Alba  Oliva   

Alba Oliva, nace en Córdoba el 13 de mayo de 1980.


Tras finalizar sus estudios de Bellas Artes en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Mateo Inurria (Córdoba) en el año 1998, la autora adquiere la Diplomatura en Educación Primaria así como en Educación Musical por la U.C.O. (Universidad de Córdoba, 2001). Ingresa en el Cuerpo Nacional de Policía en el año 2005 movida por una fuerte vocación, sin dejar de lado todas sus inquietudes artísticas. Es autora de la novela "El color del ritmo" (Editorial Amarante, 2018). Así mismo, ha publicado más de veinte relatos en una revista cultural con difusión en Estados Unidos, buena parte de Lationamérica y Europa.
 

Ha compaginado su profesión como agente de policía con el mundo artístico, exponiendo sus colecciones de pinturas al óleo sobre lienzo en diferentes salas, proyectando sus cortometrajes (para los que compuso su música) y, sobre todo, desarrollando la creatividad literaria.

EL SÓTANO

Compraron la casa hacía once años, una enorme casa en las afueras. Pensaron llenarla de hijos, niños y niñas que la inundaran de risas, correteos, rabietas; desayunos, comidas y cenas en una gran mesa, donde reinase el caos y la alegría al unísono. Pero no podían tener hijos. Lo intentaron de todas las formas posibles. No hubo manera. 

Se querían, y eso les bastaba. Paseaban a caballo, jugaban con su perro, veían películas en compañía de sus gatos. Eran una pareja plenamente feliz.

Una noche de tormenta, un trueno desgarrador despertó a Lara. Su marido dormía profundamente. Se abrazó a él para conciliar el sueño. Un sonido extraño se lo impidió. Venía de abajo. Alguno de los gatos, pensó ella. Se levantó de la cama y bajó a abrirle a uno de los gatos que intentaba entrar por alguna de las ventanas. Los gatos estaban todos en el sofá del salón. De nuevo ese sonido. No identificó el lugar de procedencia, hasta que cayó al suelo uno de los frascos de cristal que estaba en el sótano. Lara bajó la escalera sigilosamente, vio el recipiente fracturado y todos los clavos que habían contenido desparramados por el suelo. Una sombra por el rabillo del ojo la alertó. Corrió hacia las escaleras, subió a toda prisa. Llegó hasta el dormitorio y despertó a su marido. Ambos bajaron de nuevo, revisaron el sótano. No había nadie. Aun así llamaron a la policía. Los agentes buscaron por toda la casa. A Lara y Daniel les tranquilizó que todo estuviera en orden.

Los sonidos no cesaron durante las noches posteriores. Con el paso de los días no sólo se sentían en el sótano, también en el resto del domicilio. Los gatos, decía Daniel.

Lara cayó enferma de gripe, tuvo que guardar cama durante una semana. Durante ese tiempo permanecería mucho tiempo sola en aquel caserón. 

Una mañana, poco después de que su marido se fuera al trabajo, Lara escuchó un susurro en la cocina. Llamó a su marido por teléfono, tardaría al menos una hora en regresar. La mujer salió a la calle a esperarlo, estaba aterrorizada, nunca creyó en los fantasmas, pero aquello le hacía pensar en todo aquello en lo que nunca reparó. El perro entró en la casa moviendo el rabo, como si alguien conocido estuviera dentro. Lara lo siguió. El can arañaba la puerta del sótano para intentar abrirla. Cuando su dueña la abrió entró rápidamente, bajó y se dirigió al conducto de ventilación. Ladró sin parar mirando hacia las rejillas. Lara introdujo sus dedos entre los espacios de la tapa del conducto; no le costó mucho retirarla. Cogió una linterna, iluminó el interior. Lo que vio la hizo dar un salto atrás del susto, tropezó con una caja y cayó al suelo de nalgas. Poco a poco fue saliendo del hueco oscuro alguien a quien Lara no dejaba de iluminar con su linterna: un niño de nueve años. Un espíritu, pensó. Un espíritu que acaricia a mi perro; se conocen bien, siguió pensando.

Nada de fantasma, era un niño huérfano, sus padres habían muerto, eran indigentes. El caminó desde la ciudad hasta el pueblo, y del pueblo hasta la casa, donde se refugió. Por las noches había salido para alimentarse con lo primero que encontraba en el frigorífico. Pasaba largos ratos con los gatos y el perro.

La pareja decidió adoptarlo, pero no pudo ser: muchas familias en lista de espera. Pero antes de ser adoptado por una de esas familias Lara y Daniel fueron sus padres de acogida. Disfrutaron de ese tiempo cada momento, agradecidos por todo lo que el pequeño Víctor les aportó, en especial algo que les cambió la vida: una nueva visión de la paternidad y la maternidad; decidieron tramitar una adopción. Víctor les enseñó en unos meses que podían ser padres sin ningún nexo de sangre, lo importante no es el A.D.N., el nexo auténtico es el amor, venga de donde venga, sea como sea. Ni padres biológicos ni adoptivos, no se etiquetarían, simplemente serían padres.

El proceso fue largo, duró algunos años. Finalmente Ángela llegó a sus vidas, y llenó su casa de risas, rabietas, juegos…

LOS QUE MIRAN LAS ESTRELAS

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Sinopsis

“Los que miran las estrellas” es un thriller policial donde acontecen varios casos basados en hechos reales, siendo uno de ellos la columna vertebral de gran parte de la novela. La trama se mueve en una historia coral en la que seis personajes principales sólo tienen en común un gesto: mirar las estrellas en momentos de consternación. La autora compara la conexión paulatina o repentina de los personajes con la forma en que los astros, nebulosas y otros objetos del cosmos interactúan entre sí, empujados prácticamente por las mismas leyes.
 

El más allá, con la narración de varias experiencias cercanas a la muerte, será una constante a lo largo de toda la novela, con toda la amalgama de giros que ello conlleva.

Alba  Oliva

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