Relato por:

Amor Pérez Egea

Amor Pérez Egea nació en Barcelona.

 

Cursó estudios superiores especializándose en Nutrición y Dietética.

Actualmente reside en Sant Cugat del Vallés, ejerce de terapeuta en su consulta de Barcelona, colaborando diariamente en programas de radio como asesora en temas alimenticios.

Su profesión le permite viajar a menudo e impregnarse del ambiente, del lugar, de las personas y convertirlas en sus protagonistas de sus relatos.

En su primera novela “Todas somos Bellas”, muestra la cara más oscura del amor.
 

Su segunda novela “¿Qué estás pensado?”, nos presenta una novela de amor y tensión a través de las redes.

 

Actualmente ha acabado dos nuevos libros que presentará en breve.

Me enamoré de un pez

Me enamoré de un pez y me lo llevé a un hotel de cinco estrellas. Lo conocí  en una marisquería, estaba apoyado en la barra, había salido de la pecera a tomar una copa, esperando que algún comensal decidiera chupar sus espinas.

Me pareció muy sexy, el sol se reflejaba en sus plateadas escamas. Forma de apoyar su cola en la barra era muy sensual. Me acerqué a él, intenté que no se descubriera el escalofrío que corría por mis piernas. Pedí al camarero una vaso de agua de mar, con mucho hielo y poca sal.  Conozco mis puntos fuertes en el juego de la seducción y él no pudo resistir mirarme con cara de besugo.

¡ Salud !, exclamé.
¡ Salud !, respondió.

Había picado el anzuelo, me acerqué sireneando hacia él, no nadó, clavó sus grandes y redondos ojos de pez en la parte izquierda de mi medusiana melena.

El camarero nos interrumpió preguntándome que deseaba comer, le dije que estaba esperando a una Nereida aguardaría  que ella llegase. 

Una madre con un niño se acercó a nosotros, le preguntó al mocoso, señalando a mi atractivo ligue, si quería que se lo filetearan y rebozaran con harina y sin espinas. 

El niño le hizo cara de asco a su madre, ¡prefiero carne! chilló y se fue corriendo.

Él y yo nos miramos, sabíamos que esta vez habíamos tenido suerte y quizás en la próxima no la tendríamos, nos leímos el pensamiento, el acercó su aleta a mi mano y abriendo sus carnosos labios me preguntó:

¿Nos vamos?, lo metí en mi bolso, pagué la consumición al camarero, y arranqué de la puerta el papel que aconsejaba el pescado del día.

Amor  Pérez Egea

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