Natacha  G. Mendoza

Amante del arte y la literatura. Reside en Canarias, donde encuentra la inspiración para escribir.

Fotografía de Rafal Michalak

JANE

A las cinco de la madrugada sonó el teléfono. Sí, todo fue un maldito infarto hasta que escuché su voz al otro lado. Ella lloraba, repetía y repetía que no podía vivir sin mí. "Nena, no" susurré. Siempre fui un tipo duro, un Tarzán sin Chita, nada de mujeres. A veces el remordimiento, pero no. Una ducha a las cinco y cuarto, María había dejado de llorar en este lado del teléfono. El ruido del neón del bar, insistía en ese corto en alguna letra. Me he adaptado a todos los sonidos de la soledad. Los acepto, y los convierto en silencio. Todo es un templo inquebrantable. Seis y sin pegar ojo. El sol ni lo intenta. Unos tacones se acercan por el pasillo. Alguna vecina regresa de una noche movida. Ruidos, llaves, un golpe. Siempre pensé que algún día la curiosidad me mataría. Seis y diez, la vecina se ha desvanecido en su rellano. Tal vez el alcohol, no sé, la meto en mi bañera, mojo su cara, le quito esos tacones que anunciaban su existencia. El rímel tiñe su rostro, le aparto el pelo. Seis cuarenta y cinco, el sol que hoy también, los primeros coches del sábado se extienden en esas bocinas y motores. Yo debería estar durmiendo. La vecina reacciona, vomita sobre mi mano, sobre su ropa, en mi bañera. Ojos negros, o pupilas de coca. Labios morados. Tiene frío. La limpio. Con un gesto le invito a quitarse la ropa mojada. Ella asiente. No hemos hablado, no ha hecho falta. Siete, ella sale del baño con la cara limpia y un pijama mío. El temporizador del neón, se ha dormido. Comienzan otros silencios. Ella sigue ahí, inmóvil, sujetando su ropa sucia. El teléfono de nuevo, es María. No contesto. Nos miramos. Y el silencio, y ella Jane... y Tarzán se había adentrado en la selva que lo mataría. 

Natacha  G. Mendoza

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