Relatos por:

Adrían Henríquez

Adrián Henríquez (Villa Clara, Cuba, 1987) graduado de la escuela de arte Manuel Ascunce Domenech en la especialidad de teatro. Dedicó sus primeros años de graduado a desempeñarse como actor, director y guionista de diferentes proyectos y obras teatrales. En el 2009 ante la irresistible situación económica y política de su país, escapa de Cuba por México, pidiendo asilo político en los Estados Unidos. Como todo nuevo emigrante ha trabajado en múltiples oficios, desde cocinero en una Mcdonald’s, cargador de maletas, vendedor de pasajes en una compañía de ómnibus, limpiador de cine o estibador de computadoras Dell, nada de los cual lo ha alejado de su pasión, los libros y escribir. Aficionado a todo tipo de Artes Marciales, y adicto a las peleas de la UFC, reside con su esposa en Nashville, Tennessee. En el 2015 finaliza su primera novela, A la captura del Shadowboy, un relato que sumerge a los lectores en una aventura de espías y acción con un trasfondo histórico que ha cautivado a todos sus lectores…

El 2018 es un año bien productivo.

Lanza la segunda parte de su saga de espías basada en la vida del mítico Shadowboy.

Al rescate de Irina, en esta nueva entrega traslada al lector hacia el intrincado mundo de las esclavas sexuales bajo el control de los cárteles mexicanos.

 

La tercera entrega llega unos meses después, Alianzas, en ella continúa la saga… en está ocasión con nuevos personajes que se unen a la trama.

 

También publica ese mismo año la novela gráfica basada en su primera novela; A la captura del Shadowboy. Con ilustraciones creadas por la pintora Dianely Reyes Oliva, y el pintor Ruben Alejandro Vallejo.

 

El último contrato, es su cuarta novela, también terminada meses después y disponible en Amazon desde julio.

Capítulo 1
Noche sin sonidos

(Orangeville, Florida)

Max Miller abrió los ojos presintiendo que algo no iba bien. ¡Qué cojones! Algo terrible iba a pasar en los próximos minutos, o segundos. Sus sentidos—tensados como cuerdas de piano debido a las tantas horas de entrenamiento como miembro élite de los Marine Force Recon—, le alertaron que tanta oscuridad y silencio no era más que el preludio de un ataque inminente.

De haber estado en Afganistán automáticamente abría sujetado su HK416 contra su pecho y lanzado la voz de alarma, pero estaba en los Estados Unidos “a salvo”, en su habitación y con su esposa dormida a su lado.

Bueno, «dormida a su lado» no era el término que Max hubiera escogido. Emma Miller, con su enorme panza de seis meses de embarazo, dormía más bien encima de él que a su lado. Un brazo sobre su pecho, una pierna en su abdomen y la presión de la barriga contra sus costillas, al punto que Max sintió las pataditas del bebé.

—Cariño, estas sudando. —En la oscuridad Miller observó el rostro de su esposa perlado por las gotas de sudor.

—Ya, shh, cállate… déjame dormir —gruñó Emma.
Miller le dio un beso en la frente y le apartó los cabellos que se le habían pegado al rostro. «¡Qué calor está haciendo! El aire debió de apagarse».

Como si estuviera desactivando una mina, se desprendió del abrazo de Emma. Con suma delicadeza movió su almohada y se la puso bajo el brazo—era un vano intento de engañar el nuevo hábito de su esposa—, pero por lo menos esta vez le funcionó. Apretó el botón de su reloj esperando que la pantalla fosforescente le indicara la hora, pero este ni parpadeó.

«No lo puedo creer, ¿se le acabó la pila?»
Hacía dos años que Emma, por su regalo de cumpleaños, le había regalado un Casio G-Shock Edición Limitada. El reloj debió costarle una pequeña fortuna. Max lo estimó en unos $700 dólares, eso para quedarse corto. Como fuera, su esposa nunca le dijo el precio real. A fin de cuentas, Emma se lo podía permitir. Era enfermera —jefa de sala— en un hospital privado, con lo cual ganaba casi el doble de su salario como Marine. Aunque nunca lo admitió, Miller sabía que el costo valió la pena, ya que usó el reloj en operaciones de submarinismo a más de cien metros de profundidad. No solo eso. En cada misión que efectuó en el Golfo Pérsico, estando bajo fuego enemigo, había mirado la hora como si su esposa estuviera cerca para alentarlo. Era como una especie de talismán… Es que no se lo quitaba ni para bañarse.

