Desde el mar de Alborán 

Presina Pereiro

Nací a orillas de Mediterráneo, en Málaga, una ciudad de orígenes fenicios, cálida y acogedora. Soy licenciada en Filosofía y Letras. Investigadora sobre documentación original del siglo XVI. También funcionaria de la Junta de Andalucía. La Historia me apasiona, creo que sin conocerla es difícil avanzar en lo inequívoco. Sin embargo  esa no es mi única afición, me gusta leer, viajar, el cine, los debates, pintar, la fotografía y, sobre todo escribir. 

Lo cierto es que todas mis aficiones giran alrededor de la expresión; así es, necesito comunicar y comunicarme. Había publicado dos libros de investigación histórica y  una treintena de artículos de aportación a la historia del XVI, y, sin mejor motivo que llegar con más facilidad a los lectores, abandoné esa línea y me dedique a la narrativa, a la ficción literaria. Otra escritora, Carmen Bretones, ha dicho que hago historia como si fuese literatura y  literatura de la  historia, creo define mi estilo.    

Tomé la foto en Gdanz, Polonia, 2014.

Libertad de expresión/libertad de pensar

Le inquietaba lo que veía alrededor, temía que la historia fuese cíclica como dijo Toynbee, que estuviese tejida por inequívocas escenas repetidas en distintos escenarios y con nuevos actores. 

Abandonó las sábanas, dejo atrás una noche de insomnio, una noche gastada en revolver los recuerdos de otros, en revisar el pasado inmediato, en examinar el presente y en temer que el futuro repita la recurrente crueldad que siempre fue lo cierto. Se sabía amparado por una burbuja de espumas protectoras, pero ser fruto de espacios viejos no le permitía eludir responsabilidades; debía hacer algo más que solidarizarse con el dolor incoherente e inútil, que denunciar el absurdo de las muertes injustas, que temer la amenaza latente, debía considerarlo a fondo y tratar de impedirlo.

El color de las frutas en los puestos del mercado, el olor a tostadas y a bollos recién hechos, el brillo del pescado que ayer nadaba libre, no hacían presagiar un nuevo fracaso de la convivencia, al menos cerca de él. Eso quiso creer y buscó argumentos para justificarlo. Los había: el bienestar que acoge la opulencia, las superestructuras que protegen, la globalización que iguala, las enseñanzas mismas que suceden al  desastre…  No logró autoconvencerse, no ignoraba que ninguna de esas razones era nueva, que  fueron evidencias en todos los entornos  donde   el radicalismo se hizo  norma, en cualquiera de esos tiempos  en que surgieron radicales dirigentes que impusieron su radical ideología y guiaron a radicales ciudadanos por el estéril camino del radical nacionalismo supremacista, hasta la absurda autodestrucción en contiendas irracionales y aún más inhumanas.

No quería ser agorero; no se permitió imaginar que repetir el horror fuese acaso posible, se aferró a la esperanza de que el conocimiento preciso y veraz, de que el juicio crítico bastaban para cambiar la inercia, para evitar la comisión de los mismos errores, para favorecer el avance de la humanidad. Compró pan de pueblo, cocido a fuego lento en horno de leña, le pellizcó la esquina, pan de pueblo…, pan de pueblo en esta ciudad impía, pan de pueblo porque todo es posible en esta época rápida y comunicada, en esta época avasallada por los avances y la información profusa. Trató de no ahondar su pesimismo,   había llegado a una entente cordial  entre la confianza y los malos presagios. Compró un periódico, uno cualquiera, leyó despacio cada titular, cada opinión, cada blog, cada editorial y dejó que el calor del café se escapase como hielo que se derrite bajo el cálido sol de primavera. Cerró los párpados y se lamentó en silencio; esa información indispensable resultaba volátil,  humo que gira en  espiral incesante, parcial, excesiva y tan efímera que no le permitía elaborar la idea propia, tan dañina que le privaba de la   libertad más esencial: la de pensar. ¿Libertad de expresión sin pensamiento profundo, para qué?, ¿de qué sirve conocer el pasado si no es para avanzar? Pagó el café y siguió caminando.

© Presina Pereiro, diciembre, 2018.

Presina Pereiro

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