Pilar  Nicolás María

Pilar Nicolás María, nació un 13 de mayo en Valladolid donde reside. Ha ejercido durante varios años como profesora de formación profesional, participando en diferentes Congresos relacionados con el mundo educativo. Actualmente continúa en colegios y bibliotecas de diferentes provincias, dando conferencias sobre literatura, compaginado con la publicación de cuentos basados en refranes, en el periódico AG Castilla y León. Así mismo ha formado parte del jurado en el III concurso de Escritura de la Fundación Social ASVAI de Valladolid.

NO VENDAS LA PIEL ANTES DE CAZAR EL OSO

En un pueblo castellano, los habitantes además de vivir de la agricultura o ganadería, cuando llegaba el final de otoño y ya entrado el invierno, se dedicaban con orgullo a la búsqueda y recolección de las famosas trufas negras. Tenían que trasladarse hasta los bosques de encinas, que aunque en la comarca, no estaban cerca, y eso en los fríos días de invierno, suponía una gran voluntad y abnegación, pero la fama y repercusión que estos manjares tenían, así como la recompensa económica, estimulaban el esfuerzo y sacrificio que algunas veces provocaba, ya que incluso permanecían varios días fuera de sus hogares. 

Entre estos buscadores de trufas, había uno muy especial. “Calixto”. Era conocido en todo el pueblo por ser el que encontraba las más grandes y sabrosas. Nadie sabía dónde, pero de lo que sí tenían constancia, era del buen olfato de su perro, verdadero protagonista de su fama.

Había comenzado el otoño y todos se preparaban para la esperada búsqueda de lo que consideraban diamantes negros, por el precio que podían llegar a adquirir en el mercado.

Una mañana apareció en el pueblo un forastero, que con mucha inquietud, preguntaba por Calixto.  Por supuesto todos conocían a su vecino, así que indicaron al extraño personaje, la vivienda de su conciudadano.

Cuando el forastero llegó a casa de Calixto, le abrió la puerta su mujer, él preguntó por su marido, ella le advirtió que no se encontraba en ese momento en casa, pero el hombre insistía en que tenía que hablar con él. La mujer con desdén le indicó que se hallaba en el establo, un viejo habitáculo de madera a lo lejos. El hombre agradecido, se despidió y tomó el camino al lugar señalado por la mujer. Cuando llegó, se asomó tímidamente por el portón entreabierto y pronunció el nombre de Calixto con algo de timidez, no se atrevía a entrar, no olía a rosas precisamente el sitio. Calixto extrañado al no reconocer la voz, miró curioso quien podía ser el que le requería. El hombre insistía: -¿Es usted Calixto?

Calixto ante tanta insistencia, dejó lo que estaba haciendo y se dirigió a la puerta donde el extraño esperaba: -Sí, soy yo ¿y usted quién es?- preguntaba el ganadero casi desafiante.

-Me llamo Santiago de la Rosa y vengo de muy lejos, pero si es usted la persona que busco, habrá merecido la pena tan largo viaje- explicaba el forastero.

-Pues si no me dice qué es lo que quiere, no le puedo decir si soy a quien busca- contestaba con desgana Calixto.

-Según tengo entendido, usted es el mejor trificultor de la comarca- aseguraba el hombre. -Me refiero a que según dicen, es usted el mejor buscador se trufas de estas tierras.

-Bueno, al menos siempre encuentro las más grandes y sabrosas, si es a eso a lo que se refiere- contestaba Calixto orgulloso.

-Exactamente, a eso me refiero y por eso estoy aquí- Ratificaba el enigmático personaje. 

-Bien, pues usted dirá- Le instaba Calixto para que se explicara.

El hombre quería que Calixto le buscara al menos cinco trufas grandes y sabrosas, su padre estaba a punto de cumplir 80 años, y quería hacerle un regalo especial, degustar ese delicioso manjar, por eso al conocer su fama, quería que fuera él, el que cumpliera su deseo. Sabía que era pronto aún para buscar las tan ansiadas trufas, pero al parecer había oído, que incluso antes de finales de otoño, él había sido capaz de encontrar tan codiciada exquisitez.

Calixto vanidoso, reconocía que así era, pero… en esta ocasión resultaba un poco complicado. Como bien había dicho, aún no era la mejor época, y para lograr el cometido, tendría que ir más lejos, teniendo que ausentarse varios días de casa y en esos momentos se tenía que encargar del ganado, sobre todo de una vaca que estaba a punto de parir, tenía que procurar que todo fuera bien ya que ese ternero le supondría un dinero extra que les vendría muy bien. No podía abandonar lo que consideraba su verdadero trabajo. 

El hombre consciente del esfuerzo que le supondría, estaba dispuesto a recompensar la ardua tarea, tan generosamente, que con la remuneración que le ofrecía, tendría para vivir todo el año de forma desahoga. Además, estaba decidido a darle el dinero en ese momento, confiaba en que el compromiso adquirido fuera suficiente para cumplir su palabra.

