Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

Creador de mundos mágicos.

-Fideos de arroz-

Después de un largo día de trabajo en la oficina, Hikaru se cobijó de la lluvia al inicio de un callejón, la gente corría bajo sus paraguas y los taxis parecían haberse olvidado de aquella parte de la ciudad. Con el uniforme de la empresa empapado y cubriéndose con el portafolios vio una luz tenue a mitad del callejón, quizás podría tomar algo caliente, pensó.

Saltando entre los charcos fue al único lugar que parecía estar abierto en toda la calle y apartando las tiras de tela entró con cuidado de no mojarlo todo.
    —No se preocupe, joven.
    Una voz quebrada sonó tras el mostrador y un anciano con largos bigotes le saludó con la reverencia de su rostro.
    —Buenas tardes y disculpe… —respondió Hikaru viendo como el suelo se cubría con las gotas de lluvia y un olor a menta fresca le llenaba los pulmones.
    —Ya le he dicho que no se preocupe, el agua es vida y cada una de esas gotas es un nuevo mundo.
    Hikaru guardó silencio mientras sacudía los hombros de su americana y aflojaba el nudo de su corbata zarandeando el portafolios de piel.
    —¿Desea unos fideos de arroz?
    Sumido por el compromiso el recién llegado levantó el rostro.
    —Tomaré un te verde, por favor.
    —¿De verdad que no quiere unos fideos? —sonrió el anciano consiguiendo que sus ojos pareciesen dos líneas en aquel rostro arrugado.
    —No… —dijo entre dudas—. Tomaré un te verde o un café.
    —Solo tengo fideos. 
    Hikaru miró el rostro del viejo.
    —Bien, pues tomaré unos fideos de arroz, por favor.
    —¡Una decisión excelente! Siéntese, en seguida le sirvo.
    En la cocina empezó a escucharse el golpeteo de un cuchillo y casi de inmediato el olor del vapor, la cebolla y el ajo se extendió por todo el local en el que apenas había un farolillo rojo de papel, un par de tiras adhesivas para los insectos y un calendario demasiado antiguo. En una esquina descansaba un taburete con el cuero desgastado y no había más mesas salvo en la que Hikaru estaba esperando, era pequeña, cuadrada y las betas de madera le recordaron a las arrugas del anciano.
    —Aquí tiene, joven —el vaho hizo que el chico se apartase pestañeando—. Espero que le gusten, es una receta muy antigua.
    —Gracias —respondió extrañado por todo aquello.
    —Buen provecho —y haciendo una reverencia el viejo se perdió tras el mostrador.

    Hikaru cerró los ojos saboreando el humo de aquellos fideos, cogió los palillos que cruzaban el tazón y tras un ligero soplo aquella niebla le mostró algo imposible. El humo volvió a cubrir la superficie del bol. Sorprendido e incorporándose buscó la imagen del viejo, pero este se había perdido entre la cocina y sus cachivaches, volviendo la vista al tazón sopló de nuevo, esta vez con más fuerza y ante él apareció con total claridad una aldea en miniatura que rodeaba por completo el borde del tazón. Sus tejados y fachadas eran de madera, incluso había un pequeño embarcadero donde seres diminutos de ojos saltones lanzaban sus cañas entre el cebollino picado, las setas y el huevo. Una pasarela cruzaba la sopa caliente hasta una zona pavimentada y en un rincón, entre una casa con chimenea y una valla pintada de blanco estaba parado un mini bus junto a una carreta tirada por dos caballos que bebían de un abrevadero. La frutería mostraba sus canastos con hortalizas frescas y en una de las terrazas alguien había plantado flores rojas que acababan de florecer. Hikaru no podía apartar la vista de toda aquella vida, incluso había un semáforo y una casa sumergida en la sopa hasta la buhardilla. Pestañeando con fuerza tomó aliento mientras perdía la noción de la realidad observando aquel diminuto trasiego.
    —¿Se encuentra bien, joven?
    Aquella voz le sacó de tan mágico instante . Girándose vio la sonrisa del viejo que le miraba a través de aquella líneas arqueadas que tenía por ojos.
    —La sopa… —titubeó—. Hay una aldea —escucharse decir aquello en voz alta le pareció de lo más ridículo.
    —¿Cómo dice? —le respondió en tono divertido.
    —Si. La sopa, hay… —al mirar el tazón la ciudad había desaparecido, no quedaba ni rastro de las casas, los pescadores o los caballos—. Estaba aquí, sobre los fideos. ¡Le juro que lo vi! —dijo removiendo con los palillos el pollo, las setas y los fideos como si esperase encontrar algo diferente en el fondo.
    El viejo le interrumpió.
    —Hay vida en cuanto nos rodea, en esas gotas de agua —señaló el suelo—, en las betas de madera, aunque no siempre podamos verla —sonrió de nuevo—, ahora tómese la sopa antes de que se enfríe. Por cierto, ha dejado de llover.

Óscar Cerezo

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