Pilar  Nicolás María

Pilar Nicolás María, nació un 13 de mayo en Valladolid donde reside. Ha ejercido durante varios años como profesora de formación profesional, participando en diferentes Congresos relacionados con el mundo educativo. Actualmente continúa en colegios y bibliotecas de diferentes provincias, dando conferencias sobre literatura, compaginado con la publicación de cuentos basados en refranes, en el periódico AG Castilla y León. Así mismo ha formado parte del jurado en el III concurso de Escritura de la Fundación Social ASVAI de Valladolid.

QUIEN SIEMBRA VIENTOS RECOGE TEMPESTADES

En un pequeño pueblo agrícola, dos vecinos, Damián y Agustín, se encontraban hablando de sus cosas en la puerta de casa de uno de ellos. Vivian en la parte baja y sus moradas eran las más grandes. De pronto se acercó una vecina que vivía un poco más arriba:

-Hola- saludó la mujer. –Como os he visto hablando en la puerta de tu casa- dijo dirigiéndose a Damián. –Quería saber si está tu mujer, es que estaba preparando la cena y me he dado cuenta que me faltan un par de huevos para terminar la tortilla y era para ver si me podría prestar los huevos, al menos hasta mañana que venga el vendedor.

-¡Huy!- contestaba Damián. –Pues da la casualidad que ella también ha hecho tortilla para cenar y creo que ha terminado con todos los huevos. 

-Acércate a mi casa- proponía Agustín. –Mi mujer te dará los huevos.

-Gracias Agustín- contestaba complacida la mujer.

--Mira que eres tonto- le recriminaba Damián a su vecino. –Sabes que siempre están pidiendo pero luego no devuelven nada. Además, si solo la faltaban dos huevos, que haga la tortilla más pequeña.

-¡Hombre! Tampoco es eso- le contradecía Agustín. –No sé los huevos que tendrá, pero son seis de familia, si la hace pequeña no cenan todos.

Damián seguía con su monserga de que siempre era lo mismo, al final te pedían un favor y se convertía en una obligación, que encima no agradecían. Agustín por su parte le recordaba que no todos en el pueblo vivían como ellos, tenían las mejores tierras y sus cosechas eran las más abundantes. Aun así, Damián seguía en sus trece:

-Lo que piden son cosas insignificantes- explicaba Agustín. –No quiero que me lo devuelvan, los favores se hacen desinteresadamente y… quien sabe, igual algún día lo necesito yo y entonces tendré que recurrir a ellos.

-Me da la impresión que lo tienes claro- decía Damián. –Estos a la hora de dar no dan ni los buenos días

El caso fue que viendo que no llegarían a ninguna parte, Agustín decidió terminar la conversación, aludiendo que su mujer le estaría esperando para cenar.

A los pocos días, un vecino solicitaba ayuda, ya que su burro se había puesto enfermo y necesitaba ir a buscar al veterinario que vivía en otro pueblo. No podía permitir que muriera, ¿cómo labraría sino sus tierras? Los únicos que tenían buenos caballos eran Damián y Agustín, pero… Damián siguiendo su costumbre, puso excusas para no llevar al vecino al otro pueblo:

-Lo siento pero en estos momentos me iba a las tierras, tengo que quitar unas malas hierbas.

 Sin embargo Agustín, se prestó inmediatamente. Él llevaría al hombre al otro municipio y traerían al veterinario.

Damián volvía a recriminar su conducta, ¿por qué siempre tenían que ser ellos? Había más vecinos en el pueblo, que se lo pidiera a los otros, además, qué se pensaba ¿que no tenían otra cosa que hacer? Agustín le recordaba que ningún vecino tenía un caballo que pudiera tirar de un carro lo suficiente para ir y volver al otro pueblo, solo tenían viejos jamelgos casi famélicos, y Damián insistía en que si no había nadie que le pudiera llevar, que se fuera andando. Agustín con gesto de desaprobación, le llamó terco y se fue a llevar a su vecino.

Pasaban los días y todo seguía igual, Damián negándose a hacer un favor y Agustín siempre dispuesto. Cuando un día de otoño, comenzó a llover.

Aquella lluvia que en un principio veían como providencial para el campo, poco a poco se fue convirtiendo en una fuerte tormenta. De tal forma que en poco tiempo, una tromba de agua, atravesaba el pueblo hacia la parte baja de éste, donde sin poderlo remediar, Agustín y Damián, veían como sus casas eran presa de una gran inundación. 

Cuando escampo un poco, Damián y Agustín salían a la calle desesperados. Sus casas estaban llenas de agua y no daban abasto a sacarla. Había barro y sus enseres se estaban echando a perder. Sus mujeres e hijos aunque pequeños, intentaban ayudar, pero aquello era una catástrofe. 

Y de pronto, lo inesperado. Todos los vecinos iban corriendo hacia sus casas. Damián suspiró, parecía que venían a ayudarles, pero su sorpresa fue mayúscula, cuando vio que entraban en la de su vecino Agustín sin acercase a la suya.

Todos se pusieron manos a la obra, achicaban agua, sacaban el lodo, los enseres. Agustín con pena veía que parte de sus muebles estaban tan mojados, que poco se podía hacer para recuperarlos, pero los vecinos le animaron. Uno decía que él tenía varias sillas de sobra, se las regalaba, otro hablaba de una mesa que tenía en el corral, solo era cuestión de dar una mano de pintura y quedaría como nueva, otro le ofrecía un colchón, hasta que la lana del suyo se secara, incluso comentó que como tenía alguna oveja, sino quedaba bien la lana le daba la suficiente para un nuevo colchón, cuando las esquilara.

Damián oía todo eso y no podía creer que a él no le ayudaran ni le ofrecieran algo como a su vecino, así que se fue hacia ellos:

-Yo también necesito ayuda y enseres, los míos al igual que los de Agustín, están destrozados.

-No te preocupes, que cuando acabemos en casa de Damián, te echamos una mano- contestaba uno.

-Pero lo de darte algún mueble, va a ser un poco más difícil, ya se los hemos ofrecido a Agustín- decía otro. 

Damián de mal humor y despotricando contra sus vecinos, se fue a su casa, advirtiendo que no necesitaba ayuda, cuando quisieran ir, ya habría terminado de sacar el agua. 

Pasados unos días, Agustín fue a casa de su vecino Damián, quería ver que tal estaban las cosas después de lo sucedido:

-Creo que te lo dije- se quejaba Damián. –Estos no hacen un favor a nadie, no fueron capaces de echarme una mano cuando más lo necesitaba.

-Bueno, no sé de qué te quejas- advertía Agustín. –Cuando ellos necesitaron algo, tú tampoco fuiste capaz de ayudarles, en cambio y en contra de lo que pensabas, a mí sí me ayudaron y creo que me han devuelto con creces, los pequeños favores que les he hecho, aunque nunca pedí ni quise que me los devolvieran. Creo que simplemente has recogido lo que has sembrado.

Mira bien lo que haces, ya que la vida da muchas vueltas y aunque hoy creas que no necesitas a nadie, o que hacer un favor es una tontería que no te van a agradecer, puede que cualquier día seas tú el que lo necesite y entonces dependerá de lo que hayas hecho con los demás; y es que como bien dijo Agustín, se recoge lo que se siembra. 

Pilar  Nicolás María

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