«¡¿Y te vienes a joder hoy?! Es que no me lo puedo creer».
Al final terminó por levantarse de la cama. El calor en la habitación ya era insoportable; el termómetro de mercurio debía de estar marcando por lo menos 90 Fahrenheit.
«Nos vamos a quemar vivos aquí adentro».
Se acercó a la mesa de noche y tomó su celular. Tocó dos veces la pantalla táctil y nada pasó. Apretó el botón de encendido… una, dos, tres veces, nada; el celular tampoco se encendió. ¡Qué extraño! Miró el cargador, pero este estaba conectado a la pared. Entonces ¿por qué no te enciendes, maldito cacharro? Ok, algo no anda bien. Miller se percató del silencio absoluto de la casa —lo cual quizás era la respuesta de por qué se despertó con esa extraña sensación de peligro—. Por lo visto ningún equipo electrónico estaba funcionando. Ese silencio… absoluto, total, un silencio sobrenatural. Inconscientemente debió de activar sus sentidos. Abrió la primera gaveta y sacó su linterna… Tampoco encendió.

«¡¿Qué mierda está pasando aquí?!».
Miller abrió el compartimiento secreto de la gaveta a prueba de niños y sacó su Glock. Salió de la habitación con la pistola apuntando hacia el piso. Si Emma se despertaba y lo descubría caminando por la casa con una pistola se iba a ganar una pelea pero de las buenas de verdad. Rita y Rain, sus dos hijas de cinco y cuatro años estaban durmiendo como dos perezosas en la habitación del frente. De solo pensar que una de las chicas se despertara —algo muy improbable—, pero suponiendo que pasara, y Emma lo sorprendía caminando por la casa pistola en mano… «A la mierda con Emma, se casó con un Marine. Sabía que las armas venían en el paquete cuando firmó».
Max Miller sacudió su cabeza mientras que una risa cruzó por su rostro. Jamás se atrevería hablarle de esa manera a su esposa. Mejor contradecirla solo en sus pensamientos.
Un resplandor proveniente de la sala llamó su atención.

