Pilar  Nicolás María

Pilar Nicolás María, nació un 13 de mayo en Valladolid donde reside. Ha ejercido durante varios años como profesora de formación profesional, participando en diferentes Congresos relacionados con el mundo educativo. Actualmente continúa en colegios y bibliotecas de diferentes provincias, dando conferencias sobre literatura, compaginado con la publicación de cuentos basados en refranes, en el periódico AG Castilla y León. Así mismo ha formado parte del jurado en el III concurso de Escritura de la Fundación Social ASVAI de Valladolid.

SOLO UNA COSA CONVIERTE EN IMPOSIBLE UN SUEÑO: EL MIEDO A FRACASAR

(Paulo Coelho)

Había una vez un joven cabrero que se sentía desilusionado y desanimado, ya que cada vez que iba al mercado, la leche de sus cabras, no se vendía como la de otros cabreros más veteranos. El joven se quejaba de que la leche de sus rumiantes no era tan buena como la de los otros y estaba desesperado, casi no compraba nadie la suya y eso le entristecía hasta el punto de querer dejar de ser cabrero.

Un día de regreso a casa después del mercado, se encontró a un buhonero descansando en el camino. El hombre al ver el semblante triste y apenado del muchacho, llamó su atención:

-¡Eh chaval! ¿Te pasa algo?

El muchacho casi con desgana, paró el carro y miró al hombre, que con gran determinación, estaba dando buena cuenta de un trozo de pan con chorizo.

-Pareces abatido- comentaba el buhonero.

-¡Ya lo creo!- contestaba el joven –Estoy desesperado.

-Bueno… no creo que sea para tanto- sugería el buhonero –En esta vida todo puede tener arreglo.

-¡Qué más quisiera!- contestaba el cabrero –Pero… creo que tengo mala suerte, eso, o me han echado un maleficio.

-Anda, anda, que cosas tienes- decía el buhonero quitando importancia a la desesperación que el joven parecía tener.  

-Usted qué sabrá de mi vida, pero le puedo asegurar que desde que recuerdo, nunca me ha salido nada bien y ahora que tengo que ganarme la vida, casi no puedo; la leche de mis cabras no es tan buena como la de los otros y no la compra casi nadie- explicaba el joven.

-A ver. Explícame que es eso de que nunca te ha salido nada bien, al margen de que la leche de tus cabras no se vende como la de los otros cabreros- proponía el buhonero. 

-Pues…- dudaba el muchacho –Casi no se leer ni escribir y poco de cuentas, así que siempre me han engañado.

-Pero eso tiene fácil solución, aprende a leer y escribir y sobre todo a hacer cuentas- planteaba el buhonero. 

-¡Huy! No fui capaz cuando era pequeño, así que dudo mucho que ahora lo consiga- aseguraba el joven.

-¡Pero bueno! Exclamaba el buhonero -¡Ni que tuvieras ochenta años!

-Ya… usted lo ve todo fácil, pero ¿cómo voy a aprender a leer y escribir si estoy tan preocupado por poderme ganar la vida? Ya le he dicho que mis cabras no me dan para vivir, su leche no tiene la calidad que los compradores exigen y no sé qué hacer para que mejore.

-Comprendo- casi susurraba el buhonero levantándose del suelo donde descansaba, para dirigirse al carromato que tenía parado al lado del camino –Te voy a dar algo que va a solucionar todos tus problemas. Cuando salió, se dirigió al joven con algo en la mano:

-Toma- dijo alargando el brazo y ofreciendo al chico una pequeña bolsa de tela blanca y un libro.

-¿Y esto qué es?- preguntaba atónito el muchacho –Ya le he dicho que no tengo casi dinero para vivir y menos para compras innecesarias.

-Tranquilo chaval, que no tienes que pagar por ello, es un regalo. Eso sí, lo tienes que mantener en secreto, nadie debe saber que te lo he dado, si se enteran, todos querrían ese polvo que hay en la bolsa y es muy escaso.

-¿Para qué sirve?- se interesaba el chico.

-Pues verás, son polvos mágicos, hacen que cambie la suerte de quien se los echa por encima, pero con un poco es suficiente. Todos los días al levantarte, rocíate con una pizca y tu vida cambiará radicalmente. ¡Ah! Y el libro es para cuando salgas con las cabras a pastar. Mientras ellas comen, tu puedes aprender algo, al fin y al cabo así se te hará el tiempo más corto y no creo que pierdas nada por intentarlo-  Refería el buhonero.

El muchacho no daba crédito a lo que estaba oyendo, pero tampoco estaba muy centrado, la preocupación le nublaba la mente, aun así, aceptó el regalo que aquel hombre le ofrecía, sin creerse del todo lo que le había contado. Eso de la magia era cosa de niños y de ignorantes y ¿un libro? ¿Para qué quería él un libro?  Pero intentado no agraviar al hombre que con tanto entusiasmo le ofreció aquello, guardó la bolsa en el bolso del pantalón y el libro lo puso en el asiento; dio las gracias al buhonero y continuó su camino.

