Pilar  Nicolás María

Pilar Nicolás María, nació un 13 de mayo en Valladolid donde reside. Ha ejercido durante varios años como profesora de formación profesional, participando en diferentes Congresos relacionados con el mundo educativo. Actualmente continúa en colegios y bibliotecas de diferentes provincias, dando conferencias sobre literatura, compaginado con la publicación de cuentos basados en refranes, en el periódico AG Castilla y León. Así mismo ha formado parte del jurado en el III concurso de Escritura de la Fundación Social ASVAI de Valladolid.

SI TIENES MUCHO, DA MUCHO; SI TIENES POCO, DA POCO; PERO

DA SIEMPRE

     En un pequeño pueblo, los días transcurrían tranquilos y rutinarios; el campo, el cuidado del ganado y los pequeños huertos, alguna charla ocasional en la plaza y las partidas de dominó los domingos en la tasca de la villa.

     Pero un día, apareció un forastero. Era un hombre joven, muy delgado, desaliñado, con aspecto fatigado y algo sucio, parecía venir de lejos por lo desgastados que tenía los zapatos. El caso es que los pocos habitantes de aquel pequeño pueblo, miraban con recelo a ese hombre que sin mediar palabra, caminaba por la calle.

     Ya casi a la salida, una mujer se encontraba en la puerta de su casa regando unos tiestos que tenía en el alféizar de la ventana. El hombre se acercó a ella y dijo:

     -Por favor, ¿podría darme un poco de agua?

     -Por supuesto- respondía la mujer. –Espere que le saco agua fresca.

     -No se moleste- comentaba el forastero. –Si deja caer un poco de la regadera en mis manos, es suficiente.

     -¡Qué dice!- contradecía ella. -¡Cómo le voy a dar agua de la regadera! Seguro que está sucia después de regar casi todos los tiestos, espere que le traiga agua fresca y limpia.

     -No quiero molestar- argumentaba él.

     -Eso no es ninguna molestia. 

     El joven se quedó en la puerta esperando a que la mujer saliera con su tan ansiada agua, cuando apareció un hombre:

     -Muy buenas- saludó el recién llegado. -¿Quería usted algo?

     -Buenas- correspondió el forastero. –He pedido un poco de agua a la señora que estaba regando los tiestos y me ha ofrecido agua fresca que ha ido a buscar.

     -¡Ah! Pues entre, que hace calor y dentro podrá saciar la sed y estará más fresco.

     El forastero le miró con extrañeza, algo que aquel hombre noto y trató de explicar:

     -Tranquilo, esta es mi casa y la señora que le ha ofrecido agua fresca es mi mujer.

     -Como ya le he dicho a ella, no quiero molestar.

     -Sosiéguese que no es molestia, yo vengo del campo y estoy cansado por el calor, no considero apropiado dejar que usted se quede aquí solo, pase,  pase- insistía el hombre cediéndole el paso.

     El forastero aceptó y al entrar se encontró con la mujer que con una jarra y un vaso, se disponía a ir a la puerta para saciar la sed de aquel joven. El marido comentó que le había invitado a pasar y así además de beber, podría descansar un rato, parecía agotado.

     El forastero explicó que así era, estaba cansado, debía hacer un largo viaje y debido a sus escasos recursos, lo tenía que hacer caminando, por eso su aspecto; era el polvo del camino, el cual se quitaba cuando encontraba un riachuelo.

     El matrimonio se interesó por los víveres para el trayecto, ni siquiera llevaba equipaje. Él hombre explicó que solía comer bayas y frutos silvestres. Al decir esto los dos se sobresaltaron, ¿un viaje largo y sin comer algo sólido? ¡A ese paso no llegaría a su destino! Así que le propusieron que descansara un poco, en breve cenarían, tenían que madrugar para ir al campo y atender los pocos animales que les proveían de sustento, además podía asearse y le ofrecieron algo de ropa, la que llevaba estaba rota y desgastada, eso sí, le advirtieron que no era gran cosa, sus bienes no eran abundantes, pero era ropa limpia y cuidada, lo que no podían darle eran unos zapatos, ya que ni el marido tenía unos de repuesto, de hecho le mostró las sandalias de su hijo, estaban atadas con cuerdas, se le habían roto y hasta que no vendiera la cosecha, no tenían dinero para comprarle unas nuevas.

     El forastero agradecía lo que le ofrecían, pero repetía que no podía aceptar tanto y menos sabiendo que a ellos no les sobraba, solo deseaba beber un poco de agua y continuar su camino. El matrimonio insistió tanto que el joven no pudo rechazar tanta generosidad y aceptó, al menos cenar y asearse un poco. 

     Cuando terminaron de cenar, al joven le había cambiado el semblante, se notaba que hacía tiempo que no comía nada sólido. Se había aseado y cambiado de ropa, ahora parecía otro, estaba tan agradecido que no sabía cómo pagar tanta generosidad. El matrimonio no quería nada, solo que aceptara pasar allí la noche y descansar en una cama, que según dijo hacía tanto tiempo que dormía al cobijo de los árboles, que ya no recordaba ni cómo eran.

     El joven al ver que no le dejarían marchar esa noche, accedió y se quedó allí a dormir.

     A la mañana siguiente, cuando salió el forastero de la alcoba que le cedieron, se encontró a la mujer preparando un aromático café y un agradable olor a pan recién hecho que le ofrecía, además, le había preparado un paquete con víveres para el camino, después le invitó a sentarse a la mesa; su marido llegaría en un momento. Estaba abrumado por tanta atención y consideración, cuando entró el marido preguntando cómo había pasado la noche. El joven no tenía palabras para expresar el agradecimiento, así que sin decir nada, puso encima de la mesa, las sandalias del hijo arregladas.

     El matrimonio asombrado preguntaba  cómo lo había hecho, el joven explicó que vio cordel y se le ocurrió que con un poco de manteca y una aguja, podría arreglarlas, así pagaría de alguna forma todo lo que habían hecho por él.

     Los dos decían que no era necesario pagar nada, seguro que no había dormido remendando las sandalias de su hijo, siargo el joven les dijo que no era pagar, sino agradecer la confianza que le habían demostrado al abrirle su casa sin saber quién era, podía haber sido un ladrón.

     Los dos esbozaron una leve sonrisa.

     -¿Un ladrón?- cuestionaba el marido. –En primer lugar aquí hay poco que se pueda llevar un ladrón y en segundo lugar, para robar no hace falta dejar entrar a nadie en casa, los ladrones entran sin ser invitados, incluso te pueden asaltar en la calle. Además, si por miedo o desconfianza, dejamos de ayudar al que lo necesita, ¿no seriamos nosotros los ladrones? Ya que eso significaría que hemos perdido la humanidad.  

Pilar  Nicolás María

© 2017 by www.hildafusion.com   

  • Facebook - Grey Circle
  • Instagram - Grey Circle
  • Twitter - Grey Circle
  • YouTube - Grey Circle