Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

-La señora Collins-

La Señora Collins está sentada junto a una mesa cubierta con un mantel de ganchillo. Sobre el mantel hay un plato con un racimo de uvas, verdes y gordas, y al lado, un bote blanco, con los bordes oxidados donde advierte “Peligro: Cianuro de Sodio”. Junto al bote una jeringuilla, una cuchara y un vaso de agua.

     La aguja del tocadiscos interpreta el Ave María de Shubert, mientras la señora Collins mira por la ventana de la segunda planta, mientras ve correr a los niños por la acera y devuelve el saludo a una vecina que desde abajo mueve la mano mirando la ventana donde ella está. Tras el saludo abre el bote, hunde la cuchara en el polvo y lo echa en el vaso de agua y lo agita en círculos. Canturrea al son de la música y carga lentamente la jeringuilla con el liquido aún en movimiento. Una a una inyecta las uvas, verdes y gordas, y las limpia con un pañuelo de tela. Seguidamente se levanta y camina por la sala de estar dejando atrás un mueble donde cada plato ocupa su lugar. Primero los platos lisos, luego los platos hondos y por últimos los de postre y café. Las tazas están colocadas con el asa hacia la derecha. Hay vasos altos, vasos de whisky, copas de vino, de agua y una bandeja de plata donde está grabada una cacería de zorros. Las cristaleras brillan y sobre las baldas ni una mota de polvo.

     Una vez en el baño, la señora Collins se lava las manos con una pastilla de jabón que tira a la papelera y se seca con una toalla blanca con puntilla. Se mira al espejo y toca sus arrugas, busca las canas entre el pelo rubio deslucido y da colorete a sus pómulos cetrinos. Se pinta los labios de rojo sin respetar el borde que los delimita, se echa perfume añejo y alisando la falda con sus manos vuelve a la mesa junto a la ventana.

     Con el plato de uvas sale de casa, cruza la calle y da una patata a un niño que juega con una tiza sobre la acera. Camina hasta el número 9, y toca el timbre. La puerta se abre.

    —Hola, Margaret… qué sorpresa —saluda la anfitriona algo incomoda.
    —Hola, Molly, he visto que ha llegado tu hija con el bebé. ¿Puedo verlo?
    —Ahora mismo le está durmiendo, no creo que sea buena idea. Lo mejor será que vengas en otro momento.

     Intenta cerrar la puerta, pero la señora Collins avanza un paso y la empuja con el hombro.

    —He traído uvas, ¿por qué no me invitas a un té? Quiero ver al bebé.
    La mujer no sabe que responder.
    —Sí, perdona. Estoy un poco cansada —se aparta de mala gana—, pasa, por favor.

     Las dos mujeres entran al salón. Hay ropa sobre el sofá, las cristaleras no brillan y las baldas están cargadas de figuras y fotografías. La señora Collins mira la foto de familia.

    —Siéntate, Margaret. Puedes dejar las uvas ahí, en la mesa.
    Se sienta en el extremo del sillón y pone el plato sobre una mesa de cristal llena de huellas y algunas migas de pan.
    —¿Está tu marido? —pregunta la señora Collins.
    —No, vendrá más tarde, tiene que solucionar unas cosas en la oficina —responde desde la cocina.
    —Me gustaría ver al bebé.
    —Está arriba, te dije que lo estaban durmiendo.
    —Ya, pero he venido a verle, y he traído uvas.

     En ese momento la mujer entra en el salón con una bandeja donde lleva una tetera, dos tazas, un cuenco con azucarillos y dos cucharas. Sirve el té y pregunta:

    —¿Cuántos azucarillos?
    —Cinco —responde observando las escaleras que llevan a la planta de arriba.
    La mujer mira desconcertada.
    —¿Cinco?
    La señora Collins gira la cabeza, sonríe y dice:
    —Sí, cinco. Por favor.

     En ese momento llega la hija, quien tras ver a la señora Collins se queda quieta frente a ellas.

    —Hola, hija —saluda incómoda—, mira quién ha venido a saludarnos.
    —¿Se ha dormido el bebé? —pregunta la señora Collins.
    La hija afirma sin decir nada y se sienta en una silla junto a la mesa.
    —He traído uvas. ¿No queréis? Vamos, solo una. Solo una.

     Ofrece el plato a la hija, la que mirando a su madre coge una. A continuación, ofrece el plato a la madre quien hace lo mismo. La señora Collins arranca otra uva y deja el plato sobre la mesa de cristal.

    —¡Por el bebé! —dice como si se tratase de un brindis acercando la uva a su boca.

     En silencio observa como madre e hija mastican y tragan. En ese momento deja la uva sobre el plato y se limita a ver como sus rostros cambian. Lo primero es sorpresa, luego preocupación. Se miran a los ojos. Certeza. Desesperación. Terror y caen al suelo, sobre una alfombra llena de lamparones. Intentan gritar pero no pueden. Una sobre otra, junto a la silla, entre el sillón.

     La señora Collins saca del bolsillo un pañuelo de tela y se limpia los dedos. Coge la bandeja con la tetera, las tazas y el cuenco, y lo lleva a la cocina, donde lava su taza, la cuchara y lo guarda en su sitio. 

     A continuación sale de la cocina y sube las escaleras hasta llegar a la cuna donde duerme el bebé. Lo mira durante unos segundos. Tan pequeño. Su respiración es lo único que se escucha. Lleva un pijama azul que quita con desdén. El niño se despierta pero no llora. Lo desnuda, lo agarra por los pies y lo alza ante ella. El llanto por fin llega y la señora Collins sonríe, babea y entonces su cuello lleno de arrugas se alarga y abre la boca hasta desencajar su mandíbula. Sus huesos suenan y la piel se da de sí pero no se rompe. Sus dientes son más grandes y la lengua le cuelga por un lado de la boca. Levanta al niño por encima de su cabeza y se lo introduce en la boca. Los gritos se ahogan dentro de la garganta hasta que el primer mordisco lo enmudece. Lo deja escurrir, y sin fuerza el bebé cae al interior de su estomago. 

     La señora Collins baja las escaleras. No tiene arrugas, no hay canas entre su pelo rubio, incluso se ha retocado el carmín de los labios. Pasa por encima de la mujer, coge el plato de uvas, mira las migas de pan y se marcha.

Óscar Cerezo

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