Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

1988 
Sangre y un puñado de flores

—Ahora tienes que marcharte —dijo Manuela, mientras desnuda se levantaba dejando a su compañera de fantasías dentro de la cama. 
La joven estudiante Parisina siguió con la mirada a su profesora de universidad, la que aún poseía una bonita figura pese al haber superado los cuarenta. Su cintura era estrecha, sus nalgas guardaban parte de la firmeza que siempre tuvo y sus pechos mostraban estrías que indicaban su cita con la vida.
     Manuela, se detuvo junto al taquillón del dormitorio donde le llamó la atención el paquete de tabaco Life que su amiguita fumaba. La curiosidad hizo que sin pensarlo cogiera uno de aquellos pitillos y lo encendiese dando una larga y profunda calada.
     —Me dijiste que no fumabas —afirmó la estudiante con un marcado acento francés. 
Manuela exhaló un largo suspiro ahumado sobre el extremo de ceniza y sin necesidad de mirar a la chica respondió. 
—Esta mierda para niñas no sabe a nada. Vístete, tienes que marcharte —terminó de decir desmoronando el cigarro sobre el cenicero de cristal. 
De un tiempo a esta parte Manuela había perdido el interés por amar el alma de las personas, por involucrarse en la vida de nadie. Lo único que buscaba era un momento de placer que le hiciese sentir viva, aunque solo fuese por un instante. Janette, la estudiante a la que conoció en el laboratorio, era perfecta para tal menester.  
La adolescencia de su hija estaba siendo más dura de lo que pensaba. Se encontraba cansada de ir siempre a contra corriente. Agotada de tener que ser la mejor. Ya no era la joven que llegó a la capital en busca de aventuras. No, ya no.
 
Cuando Manuela se encontró sola, sus pasos la llevaron al baño donde con desdén se quitó la bata de seda que arrugada quedó en el suelo. Se acercó al espejo y apoyando ambas manos sobre el lavabo, se observó. Miró su pelo canoso, los pómulos, sus arrugas y los ojos, siendo allí donde dejó clavada su atención, en aquellas dos esferas azules por donde comenzó a navegar presa de los recuerdos sobre lo que un día fue. Se vio en su tierra natal jugando con su hermano. Recordó cuando entre lágrimas se despidió de su madre. También  todo lo que había sido capaz de conseguir y como tuvo que ganarse el respeto por el mero hecho de ser mujer. A pesar de todo se sentía sola. Sola e invisible.
     La realidad de nuevo llegó a ese cuarto de baño cuando en la radio empezó a sonar Fragile. No sabía muy bien por qué, pero aquella canción le recordaba demasiado a su hermano perdido. Sin darse cuenta se acarició la cicatriz de su mejilla izquierda.
     Fueron sus lágrimas las que ahora empañaban el reflejo que veía en el cristal. Con más pesar que cordura Manuela golpeó con su puño cerrado el espejo que de inmediato se convirtió en telarañas de hilos rotos. Un grito desgarrador vació su alma y le hizo perder las fuerzas y el control de sus piernas, quedando hecha un guiñapo junto a la bata de seda. La sangre goteaba entre sus dedos, aunque lo que Manuela necesitaba era llorar la pena que llevaba dentro. El dolor. Su coraje guardado durante tanto tiempo, abrazada a sí misma.     
Después de velar aquel luto de sentimientos enquistados se dijo a si misma que no volvería a ser esclava de esa imagen que siempre intentó ofrecer. Desde ese momento nada tendría que demostrar al mundo. 
Tras limpiarse la sangre seca y cubrir los cortes con mercromina, se dirigió a la cocina, donde se sirvió una copa de     brandy, cogió un monedero pequeño que estaba lleno de recuerdos y cruzó el salón libre de ropa y pesares. Pasó junto a esa librería que había visto varias mudanza y dejando el vaso vacío sobre la mesa abrió con ambas manos el ventanal que le devolvería la libertad. Se asomó sin importarla que la gente viese su cuerpo desnudo y sin dudas volteó el monedero, dejando que los pétalos secos y las flores que durante tanto tiempo había guardado por fin volasen libres, como libre ahora se sentía. Llenó sus pulmones de aire y dijo. 
—Las grandes cosas empiezan dando pasos pequeños... así que camina Manuela. Camina y no mires atrás.

Óscar Cerezo

  • Facebook - Black Circle

© 2017 by www.hildafusion.com   

  • Facebook - Grey Circle
  • Instagram - Grey Circle
  • Twitter - Grey Circle
  • YouTube - Grey Circle