Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

-Dania, una bruja en la ciudad.

Después de bajarme de la escoba y poner los pies en el suelo, me doy cuenta que esta ciudad es mucho más increíble que desde las alturas.
    —¿Crees que ya tendrán una bruja, Mollo? —le digo a mi dragón.
    Éste, se posa sobre mi hombro y grazna mientras recoge sus alas.
    Como puedo estiro las arrugas del vestido, ajusto la cinta de seda alrededor de mi cintura, hago una bonita lazada y ladeo un poco el sombrero. Froto las punteras de mis botas y guardando la brújula en el maletín comienzo a caminar.
   Mis pasos suenan contra los adoquines y no puedo dejar de admirar todo aquello. La gente camina a toda prisa y un policía detiene el tráfico con su silbato para que puedan pasar. Hay señales por todas partes, carteles que indican como llegar al castillo, al gran circo, a la torre del reloj o al puerto. 
     La ciudad es inmensa y algunos de los edificios más altos están unidos por pasarelas o puentes de piedra que tejen un entramado de calles llenas de más carteles, señales y al fondo un señor conduce una carreta tirada por un caballo de crines rubias.
    Después de caminar durante largo rato me siento en un banco, apoyo la escoba sobre la madera, dejo el maletín entre mis pies y saco del bolsillo un puñado de maíz frito que ofrezco a Mollo. Yo también como. Nadie me mira, aquí simplemente soy alguien más y entonces pienso en mi pueblo, en la granja, el calor de la familia y en mi abuela, ella me ha dado su mejor escoba. Solo un niño grita a su madre que esa chica lleva un dragón, pero tirando de su mano le responde que es de mala educación señalar a la gente y que tan solo soy una bruja. Quizás me haya equivocado de ciudad.
   Al llegar a una calle ancha y donde el ruido es aún mayor me llama la atención un escaparate donde hay pan recién hecho, bizcochos y rollitos de anís con piñones. También hay una bandeja llena de hojaldres con miel, tarta de manzana y pastel de boniato. Por un momento cierro los ojos y lleno mis pulmones con el olor de todas esas imágenes, luego saco el monedero, cuento el dinero y entro.
    —Buenos días —digo a un hombre fornido, con bigote y que lleva un sombrero blanco y las manos manchadas de harina.
    —¡Buenos días! —parece alegrarse de verme— Llevaba mucho tiempo sin ver a una bruja, y mucho más sin ver un dragón.
Solo sonrío.
   El panadero se asoma a un ventanuco que hay tras el mostrador y llama a alguien. Al instante sale una mujer limpiándose las manos con un trapo.
    —¡Pero bueno! Una bruja —también se alegra de verme— ¿Piensas quedarte, pequeña?
    —Estoy buscando una ciudad donde poder terminar mi formación —me siento muy orgullosa de poder decir eso— ¿Hay brujas en esta ciudad?
     —No —responde la mujer—. Hace mucho tiempo que Frontera del Norte no tiene una bruja.
    Aquella noticia me hace sonreír hasta enseñar los dientes y noto el calor en mi rostro.
La mujer levanta una parte del mostrador de madera y sale a saludarme.
   —Me llamo Cristine, y él es mi marido Paulov.
   El hombre se aparta ligeramente el sombrero y me saluda.
   —Yo soy Dania y este es Mollo
   —¿Puedo tocarle?
   —Por supuesto. Es un dragón muy bueno.
  Después de que Cristine y Paulov me regalasen un rollito de anís con piñones les pregunto si conocen un lugar donde pueda empezar a trabajar. Ella me dice que en la biblioteca han puesto un cartel esta misma mañana en el que pone que se necesitan bibliotecaria.
   Al llegar, el cartel aún está puesto y el edificio es rojo, estrecho y alto. Empujo la puerta y los cascabeles sobre el marco hacen volar su sonido por toda la habitación. El olor a madera y barniz me llena de nostalgia y de entre una pila de libros aparece una anciana, bajita, encorvada y que lleva unas gafas que le hacen unos ojos grandes y muy oscuros.
   —¡Qué tenemos aquí, una bruja, y tienes un dragón! 
   —Buenos días, mi nombre es Dania y vengó por el puesto de trabajo.
  La anciana me mira de arriba abajo. Mira mi vestido, el lazo. Mira el sombrero, las botas y el maletín. Por último se detiene y observa la escoba. Sin apartar la mirada de Mollo me pregunta:
   —¿Tienes experiencia?
   —No, señora.
   —¿Has trabajado alguna vez?
   —No. Este sería mi primer trabajo.
   —¿Conoces algo de esta ciudad?
   —No. Soy de un pueblo muy pequeño, al este, pasada la estación y los silos de trigo.
   La señora deja de mirar a Mollo y se pone frente a mí.
   —¿Te gusta leer?
   —¡Si, señora!
   —¿Y… sabes contar cuentos?
   —¡Si, se muchos cuentos!
   La anciana sonríe.
   —El puesto es tuyo, deja tus cosas ahí y ayúdame con esos libros, hay que bajarlos al sótano. Por cierto, me llamo Bernadette, pero puedes llamarme Betty.

Óscar Cerezo

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