Pilar  Nicolás María

Pilar Nicolás María, nació un 13 de mayo en Valladolid donde reside. Ha ejercido durante varios años como profesora de formación profesional, participando en diferentes Congresos relacionados con el mundo educativo. Actualmente continúa en colegios y bibliotecas de diferentes provincias, dando conferencias sobre literatura, compaginado con la publicación de cuentos basados en refranes, en el periódico AG Castilla y León. Así mismo ha formado parte del jurado en el III concurso de Escritura de la Fundación Social ASVAI de Valladolid.

LA EXPERIENCIA ES LA MADRE DE LA CIENCIA

     En una pequeña aldea de una comarca agrícola, vivía un hombre dedicado al cultivo de guisantes. Ese año la madre naturaleza había sido generosa con el clima, proporcionando el sol y la lluvia necesarios para que las cosechas fueran abundantes. 

     Al igual que sus vecinos, este labrador se sentía satisfecho al ver su guisantal  lleno de verdes y florecientes matas cargadas de vainas rebosantes de tiernos frutos. Estaba entusiasmado, ese año recogería el doble que el año anterior. 

     Los días los pasaba cuidando su cosecha. Diariamente removía ligeramente la tierra para que no se apelmazara y las plantas absorbieran mejor el agua y los nutrientes. Con suma paciencia quitaba las malas hierbas y esperaba ansioso la total maduración de aquella abundante cosecha de guisantes.

     Uno de esos días alguien llamó su atención. Un anciano, de apariencia pobre y desaliñada, desde el otro extremo del terreno, hacia señas con la mano para que se acercara. Intrigado, se acercó al hombre que con semblante cansado solicitaba su ayuda.

-¿Necesita algo anciano?- preguntó amablemente el labrador.

     El anciano, con voz entrecortada por falta de aliento, solicitó por caridad un poco de agua. El labrador, al ver el lamentable aspecto de aquel hombre, sintió la necesidad de ofrecerle no solo agua, sino también reposo y alimento. Con esta intención  invitó al anciano a su humilde cabaña.

     El anciano descansó, sació su hambre y sed, y con infinito agradecimiento excusó su pobreza, que le  impedía poder pagar tan grata hospitalidad. El labrador negó toda intención de cobrar lo que consideraba una obligación hacia un fatigado viajero, y se interesó por su viaje y situación: 

     -Y dígame noble anciano, ¿hacia dónde se dirige?
    -Me dirijo a la comarca del sur, a las tierras altas; quiero encontrar a un amigo que hace años emigró a ese lugar, y con el que perdí todo contacto- respondió apenado el anciano.
      -Pero, ¿no es un largo viaje para un hombre de su edad?- se interesó el labrador.
    -La verdad es que sí- afirmó el anciano. –Pero a lo largo de estos años, las obligaciones para con mi familia impedían que me ausentara de mis tierras. Al igual que usted, toda mi vida la he dedicado al campo, a la labranza; hasta ahora, cuando mis hijos ya mayores, se ocupan de esas tareas.
     -¿Y puedo preguntar por su falta de provisiones? Un poco de agua al menos siempre es necesario cuando se emprende un viaje- aseguró el labrador. 
    -La carencia de comida y agua no ha sido falta de previsión, sino un simple descuido, que unido a mi torpeza por la edad ha hecho que el zurrón que portaba, con unos buenos trozos de pan y queso, así como una pequeña bolsa con unas cuantas monedas, cayeran por la ladera de una montaña, arrastrando a su vez la calabaza que contenía el agua- relató apenado el anciano.
    -Siento mucho ese percance, pero aunque, como puede ver, mi condición es humilde, estaré encantado de compartir con usted lo que tengo, para que pueda terminar su viaje- propuso el generoso labrador.
    -Agradezco su ofrecimiento- afirmó complacido el anciano. –Pero no quisiera privar a su familia del sustento que pueda necesitar.
    -No se preocupe- contestó tranquilo el agricultor –Como habrá visto, la cosecha de este año es más que abundante, es el doble que otros años.
    -Sí, realmente es buena cosecha, y falta poco para recogerla, pero, agradeciendo su generosidad, me gustaría hacerle una advertencia- comentó con cierto misterio el anciano-: si mal no calculo, no antes de veinte días, recogerá la cosecha, ¿Es así? 
    -Así es- respondió el labrador-. Parte de las matas acaban de florecer y como sabrá, para que el guisante sea bueno y esté en su punto, la cosecha debe recogerse casi un mes después de haber florecido- terminó de explicar el intrigado labrador.
    -Cierto, pero yo le sugeriría que la recogiera en diez días- propuso seguro el anciano
    -No entiendo la prisa- dijo desconcertado el labrador-. Además, si así lo hiciera, perdería la mitad de la cosecha, ya que el grano no habría alcanzado el punto de maduración necesario para la venta.
    - Me doy cuenta de ello, pero si no la recoge en ese tiempo, la perderá entera- afirmó el anciano.
    -Sigo sin entenderlo- argumentó con curiosidad el labrador.
    -La verdad es que aunque no lo crea, puedo decir con certeza, que en un plazo no superior a quince días, habrá una tormenta de pedrisco que arrasará todo a su paso- aseguró rotundamente el anciano.