Calixto no reaccionaba, por un momento pensó que era una broma, pero cuando el forastero sacó una bolsa llena de monedas de oro, Calixto se quedó sorprendido. No sabía qué decir. Así que la codicia se impuso y sin pensarlo dos veces, accedió a su petición. Cogió el dinero que aquel hombre le ofreció y le advirtió que al menos tardaría un mes en llevar a cabo la misión, eso si quería las más grandes y sabrosas. El forastero estuvo de acuerdo, la onomástica de su padre era dentro de mes y medio, así que quedaron en verse de nuevo en 30 días.

Una vez se marchó el forastero, Calixto sin creer lo que acababa de pasar, se dirigió raudo a casa. Una vez allí explicó a su mujer lo que había pasado, mostrando la gran cantidad de monedas de oro que aquel hombre le entregó. Su mujer enfadada, le recriminaba su poco juicio al aceptar un dinero, sin tener aún la certeza de conseguir el encargo, además, su preciado perro Canelo, estaba enfermo y sin él poco podría hacer para encontrar las trufas, pero Calixto quitaba importancia a sus cometarios, diciendo que para eso estaba Peloso, el vástago de Canelo y al que llevaba casi dos años entrenando, seguro que era digno hijo de su padre. Su mujer insistía en que Peloso era joven y nervioso, por muy entrenado que estuviera, era pronto para ir solo con él. Calixto no atendía a razones, estaba convencido de que lo conseguiría, no había porque preocuparse. Así que cortando tajantemente la discusión, dijo que se marchaba.

Cuando regresó, su mujer no daba crédito a lo que veía. ¡Calixto venía con 6 hermosas vacas! -¡Pero qué has hecho!- se quejaba su mujer poniendo el grito en el cielo. Calixto contento y orgulloso, explicaba a su consorte que eran suyas, las acababa de comprar con el dinero que le dio el forastero y además, le había sobrado lo necesario para contratar los servicios de Secundino cuando la vaca fuera a parir. 

La mujer reprochaba a su marido la irresponsabilidad de gastar un dinero que todavía no se había ganado y él, quitando importancia a las recriminaciones, advertía que se tenía que preparar para salir cuanto antes, el otoño estaba siendo muy lluvioso y eso retrasaría la tarea.

Al cabo de dos días, Calixto salía de casa con su perro Peloso camino del bosque de encinas. Dijo que uno o dos días antes de cumplir el plazo dado por el forastero, estaría de regreso, y sin más desapareció en el horizonte. 

Faltaba un día para que el mes convenido se cumpliera, y Calixto aún no había regresado. El forastero ávido de ver las ansiadas trufas, había llegado el día anterior y al igual que la esposa de Calixto, esperaba con inquietud su vuelta. Pero Calixto, tampoco llegó ese día. -Seguro que hoy aparece- decía su mujer, a la vez que notaba en aquel extraño personaje un ápice de impaciencia. Pero para desesperación de ambos, Calixto tampoco volvió el último día del plazo acordado. Su mujer estaba preocupada, su esposo era hombre de palabra y el forastero aunque impaciente, decidió esperar un día más. Pero Calixto tampoco regresó. Y así pasó una semana más. La mujer angustiada ante la posibilidad de que hubiera ocurrido una desgracia, decidió pedir ayuda a sus vecinos, los cuales salieron al bosque en su busca. 

Pasados casi diez días, los vecinos regresaban con un Calixto abatido y lleno de magulladuras, mientras su perro Peloso, parecía contento y satisfecho. Su mujer asustada quiso saber qué había pasado y Calixto relató su odisea:

Según él, cuando llegó al lugar después de un largo recorrido, encontró gracias a Peloso, unas buenas trufas; estaba satisfecho así que emprendió el camino de regreso, pero… un descuido unido a lo resbaladizo del terreno, hizo que callera rodando por la ladera del monte. Sólo sufrió las contusiones que se veían, pero debido a la caída, las trufas salieron de la bolsa donde las guardaba. El caso fue, que Peloso al ver caer a Calixto, fue tras él y cuando vio las trufas desperdigadas por el suelo, mordisqueó una y pareció gustarle tanto, que acabó con todas antes de que Calixto pudiera reaccionar e impedirlo. Desesperado regresó al mismo sitio donde encontró las otras, con intención de recoger más para cumplir el compromiso, pero Peloso, que había cogido  gusto a eso de comer trufas, cada vez que encontraba una, la engullía tan apresuradamente que Calixto no pudo hacer nada por evitarlo. Y allí le encontraron sus amigos, desesperado al ver que no podría cumplir el convenio pactado.

Pero eso no fue lo peor, ya que su mujer, explicó que el forastero, ante la larga ausencia, decidió romper el trato, reclamando el dinero que le había adelantado y cuando ésta le contó que no lo tenía ya que Calixto lo había invertido en comprar 6 vacas y pagar a alguien para que ayudara a parir a la vaca, el enigmático caballero, sintiéndose engañado, reclamó las 6 vacas y el ternero en compensación por el dinero adelantado, llevándose el ganado al considerar que era suyo. 

Nunca gastes  un dinero que no tengas, o no sea tuyo, y más, cuando aún no lo has ganado. 

Pilar  Nicolás María

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