Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

-Los Duendes-

Me ha dicho el doctor que no recuperaré la vista, que a mi edad estas cosas pasan. Nunca me han gustado los hospitales.

La habitación es bastante grande, hay tres personas más, aunque no sé si están todas las camas ocupadas. Sus visitas me hacen reír, consiguen que no me sienta tan solo y los gritos de los niños a los que regañan me llevan a mis recuerdos con los duendes.

A la derecha está la puerta, he calculado por el sonido de los pasos que a dos camas de distancia. Las cocinas no deben estar lejos, pues huele a comida mucho antes de que las enfermeras entren con un carrito de metal al que le chirrían las ruedas. Vibran las bandejas y los cubiertos mientras dan los buenos días, mientras me incorporan y me ponen el babero. Luego, una de ellas me llama por mi nombre y me da de comer, voy despacio, pero siempre escucho como la cuchara rebaña el fondo.

Luego, después de correr una cortina de anillas, me quitan el camisón entre dos enfermeras que no dejan de hablar entre ellas. Me lavan los brazos y la espalda, todo. La esponja es áspera y a veces me hacen daño, pero yo nunca me quejo, solo pienso en los duendes, los que encontraba en el bosque. Me gustaba mucho estar con ellos, dentro del hueco del árbol aunque nunca se dejaban tocar, eran muy rápidos y siempre sonreían. Las enfermeras se han llevado la cuña, ahora huelo a colonia de bebé.

Aquí tengo mucho tiempo para pensar. Echo de menos a mi mujer, ella se fue hace cinco años diciéndome que llamase a nuestro hijo, aunque sigo pensando que es él quien debería de llamarme a mí, él fue quien se marchó entre empujones, dando un portazo y diciendo que no quería verme nunca más. Rompió la familia y lo maldije muchas veces.

Me he dado cuenta que aquí también hay duendes, corren por los pasillos cuando todo está en silencio, todavía recuerdo sus caritas brillantes, nunca se peinaban y tenían muchas pecas. Me gusta dormirme pensando en ellos y en el bosque y en el hueco del árbol.

Hoy es día de visita, la gente que llega me saluda y yo giro la cabeza como si en verdad pudiese verles. A veces escucho las conversaciones, otras solo respiro y pienso. Ha vuelto a venir quien siempre se detiene junto a mi cama, huele a canela y rosas. No suelo preguntar quién es, pues normalmente está ahí quieto y luego se va, sin hablar, aunque su perfume se queda flotando un poco más. Pero hoy no se marcha, y no ha venido solo. Me ha dado vergüenza pero he preguntado.

—¿Hola?
—Hola, papá—Me ha respondido la voz de un hombre. Ahora el olor es más dulce.
—Hola hijo. ¿Qué tal estás?—Ha sido lo primero que se me ha ocurrido. Un nudo ha cruzado mi garganta y unas manitas suaves han agarrado mis dedos.
—Éste es Manuel, tu nieto, y la semana pasada cumplió siete años.

Me ha sorprendido mucho que haya elegido mi nombre. —Papá. Quería decirte que siento mucho… —Pero le he cortado enseguida poniéndome a hablar con el pequeño mientras le tocaba el pelo, liso, cómo él a su edad.

—¿Sabes que hay duendes que viven en el bosque? —No he podido ver su cara, pero seguro que ha dicho que no.

Su padre le ha subido a la cama y luego me ha cogido la mano con fuerza, cómo cuando era pequeño, cómo cuando le contaba esos cuentos de duendes que tanto le gustaban.

Óscar Cerezo

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