del lugar, rodeando los troncos, esperando que sucediera algo. Aquello no surtió efecto. Pensó que tal vez el portal se encontraba  en las alturas de las copas e ideó la manera de subir al pino más alto. Fue del todo imposible.

-¿Y si me vuelvo a dar un golpe en la cabeza? –se dijo-. Sí, creo que esa es la forma.

Buscó un buen madero con el que golpearse. No había ninguno a su alrededor. Anduvo por el sendero unas decenas de metros, absorta en su búsqueda. Encontró un buen palo, contundente. Se irguió para darse un buen trancazo en la cabeza, entornó sus ojos, apretó sus dientes. Justo en el instante antes del golpe, se giró involuntariamente, pudiendo ver el tramo de sendero que había recorrido. El verde de todas las hojas ahora presentaba un color rojizo y amarillento; había mutado en ese breve espacio de tiempo. Si miraba había atrás: el verdor del verano; si miraba hacia adelante: los ocres del otoño. 

Caminó hacía el paisaje otoñal. La temperatura había bajado, el aire era fresco y el cielo estaba encapotado, amenazando con tormenta. Truenos lejanos y olor a tierra mojada. Se perdió por ese otoño repentino. Lo curioso fue que, a pesar de avanzar hacia lo profundo de la sierra, hubo un momento en el que Cristina se dio cuenta que el sendero la llevaba hasta el punto de partida,  cerca de su coche.

Llegó al vehículo, subió y comprobó algo extraño: el ambientador no era de limón; era de frutos del bosque –aunque la marca fuera la misma-. Condujo hasta la ciudad. La gente vestía con chaquetas y rebecas, resguardándose del frío.

Belinda aparcó y se dirigió a su portal a toda prisa; sabía que algo extraño ocurría. La llave no entraba en la cerradura. Llamó a una vecina por el portero automático. Le abrió sin problema. Accedió al inmueble, entró al ascensor. En los botones podía distinguirse que había una planta más. 

Salió del ascensor, y, ansiosa, llegó a su puerta. Como era de esperar la llave de casa tampoco habría esa cerradura. Llamó al timbre, que curiosamente tenía otro tono.

Su corazón latía como si acabara de correr  los cien metros lisos con todo su esfuerzo. Ella vivía sola, ¿quién le abría en su propia casa?

Escuchó pasos tras la puerta. Alguien giró el pomo y el resbalón salió de su encajamiento. La puerta comenzó a abrirse.

Cristina contuvo su respiración con la boca abierta, esperando nerviosa e impaciente a la persona que estaba dentro de su hogar.

-Ha debido ser por entrelazamiento cuántico generado por el poder de la intención. Desde que entramos en contacto la primera vez nuestro campo electromagnético no dejó de vibrar en sintonía. Abriste el portal inconscientemente. Ya sabes: el poder de la mente.

» Pasa, pasa; estás en tu casa. 
Cristina sonrió.

Exhaló perpleja al verse a sí misma, sonriéndose:

-¡No puede creer que me hayas encontrado tan pronto! –dijo su «yo cuántico»-. ¿Cómo encontraste el portal?

-No lo sé, fue al lugar donde te encontré.

Los muebles del apartamento eran los mismos, con algunas leves diferencias. Los electrodomésticos eran más modernos. 

Tomaron asiento en el sofá. 

-Ahora estoy en tu universo –afirmó Cristina.

-Sí, relativamente cercano al tuyo.

-¿Podré volver?

-Claro, en cuanto quieras. Será  mucho más fácil, yo misma te enseñaré el portal para que accedas.

¿Cuánto tiempo puedo estar aquí?

-Puedes estar todo el tiempo que desees; pero se recomiendo estar poco tiempo, para que interfieras lo menos posible. Recuerda que existe el efecto dominó: si tiras sólo una ficha, el resto caerá: sería un caos.

De repente, Cristina escuchó algo muy raro que venía de la calle. Nunca escuchó algo así; era como un zumbido, parecido a cientos de abejas enormes dentro de una campana gigante.

-¿Qué  es eso?

-Algo que no hay en tu mundo. ¿Quieres verlo?

Cristina inspiró mientras lo pensaba.

-Sí, quiero verlo.

Su yo cuántico se levantó del sofá y le indicó que se asomara a la ventana. La joven caminó hacia la misma con inquietud y excitación. Se detuvo un instante para respirar profundo, preparándose para ver por primera vez algo que no existía en su mundo; algo que intuía no era cualquiera cosa.

Apartó las cortinas con decisión…

Alba  Oliva

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