Óscar Cerezo

Óscar Cerezo nació en Madrid un verano de 1978, aunque el destino decidió que su estación favorita fuese otoño. Creador incansable, es el autor de Hacer el amor con palabras, con cuatro ediciones que avalan su éxito, y su actual trabajo El Mercader de Sentimientos, donde muestra una versión madura en su forma de escribir, con un estilo propio. Óscar Cerezo compagina su profesión de Policía y la responsabilidad como padre con su sentimental arte literario, donde como siempre se muestra a corazón abierto.

-La mancha-

Al principio solo era una mancha en la pared. Ahí, en el salón, detrás de la tele. Mi padre lo raspó y pintó de blanco, pero la mancha volvió a aparecer.

         A veces me sentaba en el sillón y la miraba aunque estuviese la televisión encendida. Nadie se había dado cuenta, pero la mancha se movía, como el segundero invisible de un reloj, pero mucho más despacio.

          Hubiese sido normal de no ser por la pelusa que empezó a cubrirla, eran pequeños pelos, como el musgo. La mancha había crecido y ya casi tocaba el suelo. Mi padre la raspó, raspó con fuerza y pintó de blanco. Al día siguiente la mancha volvió a aparecer. Era más grande, ya no se escondía detrás de la tele. Solo yo parecía ver como se movía. A veces, incluso me miraba.

        Un día, las pelusas se agrietaron y se volvieron costras. Las toqué, eran blandas, ásperas. Frías. Me marché del salón y no regresé hasta que los gritos de mi madre me asustaron y vi que la mancha estaba en el suelo, como si se hubiese caído de un cubo de pintura, agarrada sin manos al piso.

          Mi habitación era la que estaba más lejos del salón pero esa noche escuche un ruido. Algo crujía. Se estaba arrastrando. Me quedé quieto y con los ojos bien abiertos aunque solo veía negro. El crujido seguía sonando.

          Me levanté sin dar ninguna luz, palpando las paredes con mis yemas y andando muy despacio, descalzo, mirando sin poder ver, escuchando el zumbido de la nada. Salí al pasillo y  vi sombras sobre la puerta del dormitorio de mis padres. Estaban dormidos. Poco a poco llegué al salón. Me asomé desde el pasillo. La tele estaba encendida, pero no sonaba. La mancha no estaba en el suelo, tampoco en la pared.

           Avancé, no sentía los dedos de mis pies, salía vaho por mi boca y en silencio llegué hasta donde había estado la mancha. Llegué hasta el lugar desde el que vi un bulto junto al sillón, quieto, agazapado. Parecía un niño. Un niño que me miraba sin ojos, sin boca. Sin rostro. La televisión lo sesgaba con sus flashes de luz.

        No se si fui yo quien entró en él, o él quien entró en mí. Solo se que desde ese momento dejé de tener frío y mis padres. Mis padres siguieron durmiendo, con la puerta abierta, para siempre.

Óscar Cerezo

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