Un mes más tarde, el buhonero de nuevo se encontraba descansando a la sombra de un árbol, cuando vio venir un hermoso carro tirado por un elegante caballo. La curiosidad le hizo mirar detenidamente, cuando se percató de que el carro aceleró la marcha, hasta que una vez llegó al lugar en que él se encontraba, frenó casi en seco, hasta hacer que el bello caballo casi se encabritara. ¡Era el joven que un mes antes, se encontraba triste y abatido! 

-¡Qué cambio has dado muchacho! No pudo reprimir la exclamación el buhonero.

El joven nervioso y entusiasmado, se bajó de aquel hermoso carro y se dirigió al buhonero: -¡Doy gracias al cielo por haberle encontrado! Llevo días buscándole.

-¿Tan imperiosa es tu necesidad que requiere de los servicios de un simple buhonero? 

-Así es, y es más que imperiosa, es cuestión de vida o muerte- aseguraba el muchacho.

-¡Por Dios! Explícate mejor que me estás asustando-  requería el buhonero.

-Pues verá- comenzó su relato el joven –Para ser sincero, cuando me dio aquellos polvos que decía eran mágicos, no le creí, así que pasé varios días sin prestarles atención, hasta que un día en que estaba al borde de la desesperación, decidí probar y me rocié como dijo al levantarme. El caso fue, que al salir de casa para ir de pastoreo con mis cabras, me pareció que el día era diferente, el sol brillaba más y me sentí con ganas de hacer algo distinto, total que me fui a otro monte un poco más lejos del que habitualmente llevo al rebaño. No estuvo mal, los animales parecían satisfechos y comían con más gana, así que decidí que los próximos días haría lo mismo. Pero lo sorprendente vino cuando fui un día al mercado. Un forastero se acercó a mi puesto y quiso probar la leche de mis cabras, se la di sin muchas expectativas, pero… de pronto su rostro se iluminó, dijo que era la mejor leche de cabra que jamás había probado. El resto de compradores al oír eso, se acercaron con curiosidad y quisieron probar también, asegurando que el forastero tenía razón, era una leche exquisita. El caso es que desde entonces, todo el mundo quiere leche de mis cabras, ¡fíjese que carro y caballo me he comprado! Además, he ganado suficiente para aumentar el rebaño y… ¿sabe una cosa? ¡He aprendido a hacer cuentas y ya sé escribir! Y todo esto se lo debo a usted, ya que aquellos polvos que me dio, han hecho posible que mi vida cambiara, por eso le buscaba, ya casi no me quedan y sin ellos seguro que vuelve mi desdicha. 

El buhonero comenzó a reír: -Jajajaja ¡Cuánto me alegro Muchacho! Pero he de confesarte algo. Los polvos que te di, no eran mágicos, solo era harina, sí, harina normal y corriente, producto de la molienda de una buena cosecha de trigo. 

-¡Eso es imposible!- decía el joven extrañado –Fue rociarme con ellos y todo cambió.

-Pues claro que todo cambió- aseguraba el buhonero –Pero fue porque tú lo hiciste. Según has referido, el día que te rociaste con los polvos, decidiste ir a otro monte, donde tus cabras, comieron un pasto diferente, lo que hizo que la leche fuera más sabrosa, antes te limitabas a lo fácil por miedo a cambiar y te quedabas siempre en el mismo lugar, sin embargo querías que tu vida diera un giro a mejor, el problema es que no tenías la suficiente fuerza de voluntad para hacerlo, los polvos lo único que hicieron fue darte esa confianza en ti mismo que te faltaba, porque querer cambiar tu suerte era lo que más deseabas.

-¿Entonces…?- se sorprendía el muchacho sin saber que decir.

-Muchas veces podemos hacer infinidad de cosas- comentaba el buhonero -Pero simplemente nos limitamos a la rutina, a lo que ya conocemos, a pensar que tenemos mala suerte, nos acostumbramos a compadecernos, sin darnos cuenta que todo está a nuestro alcance, solo hay que querer, poner un poco de voluntad y confianza y se puede conseguir. Eso es lo que te ha pasado a ti, tú querías cambiar, pero te faltaba el empujón que esos polvos que creíste mágicos, te dieron, de la misma forma que como te recomendé, fueras poco a poco echando un vistazo al libro y como bien has dicho, ya sabes de cuentas y hasta escribir y eso que te parecía imposible. No te hacen falta los polvos, nunca lo hicieron, solo era cuestión de que te dieras cuenta que si quieres algo, hay que luchar por ello sin miedo.    

Pilar  Nicolás María

© 2017 by www.hildafusion.com   

  • Facebook - Grey Circle
  • Instagram - Grey Circle
  • Twitter - Grey Circle
  • YouTube - Grey Circle