Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

-Los elegidos-

El hombre se detuvo delante de la muralla que protegía el pueblo, ni siquiera la dureza del invierno había hecho mella en él. Bajándose del caballo avanzó hasta la puerta de madera, que se derritió como si estuviese hecha de barro y aceite con tan solo el tacto de su mano. Las cadenas, recias y oxidadas, estallaron soltando la pasarela que lo llevaría sobre el foso con dirección al castillo. No llevaba armadura ni abrigo que lo protegiese. Dentro lo estaban esperando. Mudos. Escondidos. 


     Los cascos de su caballo marcaban un ritmo exasperante y pausado, y cuando se detuvo en el centro de la plaza el silencio fue absoluto a excepción del graznar de los cuervos que miraban desde las cornisas y alféizares. El recién llegado acarició las crines de su montura y sin esfuerzo se bajó nuevamente de él. Miró a través el vaho que creaba su respiración. A su alrededor el tiempo parecía haberse detenido entre las carretas abandonadas, las balas de paja y los que colgaban de cuerdas con sus rostros picoteados. El jinete avanzó rompiendo el hielo de los charcos, observó las ventanas cerradas y dijo en voz alta para que todos lo escuchasen:


      —¡Vengo a por la niña! Entregádmela y me marcharé.
        Tras sus palabras llegó la nada y con esta el chirriar de las bisagras. El color del frío quedó roto por una flecha que atravesó el peto del jinete. Éste, exhaló una bocanada de niebla y echó un paso atrás. Con la primera flecha llegaron dos más, que con sonidos huecos quedaron clavadas entre las costillas y el estomago. Una cuarta flecha erró haciéndose añicos contra el suelo duro y pisado.


     El jinete, tambaleándose cayó de espaldas y con los ojos abiertos. Su caballo le olía el pelo entre soplidos, rascando la tierra con una de sus pezuñas. Con timidez los postigos comenzaban a sonar y los más curiosos se asomaron hasta que le vieron moverse, hasta que le vieron arrancarse las flechas y arder como una antorcha llena de vida.
 

      —Dónde… está ¡LA NIÑA!
         Una llamarada al cielo salió de su cuerpo tras los gritos. Al instante, del edificio principal salió un anciano junto a una niña y se quedaron allí, quietos, en lo alto de los escalones de piedra. Mirando al hombre de fuego, el anciano habló:


       —No te llevarás a la niña, Altaham. Esta niña es nuestra y nos protege de…
     —Esa niña es la llave —interrumpió el hombre aún en llamas—. Hay que darse prisa, si no viene conmigo todos moriremos.


          En ese mismo instante la niña concentró en su cuerpo la energía que manaba de aquel frío mientras sus puños se cubrían de hielo y su mirada de escarcha. Como si de una bola de cañón se tratase la energía acumulada impactó con afilada dureza contra Altaham, quien tras rodar por el suelo volvió a su estado natural. Escupiendo flemas rojas maldijo y levantándose sentenció.


         —Shima. Formas parte de los elegidos. No puedes escapar a tu poder. Has de venir conmigo.

Óscar Cerezo

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