Alba  Oliva   

Alba Oliva, nace en Córdoba el 13 de mayo de 1980.


Tras finalizar sus estudios de Bellas Artes en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Mateo Inurria (Córdoba) en el año 1998, la autora adquiere la Diplomatura en Educación Primaria así como en Educación Musical por la U.C.O. (Universidad de Córdoba, 2001). Ingresa en el Cuerpo Nacional de Policía en el año 2005 movida por una fuerte vocación, sin dejar de lado todas sus inquietudes artísticas. Es autora de la novela "El color del ritmo" (Editorial Amarante, 2018). Así mismo, ha publicado más de veinte relatos en una revista cultural con difusión en Estados Unidos, buena parte de Lationamérica y Europa.
 

Ha compaginado su profesión como agente de policía con el mundo artístico, exponiendo sus colecciones de pinturas al óleo sobre lienzo en diferentes salas, proyectando sus cortometrajes (para los que compuso su música) y, sobre todo, desarrollando la creatividad literaria.

CRUCE DE CAMINOS

Su buena amiga Geena dio a luz a los gemelos. Susan no lo pensó, hizo las maletas, pidió a su jefe una semana de vacaciones para ir a Louisiana con toda la ilusión de conocer a los pequeños. 

Su GPS dejó dio error, ella no se percató de ello. Fue al llegar a un cruce de caminos cuando cayó en la cuenta de que su teléfono móvil no funcionaba. A vista de pájaro el vehículo estaba en el centro de una cruz, tenía ante sí tres opciones. Desistió en cuanto solucionar el problema con su navegador. Pensó en echarlo a suertes, con una moneda, con tres trozos de papel enumerados… Hasta que, algo enfadada, giró hacia la derecha, simplemente para recorrer algunos kilómetros con la esperanza de que su sistema de posicionamiento recalculara la ruta y marchara óptimamente de nuevo. 

Un autoestopista con sombrero de cow boy blanco, muy sucio, hacía señas con su dedo pulgar. No pensó en la idea de parar, al aproximarse al hombre lo observó. Él le sonrió. 

Seguro que eres un loco, un psicópata asesino. Qué miedo, no te montaría ni por todo el oro del mundo.

Susan siguió comprobando el estado de su teléfono. El paisaje ofrecía zonas pantanosas que inundaban árboles con espesas ramas, un lugar sombrío.

Distraída con su celular se salió de la carretera un poco, lo suficiente como para perder el control del vehículo. Intentó por todos los medios no caer al pantano y lo consiguió, frenó bruscamente pero no pudo evitar golpearse contra un árbol cercano a la calzada.

Resultó ilesa, el accidente no fue grave; sólo lo suficiente como para dejar su coche averiado. Le horrorizó ver salir humo del capó. 

Sola, sin coche, sin teléfono. 

No puede ir a peor.

Nada más pensar esto giró la mirada y vio al autoestopista. Sintió miedo. El hombre le sonrió de la misma forma en que lo hizo mientras ella conducía. 

Me encerraré en el coche. Menuda bobada, romperá el cristal y me matará igualmente. Echaré a correr, no te engañes, ¿cuánto hace que no haces deporte? Te cogerá. ¿Y si me lanzo al pantano?, creo que será la mejor opción. Espera: culebras, caimanes, sanguijuelas…

El hombre del sombrero estaba a unos veinte metros de ella. Susan estaba paralizada. Él la saludó quitándose levemente el sombrero e inclinando la cabeza, sin dejar de fijar sus ojos en la mujer. 

Voy a morir.

El hombre se detuvo frente a ella.

¿Cuál es problema?, ¿se te cruzó un animal?

Me distraje con el teléfono móvil.

El autoestopista dejó caer el rostro hacia uno de sus hombros, a la vez que emitió un chasquido con la comisura de su boca, en señal de leve reprimenda. Seguidamente sonrió.

Es un aviso, la próxima vez puede ser mortal, para usted y para otros.

Lleva razón, no se me ocurrirá volver a hacerlo.

Soy John.

Susan.

Estrecharon sus manos. El hombre se quitó el sombrero, se dirigió al capó, pidió permiso para abrirlo, ella asintió. Estuvo un rato con las manos apoyadas mirando el motor. Se frotó las manos y comenzó manipular piezas. Susan empezó a tranquilizarse, sus temblores se fueron apaciguando.

Listo. Puede usted seguir, señorita.

¡¿Está arreglado?! ¡No puedo creerlo! ¡Gracias! Realmente me ha salvado usted la vida. 

A la mujer le dieron ganas de abrazarle.

¿Hacia dónde se dirige?

A Baton Rouge.

Pero va en dirección contraria a la capital. Si sigue por esta carretera terminará saliendo del estado de Louisiana.

John le explicó cómo redirigir su marcha, e incluso le dibujó un mapa en una libreta para que no se volviera a perder. 

Que tenga buen viaje le deseó John alzando levemente su sombrero de nuevo.

Susan subió al coche, no sin antes darle las gracias. 

¿Debería llevarle? Si fuese un asesino ya hubiese acabado conmigo hace un rato pensó mientras conducía, observándolo a través del espejo retrovisor. Quizás le guste apuñalar con el vehículo en marcha, no sé, los psicópatas tienen sus manías. Sé egoísta, todo ha salido bien. Ve a casa de tu amiga y no te la juegues.

Llegó a casa de Geena, los bebés eran preciosos. Cenaron, tomaron vino, rieron en el porche a la luz de las estrellas. Tanto el matrimonio como su invitada se sintieron cansados, se fueron a dormir. 

A la mañana siguiente, el marido de Geena, Charles, se encontraba leyendo el periódico muy atento. Cuando Susan y Geena se sentaron a la mesa Charles se levantó para ir a trabajar. Ambas tomaron café tranquilas, charlando sobre los bebés. 

Susan cogió el periódico para ojearlo un poco, al mismo tiempo que prestaba atención a su amiga. 

Dios dijo Susan, tapándose la boca, completamente afligida, sin dejar de mirar el noticiero.

¿Qué ocurre, querida?

Es este hombre, Geena. Le conozco: el autoestopista que me arregló el vehículo después del accidente.

¿Y qué pasa con él?

Susan miró a su amiga, consternada. Se quitó la mano de la boca.

Este hombre ha sido asesinado por la persona que le recogió para llevarlo en su coche. John ha sido asesinado.

¿Se llamaba John?

Sí. Y debí haberle llevado.

LOS QUE MIRAN LAS ESTRELAS

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Sinopsis

“Los que miran las estrellas” es un thriller policial donde acontecen varios casos basados en hechos reales, siendo uno de ellos la columna vertebral de gran parte de la novela. La trama se mueve en una historia coral en la que seis personajes principales sólo tienen en común un gesto: mirar las estrellas en momentos de consternación. La autora compara la conexión paulatina o repentina de los personajes con la forma en que los astros, nebulosas y otros objetos del cosmos interactúan entre sí, empujados prácticamente por las mismas leyes.
 

El más allá, con la narración de varias experiencias cercanas a la muerte, será una constante a lo largo de toda la novela, con toda la amalgama de giros que ello conlleva.

Alba  Oliva

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