Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

-Dania, una bruja en la ciudad.

Capítulo 2
Un libro muy especial.

Es mi tercer día en la ciudad y la señora Betty dice que en iremos juntas al castillo. Tengo muchas ganas, pues al parecer un tranvía sube por las calles más antiguas hasta los jardines y desde allí se puede ver el mar, el faro y a veces se pueden tocar las nubes.
    Ayer, después de colocar varios libros en lo más alto de una estantería y barrer toda la biblioteca, la señora Betti me dio un billete de 25 pain y una lista con varias cosas que comprar. Pensé en llevarme la escoba y regresar cuanto antes, pero me di cuenta que andando podría disfrutar mejor de todo aquello. A Mollo también le pareció buena idea.
    Esta ciudad es maravillosa, cuando entras en la maraña de calles, coches y ruido, piensas que nada te puede sorprender, pero hay rincones donde los puestos ambulantes ofrecen enormes trozos de carne y tienen un horno donde ahúman ristras de salchichas y tocino. También hay puestos con brebajes caseros y otro donde hacen llaves, muchas llaves. Llaves cortas, un poco más largas, redondas, de hierro y algunas de latón. 
Al salir de la calle me pasé a saludar a Cristine y Paulov, allí compré el pan, y luego, un poco más adelante, a la izquierda me encontré con un tiovivo y una tienda de piedras y minerales a la que sin duda volveré. A pesar de todo ese alboroto, cuando te alejas del centro puedes escuchar las conversaciones de la gente, ver la ropa tendida de balcón a balcón y a los niños jugar al trompo o haciendo carreras de sacos.
La señora Betty me deja dormir en una estrecha habitación que hay al fondo de la segunda planta. No es muy grande, pero tiene un catre con un colchón donde me hundo y dejo la marca de mi cuerpo, una mesa  redonda con dos sillas y varias estanterías con muchos libros. Pero lo que más me gusta es la enorme ventana desde donde puedo ver los carteles del teatro.
     —¡Dania! —la señora Betty me está llamando.
     —¡Ya voy! —le respondo aún desde la habitación.
     Bajo las escaleras corriendo y allí está, esperándome junto a una pila de libros.
     —Dania, querida —me dice mirándome con sus enormes ojos a través de las gafas—. Baja estos libros al sótano —ha debido ver mi cara de asombro—. No, no. Solo estos cuatro, pero ten cuidado con ellos, son muy antiguos.
     Me acerco si apartar la mirada de los libros.
     —¿Y dónde quiere que los deje?
     —En la estantería roja, la que tiene el atrapasueños —se exactamente a cual se refiere.
     —Vale, no se preocupe.
     La Señora Betty me advierte cuando ya me he dado la vuelta.
     —Dania.
     —¿Si?
     —Ten cuidado con la trampilla que hay junto a la estantería. No la abras.
    Bajo las escaleras cargada con los libros pensando en aquellas palabras. De no habérmelo dicho ni si quiera la hubiese visto. 
Guardó los libros por orden alfabético y no puedo dejar de mirar la trampilla. La argolla oculta entre las tablas del suelo. Aguantando la respiración me agacho, miro las escaleras del fondo y escucho el silencio, tiro de la argolla y un aire frió y añejo llena mis pulmones. Miró de nuevo las escaleras, el silencio, y bajo.
    El primer tramo de peldaños es estrecho e inclinado y baja en forma de caracol, las paredes están repletas de libros y no hay una barandilla en la que apoyarse. Sigo bajando. Huele a bosque seco, a hojas pisadas y hay un libro sobre el siguiente escalón. Me siento y leo el titulo, “La vida es para vivirla”. Toco la piel de su cubierta.
    —¿Te gusta el libro?
    La voz es aguda y me sobresalta, intento levantarme mientras alzo la vista pero tropiezo y caigo de espaldas.
    —¡No te asustes por favor! Llevo mucho tiempo aquí solo —su voz es ahora más suave.
    —¿Quién eres? —me doy cuenta que mis palabras han temblado.
    —Si salgo, ¿gritarás?
    Digo que no con la cabeza y trago saliva. 
Tras una columna de madera aparece un pequeño ser de orejas picudas y piel azulada, cubierto con unos calzones remendados y en su frente tiene dos astas pequeñas y de punta redondeada.
     —No recibo muchas visitas —dice sonriendo—, me llamo Turok, y soy un demonio de biblioteca —hace una reverencia.
Por un instante le observo y suspiro. Ya no tengo miedo.
     —Yo soy…
     —Dania —me interrumpe—. Lo sé. Se todo lo que aquí ocurre, la madera me habla, los libros me han dicho que tienes unas manos muy suaves y el aire me trajo un pellizco de tu perfume.
No se que decir, pero siento la magia como me roza el rostro y me susurra un gracias. Pienso en Betty.
     —Tengo que irme, me espera la señora Bernadette.
     —No te preocupes por eso. Aquí el tiempo no pasa como ahí arriba —señala con el dedo la parte más alta de la escalera—. Mira ese reloj de arena.
Miro hacia atrás. Sobre una de las estanterías hay un viejo reloj de arena que suelta un solo grano, a los pocos segundos, otro grano cae a través del cuello de cristal. Creo entender lo que quiere decirme.
     —¿Quieres que te lea un cuento? —Me vuelvo hacia él. Ha cogido el libro que había sobre el escalón.
     —Me gustan los cuentos. Sí, muchas gracias —le respondo mientras me siento en la escalera y el acerca una vela encendida.
     —Este libro es muy especial. Mira —Lo abre.
Mis párpados se abren al máximo mientras observo que en cada página hay una ciudad un pueblo, o una granja y sobre ella caminan seres muy pequeños, son personas que ríen y caminan, conducen minúsculos coches, hay un zepelín y en una de las páginas puedo ver molinos de viento y un rio que termina en una cascada.
     —La vida es para vivirla, Dania —dice satisfecho—. Y ahora te contaré la historia de la pastora, la oveja de plata y el alguacil.
     Otro grano de arena cae, y la voz del demonio empieza a sonar.

Óscar Cerezo

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