Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

El Creador de mundos mágicos.

-El sueño-

Soñé que me hundía en un mar profundo y negro. Que caía cabeza abajo sin poder gritar ni pedir ayuda a mis padres; el agua estaba helada y llevaba puesta la camisa blanca que me regaló mi abuela, la falda de cuadros y los zapatos negros de cordones. No paraba de caer pero podía respirar sin ahogarme. Aspiré profundo, abrí los ojos y no vi nada, solo el frío, el roce de aquel líquido y la presión de todo cuanto me rodeaba. Miré arriba, a la superficie y vi un pez enorme, antiguo, era como un tiburón, pero tenía la piel cubierta de escamas rocosas, su boca era más grande y los dientes parecían estalactitas de piedra. Su piel brillaban con el reflejo que yo misma acababa de crear y primero tragó mis piernas, el cuerpo, la cabeza y cerró sus fauces.


     Soñé que dentro de aquel pez había un mundo en el que podía caminar por un suelo rodeada de peces naranjas de ojos saltones. Había casas viejas con las ventanas abiertas donde las anguilas entraban y salían, los cangrejos se escondían bajó una rueda dentada que parecía haberse caído del reloj de la torre y me senté sobre un ancla sin cuerda. No había nadie, al menos nadie como yo y una tortuga gigante que creaba sombras oscuras, llevaba sobre su caparazón una ciudad cubierta de algas y corales; unos seres diminutos y con branquias se asomaban entre las cañerías y voladizos para mirarme sin decir nada. No tenía miedo y salté dejando una estela de arena tras mis pies. Flotando nadé hasta ponerme bajo la aleta de la tortura y luego la vi ascender y marcharse, detener su aleteo y buscar un refugio donde todos guardaron silencio, un silencio profundo, con eco y lo vi, era un barco pirata que flotaba dentro de aquel agua, sobre la ciudad, sobre mi cabeza, dentro del pez antiguo con escamas de roca y llevaba las velas plegadas. Me quedé quieta, como el resto de los peces, como la tortuga y su ciudad. Todo el sueño se paró hasta que el barco pirata y su sonrisa diabólica de tablas rotas se marcharon y volví a respirar profundamente, cerré los ojos, los abrí y vi a mi madre, la luz tras la persiana y me estiré bostezando mientras recordaba aquellos seres diminutos, los peces naranjas y que hoy no tenía que ir al cole.

Óscar Cerezo

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