Relatos por:

Belkis M. Marte

Belkis Marte Martich, República Dominicana, narradora y poeta. Licenciada en Ciencias del Comportamiento de Mercy College. En su trayectoria ha incursionado en el mundo de la narrativa, la poesía y la literatura infantil. Ha publicado Memorias de mi Infancia (Cuento, 2016), My Childhood Memories (Cuento, 2017), De ti Depende el Color de la Noche /You Choose the Color of the Night (Poesía, 2018), El Girasol Haragán / The Lazy Sunflower, (Literatura infantil, 2019), Banana y Zanahoria Sueñan ser Libres, (Literatura infantil, 2020), y Una Chiquita Gigante/A Giant Little Girl, (Literatura infantil, 2020). Belkis ha participado en las ferias de libros del Bronx y New Jersey. Fue reconocida por sus aportes literarios en los XXlll premios Arte y Cultura Fradique Lizardo, 2019, San Cristóbal, RD.  Fue nombrada, embajadora y promotora cultural del Bronx por la Cafetería Poética y cultural, Candela, de San Cristóbal, su pueblo natal. 

Día de Reyes

“Muchachos, váyanse a lavar los pies para que se acuesten.” Nos  dijo Papacito mientras buscaba las chancletas que alguien había  pateado debajo de la silla donde él estaba. Salimos en fila uno  tras otro. El tanque de agua estaba a un costado de la casita de  madera donde vivíamos y recuerdo que encima de este, boca  abajo, había una lata de salsa de tomate “Victorina”, que de tanto  uso ya había perdido casi todo el color rojo de su pintura original. 


Cuando llegó mi turno, tomé el jarro de agua y poco a poco fui  mojando mis pies. Cada vez que un chorro me caía encima, mi  piel se ponía “de gallina” por lo fría que estaba. Yo rozaba un pie  con el otro con el fin de limpiarle la tierra que había recogido  durante el día. Como no tenía zapatos, mis pies siempre estaban  del mismo color del terreno. Cuando terminé de lavarlos, caminé  de puntillas hacia la silla que estaba más cerca de la entrada de la  casa. Papacito me tiró un trapo todo roto para que me secara los  pies. Me cargó y me llevó a la cama. La cama estaba compuesta  de un cuadro de madera con palos atravesados y amarrados con  soga. Sobre los palos había toda clase de trapos, sacos, hojas  secas de plátano, y cualquier cosa que sirviera para amortiguar el  contacto con mis costillas. 


“Bendición papa”, dije. Papacito me dio un beso en la frente y  respondió, “Santica”. Su forma personal de darnos la bendición.  Al lado mío estaba acostada mi hermanita menor, que me  secreteó, “Mañana es día de Reyes. Al amanecer, a ver quién  llega donde abuela primero”. 


Miré por la ventana y todavía estaba oscuro. Era un seis de enero  de cualquier año, y yo debía tener cinco o seis años a lo sumo. El  canto del gallo anunciaba las cinco de la mañana. Magda y yo 
sabíamos que en mi casa no había regalos, pero que donde la  abuela Irene sí. Me levanté, pero Papacito me dijo que era muy  temprano, que me regresara a la cama. Cabizbaja y sin  argumentos me volví a acostar, acechando que él se fuera para el  conuco. 


Cerca de las siete, salí corriendo “cuchilla arriba y cuchilla  abajo” camino de la casa de mis abuelos. Cuando llegué, abuela  estaba en la cocina haciendo café. Abuelo se lavaba la cara al  lado del tanque, con un jarro muy similar al de mi casa. Más  descolorido aún. “Madrugaste, Kinkín”, me dijo abuelo. Yo les  pedí la bendición a ambos y ellos respondieron el habitual, “Que  Dios te bendiga”. Abuela se acercó a mí y me dijo, “Ven”. Mis  ojos se iluminaron y la seguí. Allí estaban. En la pared, junto a la  puerta de su aposento. Había muchos juguetitos colgando en la  pared de tabla. “¿Cuál te gusta?” Preguntó abuela con voz dulce  y arrulladora. Me quedé parada observando por un rato. No  puedo recordar todos los juguetes que colgaban, solo sé que  quedé prendada de una enfermera con su vestidito y su gorrito  blanco. “Este”, le dije. “Es tuyo”, dijo ella con la sonrisa más  dulce que yo pueda recordar. “Sabía que te iba a gustar. Lo  compré especialmente para ti”. Abracé a mi abuela con los ojos  llenos de lágrimas de la emoción. Balbuceé unas gracias  atropelladas, pedí rápidamente la bendición, y sin esperar  respuesta, corrí, gritando de alegría de vuelta a casa. 


Mi hermanita Magda me pasó por el lado corriendo como un  zepelín. Me gritó recriminándome el haberla dejado, pero en  verdad, a mí no me importó, porque como ella era un año menor  que yo, siempre se las arreglaba para que le dieran lo que quería,  y yo tenía miedo que le gustara mi juguete, porque si eso  sucedía, bien podría perderlo, y mi mente infantil pensaba que  esa habría sido la mayor de las injusticias. 


Más tarde regresó Magda con su regalo. Jugamos toda la mañana  hasta que Mela nos llamó a las doce para comer. Después de la comida, jugamos de nuevo hasta la cena, a eso de las seis de la  tarde. 


Éramos felices. En ningún momento preguntamos a mi mamá o a  mi papá por nuestros regalos de Reyes porque no era costumbre  que ellos compraran nada, puesto que no había dinero. 


Como a las siete de la noche llegó Papacito. No había estado en  el conuco como yo creía, sino en el pueblo. Mi hermano Héctor  vino con él. Ayudó a Papacito a bajarse del caballo y a  desmontar lo que traía. 


Papacito sacó de la alforja del caballo algo envuelto en papel.  Me pasó un paquetito a mí y otro a Magda y dijo: “Feliz día de  Reyes, mis muchachitas. Que Dios me las bendiga siempre”.  Magda y yo abrazamos a Papacito, cada una de una pierna. Él no  podía moverse y decía, “Vayan, vayan mis hijas”. 
Magda y yo corrimos hacia un rincón. Mientras abríamos los  regalos con manos temblorosas de la emoción, nos mirábamos y  reíamos. Se develó el regalo: Era un platito, una cucharita y un  vaso. Todo en color dorado para mi y plateado para mi  hermanita. La agitación se apoderó de mí y me eché a llorar  mientras corría a abrazar a mi papá de nuevo, con una fuerza que  no sabía que tenía. Él me cargó y me abrazó muy fuerte. Me dijo,  “De nada mija, quisiera darte mucho más que eso”. 


Mi hermanita se quedó mirándome. “¿Y qué te paso, Kin?” Y  con los ojos llenos de lágrimas le expliqué que yo sabía que  Papacito no tenía dinero y que el pobrecito se iba a quedar sin  nada por regalarnos eso. No sé si mi hermana me entendió, pero  me miró como si yo estuviera loca. “Ven, vamos a jugar”, me  dijo. 


Fingíamos tener comida en los platos y comíamos agarrando la  cucharita dorada levantando el dedo meñique mientras  hablábamos y reíamos como si el mundo fuera nuestro.  ¡ÉRAMOS FELICES!

Tomado del libro “Memorias de mi infancia” Belkis M. Marte, 2016

Belkis  MMarte

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