Natacha  G. Mendoza

Amante del arte y la literatura. Reside en Canarias, donde encuentra la inspiración para escribir.

Fotografía de MATRIOSKA

MATRIOSKA

Aún conservo aquella Matrioska que trajeron mis padres de Moscú. Recuerdo la sensación que recorrió mi pequeño cuerpo; una muñeca de madera, con aquella sonrisa tan fría. Me gustaba abrirla y sacar todas las mujeres que había dentro hasta llegar a la más pequeña. Las colocaba en fila, con sus caras hacia mí. Exactamente iguales, una se comía a la otra, y la otra a la otra, y la pequeña, esa mujer tan sola. Eso me causaba una preocupación que no entendía. Mi madre, para calmarme, decía que era el bebé, y siempre estaría vacía. Pero yo sabía que no era así, era una mujer, igual que las otras, el mismo peinado, la ropa, el gesto. Ahora, en esta soledad que habito, tengo a esa pequeña figura de madera en mi mesita de noche. No sé donde están guardadas las otras, tampoco me interesan. Esta diminuta mujer, que dejaron sola me acompaña. De alguna forma deseo llenarla de momentos, de estos momentos tan vacíos para mí.

Natacha  G. Mendoza

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