Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

-Yop-hop-

Capítulo I
La niña que rompía las palabras.

Christine parecía una chica normal, pero sus padres la vendieron a un circo cuando se dieron cuenta de que era diferente a los demás.
    Cuando Christine nació tenía todo lo que un bebé ha de tener, salvo por los ruidos que desde bien pequeña comenzó a hacer con la boca y ciertos movimientos en su cuello que no era capaz de controlar. A medida que creció fue a peor, y mucho peor fue cuando empezó a hablar y tuvo que ir al colegio.
Christine y sus padres vivían en una casa abandonada, junto al río.Tenía algunas tejas rotas que habían tapado con trozos de hojalata y no en todas las ventanas había cristales. Comían lo que la gente les daba y tenían que remendar la ropa que los demás tiraban. Cuando Christine llegó a casa contó a su madre lo que en el colegio había pasado.
—En clase… ,yop-hop… la profesora ha vuelto… ,jam… a sacarme al pasillo.
Silencio.
—Dice… —Christine giró el cuello y pestañeó varias veces— ,…que soy como un payaso… ,yop-jam… que solo quiero llamar la atención…, yop —de nuevo giró el cuello.
Su madre se acercó con grandes zancadas a ella.
—¡Deja de hacer eso, maldita sea! —le dijo la mientras la cogía por los hombros— ¡No puedo más. Christine… ,por favor —comenzó a llorar—, porqué me haces esto!.
—¡No puedo controlarlo, madre… ,yop-hop… no se ,…yop… lo que me pasa.
En ese momento, el padre se levantó de la silla sin importarle que ésta cayese al suelo, y se acercó a Christine gritando.
—¡No te burles de tu madre, desgraciada! —una bofetada cruzó la cara de Christine.
—No…. ,padre. No puedo… ,jam-yop…controlar… ,hop.
—¡Cállate! Cállate maldita sea —gritaba mientras se quitaba el cinturón— No vuelvas a hablar en esta casa, —tras cada palabra un golpe de cuero— ¡Eres la vergüenza de la familia, no vales para nada! Levanta y sal fuera —la empujó con el pie— mientras te comportes como un animal, dormirás en la calle.
Christine se levantó entre temblores, con la cara marcada no solo por las lágrimas. Girando el cuello y chasqueando la lengua, se acurrucó junto a la chatarra que guardaba su padre.
Un día, el más grande y famoso de todos los circos llegó a la ciudad. Cuando el padre leyó los carteles habló con su esposa, “…por fin servirá para algo” dijo, “saldremos de esta ruina”, sentenció.
A la mañana siguiente la madre de Christine la levantó muy temprano.
—Toma. Vístete, te irás con tu padre —un nudo le cruzaba la garganta.
—¿Dónde vamos, madre? —Christine chasqueó la lengua y pestañeó.
—Vístete, te he dicho.
Entre lágrimas, la madre vio como ambos se alejaban en una carreta tirada por dos mulas. Christine miró atrás y se despidió con la mano, su madre agachó la cabeza y entró en casa.
    Cuando llegaron a las enormes carpas rojas del circo el padre preguntó por el jefe. Un mozo de cuadra que movía la paja con un horquillo, le dijo que era “aquel”, señalando con el dedo a un hombre con bigote que estaba dentro de una jaula con leones. El padre dejó a Christine junto al carromato y se acercó a la jaula, tras presentarse, preguntó:
    —¿Cuánto me pagaría por la niña?
    El domador de leones le miró de arriba abajo, y luego buscó a la niña en la distancia.
    —¿Es su hija?
    —Sí.
    —Y por qué piensa que podría interesarme una niña… tan normal.
    —No es normal —confirmó el padre—, podría ganar mucho dinero con ella. Se lo demostraré. 
El padre se giró hacia Christine, y con la mejor de sus sonrisas la llamó.
—Cariño, ven aquí, saluda al señor.
    Pero Christine se quedó quieta y con el rostro cubierto por su pelo largo y rubio.
    El padre apretó las mandíbulas y caminó hacia ella, le agarró de un brazo y la llevó junto al domador prácticamente sin tocar el suelo.