     Aquel generoso y buen labrador, no daba crédito a las palabras que con tanta seguridad pronunció el anciano, y con educación intentó sacarle de lo que consideraba un error:

  -Siento contradecirle buen hombre, pero llevo mucho tiempo trabajando en el campo y sé  cuándo se avecina una tormenta;  puedo asegurar que eso no va a suceder.
    -Más siento yo negar lo que da por cierto, pero si usted lleva muchos años en el campo, por edad, llevo yo más- dijo el anciano.

     El pobre labriego, confuso, insistía en que el cielo no daba signos de una tormenta próxima y el anciano, con mucha seguridad, insistía en que sí, haciendo alusión al comportamiento de las aves. Los dos seguían con sus razones, así que el anciano, dejó a juicio del labrador la decisión de recoger la cosecha y agradeció la buena acogida despidiéndose amablemente para continuar su viaje.

     El labrador quedo dudoso ante la advertencia tan rotunda del desconocido anciano y decidió comentar con su vecino, labrador también, el consejo que aquel hombre le había dado.

     Cuando le contó la proposición del anciano, el otro labrador rio incrédulo: él tenía experiencia en cuestiones de clima y podía asegurar que no habría ninguna tormenta por lo menos en un par de meses, y no estaba dispuesto a perder más de media cosecha por los desvaríos de un viejo. Sin embargo, el buen labrador seguía dudando: el anciano parecía estar muy seguro y como bien dijo, llevaba muchos años en el campo, más que ninguno de los dos. Ante la duda, decidió recoger la parte de la cosecha que estaba casi madura y dejar la recién florecida que estaba sin madurar. Si no había tormenta, terminarían de adquirir su punto y si el pedrisco caía y destrozaba lo que quedaba, no perdería tanto, ya que no podría vender los guisantes no maduros.

     Al cabo de doce días, como bien dijo el anciano, el cielo retumbó y pareció caerse. El granizo destrozó todo a su paso, los campos quedaron tapados por un manto blanco, que al golpear las plantas, dejó los tiernos granos de los guisantes completamente deteriorados.

     Pasada la tormenta, el buen labrador se presentó en casa de su vecino, el cual  llorando apesadumbrado se arrepentía por haber considerado desvaríos, los sabios consejos de un experimentado anciano. No había recogido nada de la cosecha y había perdido todo. Por el contrario, el generoso labrador salvó más de media.

     Al igual que al otro labrador, a veces la juventud o la creencia de un sobrado conocimiento, nos hace ver como desvaríos los consejos que nuestros mayores dan, sin pensar que la experiencia da sabiduría. 

Publicado en el libro: Jugar con Refranes.

Pilar  Nicolás María

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