***

Big Mama ya estaba en la cocina preparando uno de sus cocimientos. Posiblemente una mezcla de té verde con tilo o manzanilla. Miller observó sorprendido a su abuela—cómo la anciana se despertó antes que él era uno de esos misterios insuperables para su mente analítica; su abuela debió ser en otra vida una especie de jefa chamán—. El punto es que lo miró, le sonrió y siguió preparando sus infusiones místicas, con las cuales, según ella, se espantaban a los malos espíritus, la mala suerte, las enfermedades… la lista era infinita.
La sala, repleta de velas encendidas, parecía un gigantesco altar de una iglesia católica. Había suficientes como para iluminar cada rincón de la casa. La anciana instaló sobre la meseta de la cocina uno de los bidones de gas que Miller usaba para hacer las parrilladas. Junto con el bidón también trajo del garaje la pequeña hornilla.
—Toma, para que se te calmen los nervios —Big Mama le extendió un vaso humeante repleto de té; luego abrió una de las ventanas para que circulara algo de aire— y guárdate esa pistola en la espalda, que si Emma se despierta se me acaba la reserva de té.
Miller tomó obediente el vaso, se dio unos sorbos y guardó la pistola.
—¿Cuánto tiempo hace que te despertaste?
—Media hora, sabes que duermo poco. 
—Me tenías que haber despertado.
—¿Para qué? Es mejor esperar a la mañana para ver qué está pasando.
Miller notó cierto temblor en la voz de su abuela.
—¿Qué pasa?
—No lo sé, nunca había visto algo parecido, pero…, no sé, es extraño, nada está funcionando.
—¿Cómo que nada está funcionando?
Por lo visto Big Mama ya había hecho su inventario. Max se acercó al teléfono de la cocina y se lo llevó al oído. «No tiene señal. ¿Pero qué mierda es esta?».
Poco a poco comenzó a comprender a lo que se refería su abuela. La casa se quedó sin electricidad, eso tenía explicación: una descarga eléctrica que hubiera quemado los transformadores, la caída de un tendido eléctrico… opciones sobraban. Pero que ni su linterna ni su celular, o el teléfono fijo de la casa estuviera funcionando era demasiada casualidad.
—¿Estás escuchando? —la anciana apuntó con el dedo hacia el bosque. 
—Sí, eso fue lo que me despertó. Todo está en silencio.
—Exacto. Demasiado silencio nunca es natural —Miller asintió; como siempre, su abuela tenía la razón.
La casa de los Millers era un rancho de sesenta hectáreas rodeado de pantanos y zonas de caza. El abuelo de Max lo compró en los años ochenta a precio regalado, precisamente por lo apartado que se encontraba de la ciudad de Orangeville. Con el pasar de los años se construyeron algunas casas en la zona, pero aun así, el vecino más cercano quedaba a unos cuarenta minutos en auto. Orangeville a una hora. Por eso Emma solía ir de compras con Big Mama una vez al mes… y, por cierto, recordó Miller, ese fin de semana tocaba la compra, o sea, me toca a mí por no estar de servicio.
Tras la muerte de su abuelo, la propiedad fue puesta a su nombre por su abuela, quien le aseguró que era mejor arreglar esos trámites antes de que a ella le ocurriera algo. De todas maneras Max llevaba viviendo con sus abuelos desde que su madre alcohólica huyó de la casa para nunca regresar; a su padre ni lo conoció.
Miller se acercó más a la ventana y aguzó el oído.
«Nada de nada. Silencio absoluto. Ok, esto ya es demasiado extraño».
Algo está mal, muy mal. Por mucha lógica que intentara aplicarle a lo que estaba sucediendo, en el fondo sabía que «algo» terrible iba a pasar de un momento a otro. Lo peor de todo era ese presentimiento de saberlo pero no poder identificarlo. 
¿Por qué tenía tanto miedo? ¿Por qué esa extraña sensación continuó creciendo en su mente y no podía apartarla, como si alguien los estuviera acechando desde la oscuridad? 
El rancho, que solo por el terreno estaba valorado en más de dos millones de dólares, quedaba exactamente a treinta millas de la costa, por lo que los sonidos de la noche siempre eran agradables. Aullidos de coyotes, el rugir de algún pequeño puma, la cacofonía de ranas y grillos, el ulular constante de los búhos y aves nocturnas que salían de cacería eran parte del entorno y encanto del lugar. Pero esa noche los sonidos quedaron atrapados como dentro de una enorme burbuja que poco a poco a Miller le fue dando la sensación que estar sumergido bajo el agua.
A solo cuatrocientos metros de la casa tenía un pequeño muelle que contaba con dos raíles de línea y un moderno sistema de poleas para sacar al Blue Star, un yate de treinta y cinco metros que era la reliquia familiar. Aquella maravilla naval tenía dos baños, dos habitaciones, cocina y sala de estudio. Por desgracia el yate llevaba ocho meses anclado por varias averías en el motor, entre otras cosas. También necesitaba cambiarle la propela.
