Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

Nuestra mañana inolvidable

Seguía sus pasos cogida de esa mano varonil que ya había marcado sus caderas y sus pechos, aún cubiertos por lo que ahora sentía como incomodas prendas de vestir. Se habían demostrado sus deseos más ardientes a través del idioma de los besos y suspiros, sin necesidad de haber utilizado el don de las palabras.

La alcoba estaba tan sutilmente iluminada como perfumada, pues una vela roja de afrutado aroma relajaba la tensión del momento, así como acentuaba aquella excitación que hacía tiempo guardaba en su cálido bajo vientre.

Ambos se detuvieron junto a uno de los laterales de la cama de sábanas vírgenes. Juntaron con mimo sus cuerpos, y de nuevo se besaron. Sus labios se acariciaban entre sí, y sus juguetonas lenguas hacían que cada beso fuese más húmedo y excitante. Unas lenguas que se entrelazaban con el consentimiento de sus bocas abiertas.

Uno ayudó a desnudarse al otro, mientras las caricias y los besos clandestinos se posaban donde primero alcanzaban. La suave piel de ella empezó a rozarse contra la tensa musculatura de él, y aquello le hizo exhalar un jadeo de impaciencia que le llevó a buscar con una de sus manos lo más tenso que ahora se le ofrecía.

Él la chistó con cariño a modo de tregua, se separó ligeramente de ella, y miró sus ojos iluminados por sombras oscilantes. Acarició su rostro, y la invitó con suaves palabras a que se echase sobre la cama.

—Túmbate para mí.

Ella aceptó sin replica ni condición.

Notó como su varonil cuerpo se posaba con sutileza sobre ella. Se estremeció con los besos que bajaban por su cuello, su pecho desnudo y su abdomen liso y suave. No pudo controlar que la piel se le encrespase. Ella misma se encargó de masajear sus duros pezones.

Un inesperado jadeo propio que la sorprendió le hizo arquear sus riñones cuando notó aquella lengua comenzar a jugar entre sus muslos. La lamía con gusto y delicadeza; notaba cómo aquel intruso recorría sus rincones más ocultos, saboreando la viscosa miel del extremo placer, para de nuevo volver a ese clítoris que la colmaba de sensaciones que le hacían perder la razón y la compostura. Sus dedos arrugaron parte de las sábanas y mirando el rostro de su amado y amante le dijo.

—Hazme el amor…no quiero terminar así.

Él obedeció sin dilación.

Fue ella, aún tumbada, la que con decisión agarró aquella verga marcada por gruesas venas y se lo acercó hacia su húmedo y palpitante sexo. Poco a poco los movimientos de él fueron ahondando en el camino que ya le habían señalado, y cuando la fina mano se apartó, el resto de aquella dureza entró en ella sin control.

Ambos jadearon de placer, y se abrazaron hundiendo sus respiraciones entrecortadas en el cuello del otro. Vaivenes acompasados les llevaba a no poder pensar en nada más; y fue en ese momento cuando él agarró una de las nalgas de ella con sus dedos para alzar así su cadera. La totalidad de su erección entró y allí quedó quieta, tensa y profunda. Por primera vez, la presión de unas uñas llevadas por el placer quedaron marcadas sobre aquella espalda de tensos omoplatos.

Fue él, en esta ocasión, tras una secuencia de lentas y largas embestidas, quien con sus movimientos colocó a esa diosa del placer en una posición distinta, ladeada. Con mimo, estiró una de sus piernas sobre las sabanas y recogió la otra contra su pecho de abultados senos. Sin dejarla reaccionar se adentró con decisión en aquella cueva de placer que ya se le antojaba menos estrecha y mucho más caliente. 

Se recreó en lo que provocaba con cada una de sus duras penetraciones, y aquello le hacía sentir mucho más hombre. Quería dar más placer, quería llevarla a la locura, y el ritmo y la fuerza subieron de intensidad.

Notó cómo el cuerpo de ella comenzó a tensarse, y fue la presión de sus dedos los que le dijo que el climax que para ella había deseado estaba a punto de llegar. Sus jadeos se tornaron gritos involuntarios, e incluso sintió que parecía querer huir de él, algo que sin duda no consentiría.

Agarró con fuerza sus femeninas curvas y las apretó contra él para seguir penetrándola. Sentía su miembro más duro y grueso que nunca. La embistió con fuerza, y atrajo sus caderas hasta que ambos pubis quedaron juntos y presionados. Se movió dentro de ella sin necesidad de sacar su extremo vivil, hasta que por fin ella comenzó a sufrir los tan aclamados espasmos y arqueos. Arrugó las sabanas entre sus dedos. Arañó el pecho de él. Volvió a hacérselo con fuerza. Más gritos. Heridas en la piel. Sabanas mojadas.

Tras unos segundos todo se paró, pues ambos quedaron extasiados por la intensidad del momento. Se relajaron. Aquel duelo, ahora desigual, aún no había terminado.

Cuando ambos fueron dueños de sus respiraciones, ella miró el cuerpo sudoroso de él y le dijo en tono atrevido:

—Quiero lamerte…y que llegues en mi boca.

Él se acercó a ella, y la besó con más dulzura que pasión. Se puso de pie sobre la alfombra, mientras ella se arrodillaba acariciando lo que se le antojó más grande y firme que nunca. Lo masajeó con mimo mientras lo observaba a tan corta distancia. Finalmente acercó su rostro y lo chupó con deseo. Con delicadeza, se la introdujo en la boca una y otra vez. Cuando su lengua presionó la redonda punta contra el paladar y sus labios se cerraron en él, un jadeo arrancado llenó la habitación.

Jugaba con gusto, mirándolo con ojos gatunos, y viendo la excitación que ya notaba en él le dijo:

—¡Me encanta chupartela así!.

Como reacción a sus palabras, un suspiro masculino puso punto y final a esa frase que ya lo colmaba de húmedos vaivenes, excitantes sonidos de succión y un placer inexplicable por aquello que tanto le gustaba.

La mano de ella acompañaba cada movimiento. Parecía que iba estallar. Estaba muy dura. La sintió al fondo de su garganta. Tomó aire y continuó.

La respiración de él comenzó a entrecortarse, sus rodillas empezaron a temblar. De repente habló sin ser dueño de sus palabras.

—Amor. Amor. Ya, ya… ¡YA!— 

Y tras aquella última advertencia, una explosión lechosa salió de él sin control alguno. 

Sus jadeos se mezclaron con los ruidos de satisfacción de ella, y aquel juego de fluidos se alargó hasta que los espasmos apenas le sujetaron en pie.

Todo había pasado, y aun así seguían sintiéndose uno solo. Abrazados, ahora buscaban el compás de sus respiraciones. Acariciaron la sensibilidad de sus pieles. Se juntaron más aún si cabía el uno al otro, y allí quedaron dormidos con la sensación de amar y haber sido amados. Una vez más, se habían desnudado en cuerpo y alma. Se entregaban el uno al otro con todo lo que eran y lo que poseían: su esencia y su ser.

Óscar Cerezo

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