Natacha  G. Mendoza

Amante del arte y la literatura. Reside en Canarias, donde encuentra la inspiración para escribir.

Imagen de TK

CASTILLOS

Ella vive al otro lado de la ciudad. Para ir a verla, debo tomar dos líneas de autobús. Nunca quise conducir, no me sentí atraído por los coches. Cuando era niño me gustaba construir castillos. Fui una ruina para mi madre, compraba cualquier juego relacionado con levantar muros, poner techos, hacer torres... Ahora soy cocinero en Petit Boutary. Mi jefe es un hijo de perra engreído. Martes, día libre, cruzaré la ciudad para ver a Patricia, es mi alivio, un lugar de paz. Me gusta sorprenderla, llevarle cruasanes de la pastelería Melidiers, adora el olor a recién hecho. En el trayecto, miro cada edificio, sus fachadas, los balcones. Puedo perderme horas en esas visiones. A ratos, observo la bolsa de papel donde los cruasanes sudan, la aprieto para que no se escape el calor. Ahí está su calle, Rue de l'Espérance, los árboles me dan la bienvenida en una fiesta de hojas ocres y amarillas, se mueven cuando el viento aúlla. Es un martes frío, Patricia corre calle arriba, no me ha visto, lleva ese abrigo rojo que le regalé. Un tipo se detiene frente a ella, se besan con tanta pasión, que por un momento olvido que se trata de mi chica. El autobús se detiene, es mi parada... los cruasanes se han enfriado, no le hubieran gustado. Dos paradas más adelante está el pequeño castillo del Duque Demond. Siempre quise visitarlo, subir a esa torre tan alta, y respirar, respirar.

Natacha  G. Mendoza

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