Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

-La hoja y el zorro-

Soy hoja de otoño mecida al viento. Sujeto a la vida por un peciolo que apenas tiene fuerza. Que apenas me mantiene aquí anclado. Zozobro y oscilo. Respiro un octubre que huele a noviembre mientras espero esa brisa que me libere. Que me haga volar. 

     Siento el aire. Bailo. Guardo silencio y aspiro. Ya llega, solo un soplo más, un último compás y de repente soy libre, ondeo entre las ramas, de allá para acá, expectante, sin mirar atrás. Me golpeo y giro, cortó el viento, silbo y vuelo.

     El suelo me espera. Hay hojas por todas partes. Están ahí tumbadas, me observan y me abrazan. Aquí abajo nada me sujeta, ninguna brisa me hace bailar, soy libre pero no puedo moverme, tan solo me queda esperar a que el tiempo pase y ser yo quien abrace a los que aún faltan por llegar.

     Espero y observo aquí postrado. Una noche más es un día menos y así llega enero. La nieve. El hielo, y luego se marcha. También pasa el mes de veintiocho días y apenas siento mis formas y mis colores. Ya no tengo fuerzas, no me siento libre, no quiero volar. Solo me apetece dormir, hundirme entre los que están conmigo. Buscar descanso. Acariciar las raíces del musgo, alimentarme del moho, beber de la humedad, de las gotas de rocío. 

     El suelo me absorbe. Me rompo pero no siento nada. Me oculto bajo la tierra. La luz se apaga. Fuera, el sol lo calienta todo. Por las noches llueve y huele bien. Marzo a llegado y con él los almendros en flor. Los pájaros y los insectos. Un zorro se detiene, observa, olfatea y se marcha. No es el único animal que busca sombra o alimento.

     Hoy, he abandonado mi descanso. Me desprendí del moho formando ya parte de la vida, me apoyé sobre el musgo y me estiré todo cuanto pude. Sentí la luz como algo desconocido hasta ese momento. Había cambiado de color y de forma, estaba sujeto al suelo, podía sentir un cosquilleo bajo mis pies, bajo la tierra. De nuevo me estiré. Me estiré con dirección al cielo. Quería tocarlo. Quería crecer.

     Pasaron muchos octubres y los mismos eneros. Un año tras otro las golondrinas trajeron más rayos de sol, nuevos insectos, gusanos y un zorro ahora acompañado. Perdí la cuenta de mis primaveras cuando el viento dejo de zarandearme. Cuando mi piel cambió, cuando desplegué mis ramas y mis raíces empezaron a jugar bajo tierra con otros como yo. Deje de contar el tiempo cuando di vida a las primeras hojas, cuando solté en otoño sus peciolos para que fueran libres como un día yo también lo fui. Desde aquí arriba, desde mi quietud, las vi partir, bailar con la brisa, tocar el suelo y quedarse quietas, tumbadas. Más nieve, más lluvia, el sol y finalmente se hunden. Musgo. Moho y gotas de rocío.

     Un día cualquiera las hojas convertidas en brotes se alzan al sol. Han cambiado de forma, de color. Miran al cielo y se estiran. Siento su vida como parte de la mía. Miro a mi alrededor. Sobre las ramas, gorriones y mirlos. A mis pies, en la sombra, los zorros enamorados. Vigilantes. Junto a ellos, un cachorro que olisquea el musgo. Que mira al cielo. Quiere tocarlo. Quiere crecer.

Óscar Cerezo

Óscar Cerezo

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