Pilar  Nicolás María

Pilar Nicolás María, nació un 13 de mayo en Valladolid donde reside. Ha ejercido durante varios años como profesora de formación profesional, participando en diferentes Congresos relacionados con el mundo educativo. Actualmente continúa en colegios y bibliotecas de diferentes provincias, dando conferencias sobre literatura, compaginado con la publicación de cuentos basados en refranes, en el periódico AG Castilla y León. Así mismo ha formado parte del jurado en el III concurso de Escritura de la Fundación Social ASVAI de Valladolid.

Ciencia Ficción

SOLO VEMOS LA PAJA EN OJO AJENO

     Cerca de un pueblo castellano, había un monte inmenso y muy frondoso. En ese bosque habitaban todo tipo de animales, incluida una gran colmena poblada por innumerables abejas. Se encontraba en lo más profundo del terreno forestal y esos laboriosos insectos, se dedicaban año tras año a producir una de las más puras mieles de la comarca.

     Acababa de comenzar la primavera y las larvas ya habían salido del huevo, en pocos días se convertirían en jóvenes obreras, con una misión muy específica:

     -Si queréis ser buenas recolectoras- comentaba una abeja adulta, la cual sería su instructora hasta que terminara el nuevo periodo larvario y ellas estuvieran preparadas para salir al exterior. –Debéis construir el panal, limpiar y pulir las celdas, alimentar a las nuevas larvas y a la reina, controlar la temperatura, evaporar el agua del néctar hasta que tenga la consistencia de una miel espesa y otras muchas cosas. 

     -¡Madre mía!- se quejaba una de las jóvenes abejas.

     -Pues sí que empezamos bien, tampoco es para tanto- murmuraba otra de las recién salidas de la larva. 

    -¿Alguien tiene algún problema?- preguntaba la instructora.

     -No, no- contestaban todas.

     -Me parece perfecto- proponía la tutora. -Porque las que no hagan bien sus tareas, significará que no pueden salir al exterior a recolectar néctar, polen, agua… ni ser defensoras de la colmena, el más alto rango después de la reina. Y es que tenéis que estar bien preparadas, ya que nuestra misión no es sólo limitarnos a hacer miel y cera, somos imprescindibles para polinizar los cultivos de frutas, hortalizas, vegetales forrajeros y plantas no cultivadas que impiden la erosión del suelo. 

     -Seré la primera en salir- comentaba la misma que poco antes reprochaba a su compañera las quejas. –A mí no me importa trabajar duro, aprendo rápido y me gusta hacer las cosas bien.

     -Eso es lo que espero de todas- aconsejaba la instructora.

     La joven abeja se irguió orgullosa, miraba a sus compañeras con cierta vanidad, estaba convencida de que ella sería la mejor.

     El resto no decía nada, la miraban casi con envidia, era mucho el trabajo, pero si ella lo podía hacer, las demás pensaron que también.

     Y así comenzó la primera jornada laboral. Como la instructora indicó, empezaron por construir el panal. 

     Cada una se encargaba de una parte. Tenían que pulir las celdas, diferenciando las que serían para las obreras, más pequeñas y dispuestas en horizontal, de las que pertenecerían a las futuras reinas, más grandes y con una cantidad considerable de jalea real para que el huevo se adhiriera al techo, así no caería al suelo y se podría alimentar mientras durara el periodo de incubación, cosa que con las obreras no pasaba, ya que solo se alimentaban de jale real los dos primeros días.

     Todas se afanaban por hacer el trabajo lo mejor posible. La que tanto presumía decía:

     -Tampoco es para tanto, una vez  le coges el truco, es fácil. Lo que os pasa a vosotras es que no ponéis interés. 

     Sus compañeras la miraban con recelo. 

     -¿Pero qué se cree esa?- se quejaba una.

   -A nosotras también nos gusta este  trabajo, pero son muchas cosas y hay que poner mucho cuidado para hacerlo sin equivocarse- comentaba otra. 

     -Esa es que es muy lista- aseguraba una más.

     En ese momento llegó la instructora:

     -¡Qué pasa aquí!- exclamaba enfada. ¿Es que nadie tiene nada que hacer?

     Sin hacer ningún comentario, cada una se fue a sus labores, pero entre ellas consideraban que esa abeja era un poco engreída, se creía la mejor ya que terminaba antes que nadie, sin embargo aunque ellas tardaban un poco más, también sabían hacer su trabajo.  

     Los días pasaban y la “lista” como ya se la conocía en toda la colmena, seguía pavoneándose de ser la mejor, incluso criticaba el trabajo de sus compañeras:

     -Parece mentira, con la de tiempo que llevan haciendo lo mismo y aún no han aprendido a desempeñarlo bien.

     -¿Puedo saber qué es lo que no sé hacer bien?- preguntó una compañera.

     -Extraer toda el agua del néctar, por ejemplo. –Advertía con orgullo la “lista” -No sé si te has dado cuenta que esta miel no tiene la consistencia necesaria.

     -Ah ¿y la tuya si?- cuestionaba la aludida.

     -¡Por supuesto!- exclamaba con orgullo la “lista”

     De pronto y antes de dar tiempo a que la otra contestara, apareció la instructora:

     -¿Se puede saber qué pasa?- preguntó contrariada.

     -Nada- decía altiva la “lista”. –Solo estaba dando un par de consejos a mi compañera, para que hiciera mejor su trabajo y la miel fuera perfecta.

     -Y yo pienso que no hace falta, ya que creo que mi trabajo está bien hecho- aseguraba dicha compañera.

     La tutora miró detenidamente la labor de la joven abeja y dijo:

     -Esto  está bien hecho, la miel tiene la consistencia justa.

     -Yo opino que si extrajera un poco más de agua, quedaría mejor–advertía la “lista”

     -Pues ahora te voy a dar un consejo yo a ti- replicaba la monitora. –Si no criticaras tanto el trabajo de las demás, te habrías dado cuenta de que en algunas celdas destinadas a las futuras reinas, no has puesto suficiente jalea real y se están cayendo los huevos, así que más vale que te espabiles y dejes de juzgar lo que ni tú sabes hacer bien.

     La “lista no supo qué decir, había hecho algo mal y era de vital importancia. Se marchó avergonzada bajo la atenta mirada de sus compañeras a las que tanto había criticado su falta de interés y trabajo, las cuales veían cómo por fin, alguien le había dado una buena lección.  

     Muchas veces juzgamos a los demás sin tener en cuenta nuestros actos. Nos creemos perfectos cuando no lo somos. Por eso, antes de hablar, criticar o calificar a alguien, deberíamos pensar en cómo hacemos nosotros las cosas, pero sobre todo, tener en cuenta que nunca somos los más listos, siempre queda algo por aprender. 

Pilar  Nicolás María

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