Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

Dania. Una bruja en la ciudad.

Capítulo 3. La tiranía de los insurrectos.

La habitación de la señora Betty está debajo de la escalera por la que se sube al segundo piso, su cuarto tiene baño propio y la cocina está pasada la despensa junto a las estanterías de botánica, agricultura, jardines y hogar. He comentado a la señora Betty que me gustaría escribir a mis padres para poder contarles lo bien que estoy aquí, cuanto me gusta esta ciudad y al levantarme tenía en el mostrador una hoja en blanco, un sobre y al lado a este un plumín, el tintero y una moneda de un pain con una nota donde se lee, “compra sellos”.


    Es casi medio día y la señora Betty aún no se ha levantado, anoche se acostó temprano y cenó solo un caldo. Cuando se marchen los clientes iré a ver como se encuentra.


    —Señora Betty, ¿está usted bien? —toco la puerta con los nudillos, pero no responde— ¿Hola? —vuelvo a llamar.
    Tras unos segundos presiono el tirador y empujo con cuidado.


    —¿Señora Betty? —huele a cerrado y la persiana está echada. Un renglón de luz se dibuja en el suelo y llega hasta la cama. 


    —Disculpe, ¿se encuentra bien? —Me acerco dejando a un lado la línea de luz y consigo verla. Está arropada, de espaldas a mí.


    Sin apartar la colcha toco su hombro, la vuelvo a llamar por su nombre pero continúa sin responder. La zarandeo levemente y acaricio su rostro, está frío pero tiene la frente empapada, el cuello también. Me pongo nerviosa, ni siquiera se donde están los medicamentos, quizás algo de lo que hay en el botiquín pueda ayudarme. Pienso en Cristine, su panadería, es la única persona junto a su marido que conozco en la ciudad.


    —Dania… 
    Me llama con un hilo voz y gira el rostro apenas unos milímetros.


    —¡Señora Betty! —me siento tan inútil. Acarició su frente y corro a levantar la persiana— ¿Qué hago? —estoy temblando.


    —Llama a… Morice. El doctor. La agenda.

Después de marcharse el doctor Morice vuelvo al cuarto con la señora Betty. Se encuentra sentada en la cama y con la colcha doblada bajo el pecho.


    —Muchas gracias, Dania. De no haber sido por ti… —guarda silencio y me invita a sentarme junto a ella— Hacía mucho tiempo que no me pasaba algo así —agarra mi mano, parece tan vulnerable—. Antes se encargaba de todo esto mi sobrina, ella sabía cuándo darme los medicamentos y la infusión de trigo y algas para los dolores.


    —¿Es la chica de la foto? —le pregunto con una sonrisa enorme.


    —Si, es ella, dormía en tu cuarto pero se marchó al sur, a la universidad y su última carta hablaba de un muchacho, un piloto de la armada. Quizás se haya casado y tenga algún crío.


    —Porqué no la escribe a ver qué tal está.


    —La escribí muchas cartas pero debió cambiar de domicilio, pues todas me llegaron de vuelta, están ahí en la estantería, sin abrir.


    Por un momento la pena aprieta mi corazón.


    —¿Sabe, señora Betty? —cojo su mano con las dos mías—. A partir de ahora seré yo quien se encargue de las medicinas, como hacía su sobrina… —titubeo.


    —Sophy. Se llama Sophy. —llena sus pulmones de aire y suspira—. Por cierto, ¿has escrito a tus padres?
    —No, aún no, hoy vino mucha gente y la señora del sombrero rojo ha devuelto “La tiranía de los insurrectos” y se ha llevado “Política actual”, yo creo que ni siquiera se los lee y usa los libros como excusa para salir de casa —rio a carcajadas, pero la señora Betty no se ríe.


    —La gente quiere saber más. Quieren saber porqué el país vecino rompió el tratado de transporte y carbón, si nuestros dirigentes no llegan a un acuerdo podríamos entrar en guerra.


    No se que decir, había escuchado cosas sobre la guerra en el norte, hace mucho tiempo y el norte es donde me encuentro ahora.


    —¡Vamos! —me saca de mis pensamientos de golpe—. Ve a escribir esa carta, estoy segura de que tus padres se pondrán muy contentos cuando lean la mujer en la que te has convertido.

Óscar Cerezo

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