    —¡Que saludes al señor y le digas tu nombre, te he dicho!
    Entonces Christine levantó el rostro, miró al domador de leones y dijo entre susurros:
    —Buenas tardes, señor… ,yop-hop… me llamo Christine… yop.
    Terminó de decir mientras chasqueaba la lengua contra el paladar y giraba el cuello.
    —¿Qué le ocurre? —Preguntó el domador.
    —No lo sabemos.
    —¿Podría hacerlo otra vez?
    El padre asintió.
    —Christine, cariño. Pregúntale lo que quieras al señor.
    Christine miró las botas manchadas del jefe del circo, su cara grasienta y el bigote. Luego miró la jaula de los leones y tragando saliva preguntó.
    —¿Cuánto tiempo… ,yop-yop… —pestañeos— llevan… ,hop… enjaulados?
    El jefe rió a carcajadas. Frotando sus manos respondió.
    —Llevan conmigo desde que nacieron. Esta es su casa —El jefe del circo se dio la vuelta y tocando su bigote preguntó—, ¿Cuánto quiere por ella?
    Christine vio desde las jaulas como su padre, la carreta y las mulas se alejaban de allí.
    —Ven aquí muchacha —dijo el jefe del circo mientras subía en un carromato con grandes ruedas de madera y pintado del mismo color que las carpas. 
    Christine obedeció secándose los ojos, miró el final del camino y entró. 
    Las risas del jefe del circo podían escucharse desde fuera.
    —Léelo otra vez… —decía entre carcajadas.
    Christine pasó la tarde encerrada con él, la noche también.
    Una semana después, los carteles que había sobre todas las paredes de la ciudad anunciaban un nuevo e increíble espectáculo; “LA NIÑA QUE ROMPÍA LAS PALABRAS”. El rumor de la niña payaso se corrió por toda la ciudad, y al público, antes de entrar, se les ofrecía tomates blandos, hojas de lechuga y cascaras de patata. Y así pasó un año.
    Un día cualquiera, en cualquier ciudad, y después del espectáculo, Christine volvía a las cuadras con los animales y sus jaulas, manchada y ocultando su rostro bajo un pelo largo y sucio, se tumbó en la paja como un animal más. Lloró hasta que el cansancio la hizo cerrar los ojos, hasta que dejó de estar triste o alegre. Lloró hasta quedar dormida.
    De madrugada, Christine se despertó, le pasaba con mucha frecuencia, pero esa noche, al abrir los párpados se dio cuenta que delante de ella, dentro de la jaula, el león más viejo de todos estaba sentado, mirándola fijamente a los ojos. Entonces escuchó una voz en el interior de su cabeza.
    “Hola, Christine” .
    —Hola —dijo ella en voz alta—, ¿eres tú… ,yop-hop…. quién me habla… ,yop?
    El león agachó ligeramente la cabeza.
    “Christine, debes irte de aquí. Debes irte esta noche. Ahora” .
    —Pero… ,hop —Christine titubeó y chasqueó la lengua—, no tengo donde ir… ,yop-hop.
    “¡Marcha ya, corre! 
Christine se acercó a la jaula, introdujo su mano entre los barrotes y tocó al león.
—Gracias.
En ese momento, Christine miró el cierre de metal y lo agarró con fuerza.
“¡No! ,no lo hagas. Ellos no lo entenderían. Sería nuestro fin.
—¿Pero?
“¡Ve a la ciudad —la interrumpió aquel pensamiento— ,busca por las calles de bien, lee los carteles!
     En ese momento, y sin mediar palabra alguna, Christine corrió. Corrió llena de miedo. Corrió por su libertad. En su rostro una sonrisa y en su mente solo tres palabras, “lee los carteles”.

“Texto dedicado a todos aquellos que conviven con Tourette, algo que lejos de crear sombras les hace más y más fuerte.
(7 de junio, día internacional del síndrome de Tourette)

Óscar Cerezo

Óscar Cerezo

  • Facebook - Black Circle

© 2017 by www.hildafusion.com   

  • Facebook - Grey Circle
  • Instagram - Grey Circle
  • Twitter - Grey Circle
  • YouTube - Grey Circle