—El muelle está…
—…sí, no se escucha nada.
—Big Mama, esto no es normal —la anciana asintió, con un gesto le indicó que la siguiera al cobertizo—. Coge una de las velas.
Miller abrió la puerta y le permitió a su abuela salir mientras alumbraba el camino con una de las velas aromáticas que la anciana encendió por toda la casa. Big Mama le señaló con la mano hacia la oscuridad.
—No se escuchan ni los grillos.
Desde el cobertizo —gracias al resplandor de la luna sobre las plácidas aguas— se podía ver el muelle, el cual daba al lago Greenlake. Este conectaba directamente con el océano Atlántico. Recorriendo un intrincado laberinto de puentes e islotes, en solo dos horas se podía llegar a la costa, donde la familia Miller solía pasarse los fines de semana anclados cerca de los cayos de la Florida. 
Por eso era que algo no encajaba —¡por Dios! ellos se conocían toda la zona mejor incluso que las propias autoridades—, la vida nocturna alrededor del río generaba por las noches una cacofonía imposible de ignorar. Miles de grillos, ranas y aves recorrían las orillas en busca de presas fáciles. Pero una vez más, tras aguzar por varios minutos sus oídos, Miller comenzó a comprender que algo grave estaba pasando.
Es como si un huracán se estuviera acercando a la costa… no, algo mucho más fuerte. ¿Un tsunami? 
—Max, ¿escuchaste eso?
—Sí, allí, tras los árboles.
—Viene hacia nosotros... y es grande.
—¿Será algún jabalí? 
La anciana olfateó el aire como si fuera una perra de presa. Miller solo pudo asentir. Big Mama, quien era considerada una de las mejores cazadoras del estado, a sus setenta y dos años aún continuaba cazando patos todos los inviernos, cuando estos comenzaban a emigrar hacia el sur. Con su experiencia en la fauna, y su aguzado oído a pesar de los años, Miller no se atrevería a contradecirla. Aunque el silencio que rodeaba la casa ayudó a detectar los sonidos… Sí, algo grande se aproximaba.
Dieron varios pasos más a lo largo del cobertizo hasta detenerse junto al columpio. Con el resplandor de la luna era suficiente para permitirles verse los rostros —pero sin una vela—. Si se internaban en el bosque quedarían rodeados de una oscuridad absoluta. 
De repente algo se movió entre las sombras.
—¿Ustedes dos qué están haciendo?
—¡Mierda, Emma, me vas a matar del corazón!
Emma llegó y lo abrazó por la cintura. Solo llevaba puesto una fina bata de seda y unas sandalias de espuma. Con una sonrisa en los labios decidió martirizar un poco a su esposo, se lo tenía merecido por despertarla.
—Tú no eres un Marine de las Fuerzas Especiales que…
—¡Silencio! —ordenó Big Mama—, algo se acerca por el bosque.
Para asombro de los tres, en un claro que había a menos de diez metros de la casa, salió del bosque un venado.
—¡Es que me voy arrancar el cuero de mis cojones! —gruñó Miller ante el espectáculo que estaba viendo.
Debido a los miles de cazadores que había en la Florida, conseguir un venado que tuviera una cornamenta con más de cuatro puntas era toda una proeza; seis puntas ni imaginárselo. Por eso Miller y sus amigos alquilaban todos los años una cabaña en Carolina del Sur solo para poder cazar venados de ocho puntas.
—Big Mama, dime que estoy viendo una visión.
Para asombro de los tres, el venado… “el enorme venado”, pues se trataba de un macho de catorce puntas, se acercó tanto a la casa que instintivamente Miller se puso frente a las dos mujeres. Por unos instantes se miraron a los ojos. Lo que Miller vio no le gustó. El venado estaba muerto de miedo, pero no hacia él. Lanzando un potente resoplido dio tres saltos y desapareció en el bosque.
Sin poderlo comprender, todos fueron embargados por una extraña sensación de soledad y tristeza. Ver al venado huir, no de ellos, sino de un peligro desconocido, los obligó a mirarse a las caras en busca de un apoyo, de un contacto humano que les hiciera comprender que no lo soñaron.
Big Mama salió del cobertizo y fue directo hacia el desfiladero. Emma y Miller la siguieron sin decir una palabra. Al llegar al barranco miraron hacia Orangeville. La vista que tenían desde el rancho, a unos cuatrocientos metros por encima de la ciudad, les permitía verla desde más de veinte millas de distancia.
—¿Dónde está Orangeville? —la voz de Emma se quebró al comprender que la ciudad estaba completamente a oscuras. 
Entonces sucedió…


***

Adrían Henríquez

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