Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

Spermi y la última carrera.

Aquel lugar no era tan grande como para contener a los más de diez mil millones de espermatozoides que brincaban como saltimbanquis bajo un subidón de éxtasis. Sus movimientos eran frenéticos; algunos estaban súper nerviosos, estaba claro que para muchos de ellos era su primera vez.

—¿Hola, que tal?...—dijo uno de esos espermatozoides cualquiera, con el casco puesto por si había que salir pitando.

—Hola —Respondió secamente Spermi. 

No tenía necesidad de hacer nuevos amigos, había perdido a muchos de ellos en busca del camino del embrión. 

Spermi, nadando con su cola, se dio la vuelta con intención de cortar aquella absurda situación; pero de repente sus ojitos se posaron en alguien a quien reconoció entre la multitud.

—¡Pero Jimmy!, no me lo puedo creer, ¡aún estas por aquí, tío!—gritó.

Jimmy, giró su enorme cabeza, y quedó más que asombrado.

—¡Pero bueno joder! A quién tenemos aquí, a Speed Spermi en persona, ¡la leyenda! El único en haber evitado tres salidas en falso, e incluso una incursión nocturna involuntaria. El más rápido en ir a contra corriente-
    Ambos amigos rieron a carcajadas y se abrazaron.

—Pensé que habías salido hace un par de días con el último grupo —confirmó Spermi, ya caminando junto a Jimmy.

—¡Qué va, joder! Me quedé a puertas de coger el último impulso, pero la puerta se cerró —Jimmy miró a Spermi con curiosidad—. ¿Y tú, no viniste a la última eyaculación, o qué?

–No, tío. Me soplaron que la entrada no era por un lugar seguro y no conozco a nadie que haya sobrevivido al acantilado de la tráquea —Spermi dio un palmetazo en el hombro de Jimmy, y le dijo en secreto—: Hoy tengo información de primera. Entraremos por la puerta principal, hasta el fondo y todos los accesos están en verde.

De repente, una luz giratoria comenzó a parpadear. Una alarma muy similar a la de un submarino iba y venía. Una voz metálica de mujer sonó por los altavoces:

—Espermatozoides preparados. Cascos y gafas puestas. Tomen posiciones. La salida será en cinco...

Como un enjambre de abejas, los espermatozoides comenzaron a arremolinarse unos encima de otros para coger los mejores puestos.

—Cuatro...
Spermi echó la vista atrás entre codazos.

—¡Jimmy, tío, dame la mano, saldremos juntos, hay que aprovechar el primer impulso!

—Tres...
Jimmy alargó su brazo cuanto pudo, pero apenas era capaz de rozar los dedos de su amigo.

–Dos...
—¡No puedo joder!...¡Estos novatos me están pisando la cola!
—Uno...
Tras la finalización de la cuenta, Jimmy sonrió y dijo:
—Sal y demuestra quién eres, amigo. Completa tu leyenda. Sé un héroe.

La voz metálica advertía que la puerta estaba abierta. El momento había llegado.

Spermi corría ya aprovechando aquel primer torrente de viril potencia. La primera parte del recorrido era estrecha, oscura y angosto; pero de repente y entre empujones salieron lanzados a una especie de cueva mucho más grande, aunque igual que oscura. Sus gafas especiales de visión nocturna le dejaban ver el sufrimiento de los que quedaban pegados en la paredes, de los que habían enloquecido debido al cambio de presión, y padecía por aquellos que habían perdido su casco y morían asfixiados. Donde él iba, solo cabía uno.

Spermi miró a su alrededor con más atención, y vio el ovulo. Estaba allí. Al fondo. Flotando. Era redondo, y desprendía un aura que le llamaba con un misterioso hipnotismo. El resto de espermatozoides corrían tras él. Sabía que era el más rápido. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento, y no podía fallar. No ahora.

Spermi se impulsó por última vez. ¡Ahí estaba la entrada! Sacudió su cola y giró. Se estiró cuan largo era, y como absorbido por aquel orificio, ¡entró!

Justo antes de despedirse de todo aquello que conocía, escuchó una voz a su espalda:

—¡Spermi, Spermi!-

No lo podía creer. Tras él estaba Jimmy, sujeto por cuatro espermatozoides que no lo dejaban avanzar. Spermi alargó el brazo antes de que la entrada se cerrase para siempre. Quería que él también entrase. Agarró la mano de Jimmy y tiró con toda la fuerza que pudo. Aquello no pareció ser suficiente. Pero entonces Spermi notó algo extraño. Intentó soltar el brazo de Jimmy, pero no pudo. En ese momento sus miradas se cruzaron. Algo había cambiado. La mirada de Spermi era de asombro. La de Jimmy de egoísmo. De maldad. Quería entrar a toda costa.

Jimmy golpeó a Spermi en el rostro, en la cabeza, en el cuello. Quería sacarle para poder entrar él. Spermi no daba crédito a lo que estaba sucediendo. Intentó defenderse. No pudo. Empujó a Jimmy, pero finalmente el forcejeo sacó a Spermi del óvulo. Si, le sacó.

Spermi gritó un largo “no” mientras veía cómo otro espermatozoide, uno cualquiera, ocupaba su lugar. La puerta se cerró. El óvulo poco a poco se alejaba de ellos. En realidad eran ellos los que se alejaban del óvulo. Spermi se volvió hacia Jimmy, y en silencio le miró con tristeza. Este no pudo aguantarle la mirada. No podía creer lo que acababa de suceder. Aquello les condenaba a una muerte segura. Al olvido absoluto.

Spermi apartó su mano del brazo de Jimmy. Notó también como le soltaban. Entonces su cuerpo comenzó a flotar sin rumbo. Sin fuerza. Se abandonó a su suerte, y ya no hubo nada más. Nada.

Óscar Cerezo

Óscar Cerezo

  • Facebook - Black Circle

© 2017 by www.hildafusion.com   

  • Facebook - Grey Circle
  • Instagram - Grey Circle
  • Twitter - Grey Circle
  • YouTube - Grey Circle